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Dia del libro
Columna

Entre superventas y ‘tiktokers’: apuntes desde la clase media literaria española

Entre los miles de libros que se publican en España y apenas se compran y los superventas que salen por la tele hay un grupo de escritores muy particular, variopinto y silencioso. Ahí vivo yo.

Una mujer asoma la cabeza entre unos libros en la librería Foyle's, de Londres. Bettmann (Bettmann Archive)

Hoy se celebra Sant Jordi, pero no estaré firmando allí. Si usted se pregunta por qué debería estar firmando y quién soy yo, lo cual sería una duda de lo más natural, la respuesta es: soy el autor de esta novela, de esta otra, esta colección de relatos o de esta otra novela, además de un ensayo sobre Michael Jackson con preciosas ilustraciones (no eran mías) que hizo que un admirador gritase a una dependienta de El Corte Inglés “¡no sé cómo pueden vender esta basura!“. Lo cual me hizo gracia, en el fondo.

Hace unas semanas le pregunté a mi editor si me iban a llevar a Sant Jordi a firmar. Un poco por egolatría de escritor, que sin ego nadie se prestaría a una labor tan solitaria, exagüe e ingrata como la de escribir novelas, pero sobre todo porque la fecha me iba a pillar en plena mudanza y tenía que elegir entre firmar o mudarme. Me respondió:

−No, mejor no te traemos. Sant Jordi es lo que es −yo, como no he ido nunca, no sé muy bien lo que es, pero asentí con la cabeza al teléfono como si lo supiese− y no quiero que te sientas allí perdido entre escritores superventas, youtubers y tiktokers.

Me pareció justo. No seré, pues, el escritor de atrezo que mira al aire mientras autores superventas firman, besan y se hacen fotos con quien los ha visto en la tele. Hay algo entre la absoluta miseria de los miles de libros que no venden ni una copia al año, según datos del último Congreso de Librerias recogidos por EL PAÍS, y el mundo de los superventas, los presentadores que se autopromocionan machaconamente y los premios literarios de cantidades desnortadas que reflejan que en las industrias culturales opera a menudo el mismo desequilibrio que en todas las demás. Ese algo que hay en medio, probablemente, soy yo y los autores como yo. La clase media de la literatura española, la gente que vendemos normal. Todo lo normal que puede ser una cifra entre cero ejemplares y 300.000, pero usted tire para abajo. Más abajo. No, más para abajo. Esa gente para la que los que los adelantos y las liquidaciones anuales no dan para vivir, pero ayudan a vivir mejor.

Yo me erijo representante orgulloso de esa clase media literaria, aunque si un día estiman justo o conveniente (justo y conveniente son dos adjetivos importantes aquí) darme el premio AENA, por si me está leyendo alguien del jurado, me convertiré en representante orgulloso de la otra. Como parte de esta clase evitaré, pues, medirme con los youtubers, los tiktokers, los superventas y los presentadores célebres y me quedaré en casa durante Sant Jordi. Al fin y al cabo, y afortunadamente, gracias a tener otro trabajo estable aparte del de escritor (según la época del año tengo tres o cuatro), he podido comprarme una.

