Jean-Baptiste Del Amo: “Más allá de las drogas, hoy somos adictos al móvil, a la IA, al porno, a las ‘apps’ de citas y a la juventud eterna”
El autor francés de ascendencia española da la vuelta en su última novela, ‘La noche devastada’, al viejo mito de la casa encantada. Pero esta vez, la casa encantada no funciona como solía


Es imposible calcular cuántas películas o novelas existen sobre casas encantadas. El concepto sigue dando de sí: es tan simple, tan maleable y tan rico que el público, probablemente, no se cansará nunca. En Danza Macabra, el clásico ensayo de Stephen King sobre el miedo, narra una anécdota estupenda sobre cuando fue a ver Terror en Amityville (1979), uno de los ejemplos más famosos y taquilleros del género: mucha gente gritaba en el cine ante la visión de aquella casa que espantaba a una familia porque se oían voces, los cristales se rompían y un líquido viscoso surgía de los grifos y las paredes, pero una mujer detrás de él gemía de forma más pausada, íntima y trágica y en un momento dado susurró: “Imagínate las facturas”.
El escritor francés Jean-Baptiste Del Amo (ese Del Amo es herencia de sus abuelos españoles, exiliados republicanos), ha querido volver a la casa encantada, probablemente consciente de que contiene tantas lecturas y tantos tipos de terrores (atávicos, irracionales, sociales, inmobiliarios, económicos o corporales) como puertas y ventanas. O más bien, en su caso, debutar en el género de terror, aunque ya hubiera violencia, brutalidad y miedo en sus anteriores obras como El hijo del hombre (también publicada por Seix Barral), La sal, Una educación libertina y Reino animal (publicadas en España por Cabaret Voltaire). Con ellas ha conseguido el Premio Goncourt, el Premio Femina y el Premio Fnac, entre otros.
En La noche devastada, cinco amigos adolescentes de un suburbio francés en los noventa se encuentran arrastrando sus propios demonios (familias violentas, orfandad, acoso escolar y soledad) cuando descubren una casa vieja a la que nadie quiere acercarse y, a la vez, algunas muertes inexplicables suceden en el barrio. Ellos empiezan a gravitar irremediablemente a ese viejo caserón en el que nadie en sus cabales pondría un pie... pero sí un adolescente atormentado. Esta casa encantada, eso sí, no funciona exactamente como el lector espera. Pero explicar cómo opera sería contar demasiado de la novela.

Cualquier lector que haya crecido en los ochenta o noventa o muestre ciertos gustos por los códigos de las películas y libros de terror de entonces (hoy más vivos que nunca gracias a fenómenos como Stranger Things o Weapons) hallarán un montón de guiños en las páginas de La noche devastada. El propio Del Amo fue uno de esos adolescente que, en los noventa, encontró compañía, como hacen los protagonistas del libro, en el cine de Wes Craven y John Carpenter o las novelas de Stephen King. “Desde joven tuve la sensación de que era diferente, de que había en mí algo extraño”, explica el autor desde su hotel en Barcelona, en una de las paradas de su gira española para promocionar la novela. “En gran parte tenía que ver con mi identidad queer, que me obligó a crecer y construirme desde el secreto, la mentira, la vergüenza y el miedo al rechazo. En el cine y en los libros de terror encontré un espacio imaginario donde mis miedos más íntimos tomaban forma. Enfrentarme a ellos como lector o espectador era una manera de exorcizarlos. Pero también fueron influencias que me hicieron experimentar una especie de libertad, porque descubrí que gracias a la imaginación todo era posible”.
“Creo que la adicción es una forma de manifestación de nuestros deseos, de nuestros miedos y de nuestras heridas más profundas. Es un tema inagotable, que la literatura y el cine han tratado una y otra vez”
¿Es un relato de terror la única manera veraz en que se puede narrar la adolescencia? Para empezar, no sé si habría sido capaz de escribir un libro realista sobre los años noventa y sobre esa parte de mi adolescencia. La primera parte está muy anclada en una realidad social, pero hay elementos fantásticos que desajustan esa realidad hasta que el relato termina por caer en el horror. Usar el prisma del género me permitió captar algo de la extrañeza de aquella época: su languidez, su melancolía, los miedos y deseos que fueron míos y también de mi generación. La adolescencia es el momento en que te enfrentas por primera vez a la realidad del mundo adulto. Es un periodo de transformación física, de mutación, en el que nos atraviesan miedos reales o irracionales. Por eso creo que el género de terror es una de las mejores maneras de hablar de la adolescencia. Y además, algunas películas de terror están llenas de enorme poesía, de una forma de melancolía. Eso es lo que me gustaría que el lector de La noche devastada recordara, mucho más que el miedo.

