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¿Es buena idea dejar que nos gobierne un filósofo?

Platón consideraba que en la cúspide de una república ideal habría un filósofo-rey. Su reflexión sobre el sistema político perfecto y sobre el placer que proporciona la justicia son abordados por el escritor Alejandro Gándara en ‘Los textos robados a la felicidad’, ganador del cuarto premio de ensayo Eugenio Trías y del que ‘Ideas’ adelanta un extracto

Estatuas de Platón (izquierda) y Aristóteles en la Academia de Atenas

Esta es una historia ideal, pero no irreal. La escribió Platón en plena madurez (bien entrado el siglo IV a. n. e.) y se encuentra en La República – Politeía (Πολιτεἰα), en griego. Él la definió como un tratado de medicina contra la corrupción de los Estados (medicina y filosofía, la relación que heredó Epicuro, entre otros que vinieron después). El remedio fundamental era la justicia, una justicia que encarnaban los verdaderos filósofos, esos amantes del bien que empleaban la vida en buscarlo apasionadamente.

En la cúspide de su república ideal estaba el filósofo-rey. Ideal, sí. Pero nadie ha dicho que las ideas y los ideales no formen parte de la realidad. Que no tengan tanta entidad o realidad como el amor o la fe religiosa, tan evidentes. Además, lo ideal, en su sentido de perfección, suele ser espejo de algo que no lo es. No hay ideal sin una firme realidad que lo sustente. Podría decirse incluso que lo real –esa experiencia desorganizada, pero compartida del mundo– es el autor de lo ideal. También alguno pensará que lo único irreal que hay aquí es esa dicotomía, pues lo real solo puede ser formulado a través de ideas y de idealizaciones. Claro, salvo que se crea que la realidad es algo tan mostrenco como un muro de carga.

Pues bien, el libro de Platón es una larga meditación en busca de un sistema político perfecto en una ciudad perfecta; él mismo, en lo que ya se ha explicado, real. Y arranca y termina con la justicia.

Todo comienza cuando una mañana de principios de verano, Sócrates decide dar un paseo hasta el Pireo, el puerto de Atenas, para asistir a las fiestas de las Bendideas, acompañado de Glaucón. (...) Ya en el Pireo, y tras la procesión y los ritos, Sócrates y Glaucón se encuentran con Polemarco, un joven aprendiz de filósofo que los invita con gran insistencia a su casa, hasta que ceden. Allí se encontrarán con Céfalo, el padre de Polemarco, un anciano meteco, sabio y prudente, amigo íntimo de Pericles. Y durante tres jornadas se sucederá una discusión (διἀλεκτος) acerca de la justicia, que deriva en una discusión sobre el alma y aún deriva más en una discusión sobre lo que es real y lo que no. (...)

¿Y qué es lo que hace el alma, qué contiene, en qué se manifiesta? Bueno, la experiencia ayuda mucho en esta pesquisa. Calculamos, establecemos relaciones lógicas, causas, consecuencias y ordenamos la realidad porque lo necesitamos para sobrevivir. Sin esa capacidad la especie habría desaparecido hace mucho. Medio loca y medio tonta. A esta instancia del alma la llama Sócrates “razón” (ἡ λογιστικὀς).

Luego, hay otra zona que hierve de deseos que reclaman ser satisfechos. Nada de anhelos ni de búsquedas en lo profundo. Satisfacción, placer, goce. Ahora, ya, no más tarde ni mañana ni el año que viene. Una cosa bestial, los sentidos erupcionados echando lava por todos sus orificios. El ego se disuelve, el tiempo deja de contar. (...)

No es el apetito, que se sacia y desaparece. No es el anhelo, que carece de violencia y de arrebato. Es Agamenón quitándole la concubina a Aquiles para demostrar su poder. Más tarde, cuando lo lamente dirá que no ha sido él, sino su thymόs. Así llamaban los griegos a este constituyente del alma, y así lo denomina también Platón: θυμός. El arrebato de la pasión. Una pasión alimentada durante toda la vida: en el poder se observa con claridad. El tirano, el déspota, el arbitrario, el controlador, el maltratador no son protagonistas espontáneos. Han estado siempre en el alma, ha habido que cebarlos y cuidarlos. Pueden haberse ocultado para los demás, pero no para el individuo que un buen día se arranca la máscara. (...)

Si esto es el alma y si se quiere en primer lugar ser justo con uno mismo, vivir en paz con el propio espíritu, estar a bien con los demás y cumplir con el deber que las circunstancias o las leyes asignen, está claro que la razón ha de capitanear esa alma propensa a las convulsiones del apetito y de la emoción, y en consecuencia adversaria a menudo de cualquier pretensión de sentido. Es de justicia y es justicia que la razón imponga orden. La sabiduría del filósofo y el éxito de todo ser humano: triunfar sobre sí mismo.