Pertenecer a esta clase media literaria española, eso sí, deja momentos interesantes en las ferias del libro y en las firmas y encuentros en librerías. Ese tipo de momentos luminosos o divertidos que no aparecen en la grandilocuencia del éxito (que imagino intrínsecamente luminoso y divertido), sino en lo que podríamos denominar como mantenimiento o supervivencia, porque sería feo e injusto llamarlo mediocridad. Hace poco una joven escritora, de estas que se autoeditan como si fueran Lazarillo de Tormes pero se autopromocionan como si fueran Ken Follett, se quejaba amargamente en X, antes Twitter, de que a la presentación de su libro había ido solamente una persona. Como el tuit se hizo viral, la pobre celebró unos cuantos mensajes después haber vendido muchos libros a internautas apenados por su situación. Ojo con la pena como herramienta promocional, me dieron ganas de decirle, que más que viral es vírica, aunque a algunos les funciona con la autoficción. También me dieron ganas de contarle lo que me han dicho muchos libreros: que hay firmas a las que no va nadie. Absolutamente nadie. De modo que, convengamos, ya es un consuelo que haya ido alguien. Especialmente porque, esto podemos reconocerlo todos ya, las presentaciones de libros son, a menudo, un auténtico coñazo. Una especie de masturbación pública legal en la que un autor habla engoladamente de su propia obra, que muchos asistentes aún no han podido leer y que por lo tanto les suena como un asunto ajeno, seguida de incómodos silencios cuando, a la pregunta de si hay alguna pregunta, no hay ninguna pregunta. Si un día viene a una presentación mía puede estar tranquilo: mi atávico e incurable terror a resultar tedioso me convierte en alguien bastante divertido en esas ocasiones. Tengo una teoría: cuanto más exitoso el escritor, más plasta y autocomplaciente su presentación. Y cuanto más exitoso, más bajito habla. En la clase media literaria española tenemos que gritar.

Una vez, en la Feria del Libro de Badajoz, las libreras de la caseta que me había llamado se olvidaron de que me habían llamado. O eso sospecho. Esto no es una crítica hacia ellas, que eran encantadoras, tenían una librería estupenda llena de títulos japoneses y me invitaron a cenar delicias extremeñas después de cerrar. Pero como no me habían puesto una banqueta, no constaba un cartel en la caseta anunciando mi firma y no se había comunicado a la megafonía de la feria que yo estaba allí, supuse que se habían olvidado de que iba. La clase media literaria llevamos bien estas cosas, estamos acostumbrados a no ser esperados o directamente a que se nos olvide. A cambio, me dieron cerveza. Y a partir de ahí, en una caseta, se queda uno mirando al abismo que palpita más allá del mostrador, esperando que alguien se fije en ti, expuesto a la mirada del visitante casual de la feria que te mira, observa tus libros expuestos, leen la sinopsis en la contraportada, vuelven a mirarte y te obligan a sentirte como un producto en un escaparate al que alguien ha puesto la etiqueta “¡nuevo!“.

Al final algunos compran, otros no, y el consuelo es que nunca depende de ti, como casi nada en la literatura o en el éxito en general. Si las libreras me han dado ya dos o tres cervezas me animo a decirle al lector indeciso:

–¡Que lo compre, coño, que está muy bien!

En Badajoz las libreras apoyaron la causa.

-Sí, sí que está muy bien –dijeron–. No es porque esté aquí con nosotros, es que está muy bien.

Y yo las miré enternecido, contento, pensando que las perdonaba por haberse olvidado de darme una banqueta y anunciarme por la megafonía. En la clase media literaria española el alcohol gratuito y el halago hacen que perdonemos todos los pecados ajenos, que incluso lleguemos a perdonarnos los nuestros.

En esta clase media literaria nuestra tenemos otro tipo de situación muy particular en las firmas de libros: cuando sí que te han anunciado por megafonía, sí que te han dado tu banqueta y sí que han puesto un cartel bien vistoso con el título de tu libro y tu fotografía, pero el destino ha querido que en tu misma caseta haya tres estrellas de la literatura. Vaya, que mi editor tenía razón con lo de Sant Jordi. Me ocurrió en el año 2023. Yo promocionaba entonces un libro de relatos, era todavía más joven que ahora y había publicado solo en editoriales independientes. Y pese a ello, llevaba ya tres firmas en la feria de aquel año que habían ido bastante bien. La cuarta y última fue un domingo por la mañana. Al llegar, ya sospechando que la flauta no sonaría por cuarta vez para un autor de clase media literaria como yo, descubrí que me acompañaban en la caseta Benjamín Prado, Ray Loriga y Juan José Millás.