Esta pregunta se la han hecho muchos antes, pero me gustaría saber su opinión: ¿por qué hay una conexión tan fuerte entre el colectivo LGTB y el género de terror? Para cualquier adolescente crecer en los años noventa significaba construir tu identidad sexual bajo la sombra del sida. Los jóvenes LGBT lo vivíamos de forma aún más intensa, porque los homosexuales eran estigmatizados de manera muy particular. Así que los años de la adolescencia, el descubrimiento del deseo, estaban envueltos en una especie de energía fúnebre y un miedo difuso. El cine de los ochenta y noventa canalizó muchas de esas inquietudes, sobre todo a través del body horror, que mostraba transformaciones físicas y contaminaciones. Además, había muy pocas representaciones positivas de la homosexualidad, lo que hacía que los jóvenes LGBT sintieran de forma muy brutal su diferencia. Y, por desgracia, es un fenómeno que empieza a repetirse hoy: pese a los avances sociales de las últimas décadas, estamos viendo un regreso muy violento de los discursos conservadores. Por otro lado, ese cine también creó figuras femeninas icónicas que tenían que enfrentarse solas a una amenaza, a una encarnación del mal: Sarah Connor en Terminator, Ellen Ripley en Alien, Laurie Strode en Halloween, Sidney Prescott en Scream... Para adolescentes que sentíamos que el sistema patriarcal nos rechazaba o incluso nos amenazaba, había algo profundamente liberador en ver a esas mujeres vencer.
El discurso y la traición
Del Amo admite que no volvió a leer las novelas que lo marcaron de adolescente a la hora de escribir La noche devastada, pero se dejó influir por autores que, en los últimos años, se han permitido mirar atrás, por ejemplo, Bret Easton Ellis (especialmente presente en esa parte de la novela en la que se detalla la llegada a la vida de los protagonistas de dos hermanos bellísimos, cínicos y ricos). “La influencia de Bret Easton Ellis tiene que ver sobre todo con la lectura de su última novela, Los destrozos. La leí en un momento en el que me estaba cuestionando mucho mi propia escritura, cuando necesitaba volver a una relación más lúdica y despreocupada con mi trabajo, recuperar un poco de entusiasmo. Sentí una alegría tan grande leyendo esa novela de Ellis que, de alguna manera, me liberó y me dio permiso para escribir sobre mi propia adolescencia y recurrir a toda mi cultura del género".
¿Qué opina de eso que hoy llaman “terror elevado”, esas películas de género que incluyen un comentario social muy poco disimulado y quieren ser algo más que relatos terroríficos? No me convence, para mí supone una especie de traición al género, ya que intenta darle legitimidad a través del discurso. Pero el discurso que valida la calidad de una obra no puede venir de fuera. A mí me gusta un terror que cumple su promesa, que sacia al espectador, un terror que de verdad da miedo. Eso no quita que la obra pueda estar atravesada por grandes temas y suscitar emociones muy diversas y complejas.

Uno de los temas que parecen habitar La noche devastada es la adicción. No solo los adolescentes protagonistas fuman más porros de los que cualquier padre desearía, sino que sus familias están también dominadas por alcoholismo, relaciones destructivas y otros tipos de adicciones contemporáneas. Es inevitable preguntarse si, en ese sentido, esa casa encantada que da a los adolescentes protagonistas todo lo que desean pero a cambio les arrebata mucho más funciona como el reflejo de una droga dura y adictiva. “Creo que la adicción es una forma de manifestación de nuestros deseos, de nuestros miedos y de nuestras heridas más profundas”, explica Del Amo. “Es un tema inagotable, que la literatura y el cine han tratado una y otra vez. Más allá de las drogas, hoy somos adictos a nuestros dispositivos, a la IA, al porno, a las apps de citas, a la obsesión por optimizar nuestros cuerpos, a esa especie de juventud eterna que intentamos mantener. El género de terror se apropia, naturalmente, de todos estos miedos y les da forma de mil maneras distintas. Es una manera de enfrentarnos a aquello que realmente nos mueve".
¿Quiénes son sus favoritos dentro del género de terror? Stephen King sigue siendo para mí el mayor autor contemporáneo de terror. Su obra es inigualable por la imaginación que despliega y por la forma en que ha abrazado nuestros miedos íntimos y colectivos. Mi película de terror favorita es seguramente Braindead, de Peter Jackson: una comedia desquiciada y ultragore que me hacía partirme de risa cuando era adolescente. Creo que no existe una película más generosa ni más irreverente. Pero también soy un gran fan de Alien, la criatura más hermosa y aterradora del cine de terror, la encarnación absoluta de una otredad radical y amenazante. Aliens, de James Cameron, es mi favorita.
¿Y qué película o novela de terror detesta? Alpha, la última película de Julia Ducournau, me pareció infame: una soberana mierda cuyo discurso sobre el sida me indignó, igual que su pretenciosidad formal.
¿Qué es lo mejor de ser escritor? Escribir y leer libros es poder vivir, al mismo tiempo, en dos realidades; es poder deslizarte en otras pieles, otras vidas, otras sensibilidades. Es desarrollar cierta porosidad hacia el mundo y hacia los demás. Creo que eso es lo que más me gusta, porque escribir me da a veces la sensación de estar más vivo.
¿Y lo peor? Es un ámbito que hoy sufre una mercantilización excesiva. El número de lectores disminuye, los éxitos en librerías se polarizan, y, aun así, cada vez se publican más libros. Hasta el punto de que editores y libreros tienen dificultades para dar visibilidad a aquellos títulos que no encuentran un éxito inmediato o que no logran concentrar la atención.
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