Triunfar sobre fuerzas que aniquilan si se las deja sueltas.

Esta no era una aspiración de Platón o que solo aparezca en este libro: era desde antiguo un ideal de la conciencia y de la moralidad griegas. Hemos visto que la llamaban σωφροσύνη (sofrosyne), moderación, prudencia. Su enemiga mortal era hybris (ὕβρις), la desmesura, la soberbia. (...)

Es muy fácil hablar de contención y de prudencia, pero ponerla en práctica es otro tema. Tarea de dioses, como cuenta el mito. Con nuestras solas fuerzas no podemos soñar en conseguirlo. Demasiado débiles, no podemos estar atentos todo el tiempo, sujetar las riendas sin desmayo. Necesitamos a los otros. Los necesitamos mucho. Al fin y al cabo casi nada de lo que hacemos y merece la pena lo hacemos solos. Desde luego aprender a contenerse, a moderarse, no. Dejados a nuestro solitario arbitrio nos hacemos daño. Mucho daño. El hombre es un animal político, entre otras cosas, para evitar ese daño. La polis presta su fuerza, la comunidad empuja, porque el individuo tiende a vivir en una rendición permanente. (...)

Y aquí aparece la institución que provee de lo necesario para conseguir que las almas sean fuertes y valientes, puedan con lo que a solas no podrían. La paideía (ἡ παιδεία) que hemos nombrado ya tantas veces, la educación de los niños, literalmente, pero en realidad, la educación de todos. Porque en La República, la educación dura toda la vida. Diríase la constitución didáctica de la polis, que habrá de confundirse con la constitución política misma. De la paideía emanan las leyes, las costumbres, los lazos personales y comunitarios, la actividad, la jerarquía política, la función social.

De esta manera lo que es bueno para uno es bueno para todos, el alma individual es también el alma de la polis. La polis vela por cada alma y su misión es la justicia.

Que cada uno haga justicia consigo mismo, que todos hagan justicia con todos. Cada cual en su sitio, que es el sitio del alma. La polis también estará gobernada por la razón (la del filósofo-rey), que se impondrá a la pasión de los que solo conseguirán ser guardianes y a los apetitos de quienes solo podrán ser comerciantes, artesanos, labradores... (...)

¿Y la justicia, aparte de ordenar el alma y la polis, proporciona alguna especie de felicidad? El bien ha quedado claro: ni soy arrastrado por mis apetitos y pasiones ni la polis me arrastra a las suyas. Es bueno no estar perdido, es bueno no vivir en una polis corrupta. Paz de espíritu, paz para uno y para los demás. No es pedir poco.

Sócrates contesta rotundamente a la pregunta: la justicia es lo que produce los únicos y verdaderos (ἀληθεστάτας) placeres (ἡδονάς). El resto de placeres no son más que ausencia de dolor, exaltaciones diversas y, como mucho, éxtasis efímero. (...)

El placer que proporciona la justicia es de otra índole y en el fondo no es comparable, pues no acaba de consumarse nunca, sino que más bien anda siempre en vías de consumación. Un work in progress que obtiene pequeñas victorias y que cuando mira a lo lejos descubre los peligros cada vez mayores que le esperan. El dominio de la razón sobre instintos y pasiones es, cuando uno no se ha apartado del mundo, siempre circunstancial. Nadie sabe qué pasará mañana. Nadie sabe hasta cuándo durará la fortaleza. Pero esta clase de placer no reside en el logro o en la conquista. Está en otro sitio.

Está en lo más oculto del ser. Allí donde el anhelo del bien y de la verdad atraviesa el corazón de la especie humana. Una fuerza misteriosa que a pesar de los pesares y de todos los errores, culpas y pecados se mantiene intacta hasta en los más depravados. Actúa como una especie de centinela del alma que no sabe si ganará o perderá la próxima batalla, pero que en todo momento está listo para ella. La convicción de que cuando llegue el momento peleará y de que sus recursos serán cada vez mayores (pues la razón y el entendimiento crecen cuando se los cultiva), hacen que el resultado de la batalla sea en el fondo indiferente. La identidad propia y la trasparencia con la que se ve la naturaleza de lo real, la convicción moral y la fe en que, pase lo que pase, el mundo será mejor gracias a nuestros actos, es la definición misma de felicidad que resuena en lo más recóndito de nuestro ser: ir hacia el bien, con voluntad inquebrantable. En la derrota y en la victoria.

Sócrates y Platón estaban convencidos de ello. No es la meta lo que crea buenas personas y buenas ciudades, sino el camino que se ha elegido.

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