Lo que ocurrió a continuación no le sorprenderá: se formaron grandes colas, pero ninguna se formó para mí. Me entretuve hablando con la librera, leyendo y trasteando (una caseta de libros es un gran lugar en el que aburrirse, me empecé a leer Los reyes de la casa y también un ensayo precioso sobre Benidorm de la editorial Barrett). Pero cuando estás firmando en una caseta y no firmas demasiado, ocurre lo que tiene que ocurrir: que todos los asistentes te toman por librero. Así que ante las primeras preguntas de visitantes a la feria sobre cuánto costaban las novelas de Prado, Loriga o Millás yo aclaraba que también estaba allí firmando, pero a la décima, ya sin orgullo que herir, decidí ser práctico y responder:

−Diecinueve noventa, se queda en dieciocho con el descuento de la feria.

Y también:

−Sí, puede pagar con tarjeta.

En un momento dado de aquella mañana en la que la clase media literaria española me convirtió también en librero, vi que se acercaba, entre la multitud del Retiro, alguien que me suena, sonriendo y saludándome. ¡Era Carolina Adriana Herrera! Famosa, bellísima, elegante. Y me señalaba:

−¿Te acuerdas de mí? −preguntó en la distancia.

¡Claro que me acordaba! Habíamos coincidido en alguna ocasión por mi profesión como periodista en esta cabecera desde la que escribo y en otras revistas en las que escribí, y habíamos hablado brevemente. Hace muchísimos años, en Londres, una compañera y yo casi le descapitalizamos la compañía porque en un hotel lujosísimo de Mayfair donde su marca había tenido a bien invitarnos para presentar un perfume, se nos ocurrió pedir pescado, jamón y vino para comer (teníamos resaca), sin saber que habían habilitado un saloncito con un menú especial para agasajar los periodistas. Fueron unos cuantos cientos de pounds de factura. Como era mi amiga la que había dado su número de habitación para el dispendio, yo me alejé de allí silbando.

Pero en todo caso ella, Carolina junior, reina de Manhattan, diosa pagana, ¡se acordaba de mí! Y venía a salvarme, a demostrarles a los demás, a los escritores superestrella, a los libreros y a todos los que hacían cola (no para mí) que yo también era alguien, que yo podía ser un escritor de la clase media literaria española, pero me relacionaba con las clases altas, literarias o no.

−¡Claro que me acuerdo de ti! −respondí, levantándome con el datáfono en la mano.

Pero la respuesta no salió solo de mi boca. A mi lado, un escritor famoso pronunciaba las mismas palabras.

−¡Carolinita! –era la voz de Ray Loriga solapándome−. ¡Claro que me acuerdo de ti!

−¡Ray, Ray, qué alegría que te acuerdes!

Se besaron, yo me senté. Volví a pensar en el hotel de Mayfair, en el jamón, el pescado y el vino. Alguien me preguntó por el de Benjamín Prado (“chico, ¿cuánto cuesta este?“) y me sacó de mi ensueño.

−Diecinueve noventa −a estas alturas mi discurso ya era robótico, me había abandonado el alma de vendedor−. Puede pagar con tarjeta.

No estaré este año en Sant Jordi, pero sí en la Feria del Libro de Madrid y espero que en otras. Puede buscar mis fechas y casetas (todavía no las sé ni yo) y venir a verme y a decirme que ha leído esta columna y le ha gustado, si es que le ha gustado. Aunque no me compre ni un libro. En la clase media literaria española somos fáciles de contentar. El halago de un extraño es una moneda valiosa para nosotros. Hay, no me cansaré de decirlo, un placer íntimo e indescriptible en la escritura, una dicha inexplicable que solo siente uno cuando cree que ha escrito unas buenas páginas. Se publique o no se publique, venda o no venda. Y ese placer no se puede comprar con dinero. Pero los placeres que el dinero sí puede comprar, ¡ah! Esos también nos encantan.

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