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El caso de David Uclés y Oliver Laxe: ¿por qué los hombres sensibles siguen incendiando las redes?

Una nueva corriente de creadores que habla con pasión y sensibilidad de sus obras y construyen un personaje artístico levanta tantas pasiones como insultos en redes sociales

El director de cine Oliver Laxe y el escritor David Uclés.Getty Images / Collage: Pepa Ortiz

Hace algunas semanas, Delia Rodríguez escribió en este periódico que creadoras como la novelista Sara Barquinero o las ensayistas Ana Garriga y Carmen Urbita muestran sin complejos todo el conocimiento, la inteligencia y las maneras que durante sus años de formación les valió la etiqueta —impuesta casi siempre con sorna— de empollonas. El éxito en ventas y crítica de estas autoras que exhiben su brillantez y sus referencias con orgullo sucede mientras ellas mismas y muchos otros artistas que también proponen miradas complejas o se muestran abiertamente vulnerables reciben insultos en redes sociales o padecen ataques personales y una fiscalización constante de su aspecto, su esfera íntima y hasta de su voz y su gestualidad.

Es algo que, con distintas intensidades, sufren o han sufrido creadores como Óliver Laxe, Sara Torres, David Uclés o Pol Guasch y para analizar el fenómeno conviene, en primer lugar, descartar otros escenarios que no serían tan novedosos: en este acoso virtual no hay nada de refutación de las ideas expuestas o de crítica legítima al pensamiento del autor. Aquí tampoco queda ya rastro de los mecanismos que movían aquellas cancelaciones woke de las que tanto se habló y que, en la mayoría de los casos, resultaron ser espejismos, puesto que los afectados continuaron trabajando tranquilamente. Estamos ante algo más antiguo, que, como tantas otras cosas, ha encontrado impulso y se ha renovado en Internet: machismo u homofobia, bullying, ridiculización o, simplemente, mofa del diferente. Además del habitual descrédito por razones políticas —que puede llegar desde dos frentes: el de la ultraderecha o el de los que juzgan el nivel de compromiso de cada autor y si su producción es funcional o no al capitalismo—, hablamos de un matonismo y de una crueldad que parecían superadas.

Muchas veces son los prejuicios los que desatan estas tormentas, pero el miedo a la complejidad del público también influye. Si el filósofo Roland Barthes distinguió entre textos de placer (“ligados a una práctica confortable de la lectura”) y textos de goce (“hacen vacilar los fundamentos históricos, culturales, y psicológicos del lector”), parece que ahora que las estadísticas demuestran que las frases en los libros son cada vez más cortas, el desafío de los segundos podría llegar a irritar a una parte importante de los lectores. Sucede con el cine más incómodo y Miquel Echarri ya analizó en ICON el proceso que llevó a muchos espectadores al “rechazo beligerante” de la película Sirat. Un rechazo que enseguida alcanzó a su director, Óliver Laxe. Entrevistado por Ianko López para El País Semanal, Laxe lamentaba el personaje “intelectualoide, pretencioso y altanero” que le han asignado sus detractores: “Es verdad que, por carácter, necesito crearme una imagen de persona especial, así que es normal que emane una energía orgullosa o arrogante. Pero yo intento ser humilde, y estoy muy tranquilo con las cosas de las que hablo y de cómo las hablo”, declaró.

Entonces, en lugar de apreciar y hasta mitificar a los artistas especiales, orgullosos y un poco excéntricos, como era costumbre, ¿está el público rechazando a los creadores que más destacan? Algunas señales apuntan en esa dirección y la saturación ante ciertos mecanismos que las industrias culturales usan para ganar presencia en redes está acelerando este efecto. Por un lado, hace años que los creadores se han convertido en marcas casi comerciales que reciben más atención —para bien y para mal— que sus propias obras. Por otro lado, cualquier proceso de promoción pone a circular decenas de reels o de pequeños fragmentos de audio y video donde el autor lanza alguna hot take o pildorita con la idea de que circule rápidamente y se multiplique. Estos cortes son tan breves que, más que concentrarlo, simplifican el pensamiento y exageran los gestos propios de una conversación, sacándolos de contexto. Tras varias ráfagas así, el público, mucho antes de tener contacto con su creación, termina construyéndose una imagen distorsionada y caricaturesca del artista.

El agigantamiento del autor

La crítica y editora Andrea Toribio cree que nos acercamos a la desintegración del genio creador tal y como lo hemos pensado hasta el momento: “El público ya no está dispuesto a ceder ante esa idea porque genera un efecto de minusvaloración de las capacidades intelectuales de quien recibe ese producto. No queremos sentirnos tontos ante algo que estamos consumiendo porque cada vez estamos más precarizados, más agobiados, enclaustrados y ansiosos. Necesitamos ver algo que podamos entender sin sentir que seguimos trabajando para comprender el mundo en el que vivimos”.

En este sentido, Toribio habla de un antiintelectualismo casi por agotamiento y por saturación de estímulos digitales: “No queremos que nos den una chapa ni queremos que nos expliquen el mundo porque los dispositivos digitales y lo tecnológico en general ha venido a sustituir la experiencia primaria, que es lo que echamos de menos y queremos recuperar a toda costa. Mucho antiintelectualismo es una respuesta que dice: déjame experimentar esta realidad por mí misma”.

“No queremos sentirnos tontos ante algo que estamos consumiendo porque cada vez estamos más precarizados, más agobiados, enclaustrados y ansiosos. Necesitamos ver algo que podamos entender sin sentir que seguimos trabajando para comprender el mundo en el que vivimos”
Andrea Toribio, editora

Precisamente, la escritora Sara Torres insiste en que fuera de las plataformas online, “en conversaciones y encuentros materiales”, percibe una versión de la realidad más amable, “con potencias de creación de alternativas”. La ensayista sostiene que muchas de las violencias que afectan a artistas y creadores reflejan el clima de exasperación que desde hace años domina los espacios virtuales: “Internet fue durante algún tiempo un lugar de alianzas subculturales que sirvió para encontrarnos e intercambiar saberes e intimidad. Como la deriva de las redes sociales ha sido la de devenir un espacio de producción, donde grandes empresarios extraen nuestra energía a través del trabajo invisible que hacemos para ellos, y como hoy parece que todo lo representado es mercancía, creo que las redes se han convertido en un lugar de sospecha constante que se ha extendido a otros ámbitos de lo cultural y lo social”, explica Torres.

Marta García Miranda, periodista y crítica teatral, habla de ciclos de ascenso y caída rapidísimos, porque “el romance del público con la anomalía” dura cada vez menos (y después llega la ridiculización). “El nivel de exposición, unido a las dinámicas de violencia y crueldad que atraviesan los espacios online, favorece esos ciclos de ascenso y caída (una idea que me parece central) que buscan eliminar la agencia de los creadores y desprestigiar su trabajo intelectual. Y eso, al fascismo le interesa y mucho. Cuantas menos herramientas de cuestionamiento crítico de la realidad tengamos, mejor. Cuanta menos complejidad y más hashtags, mejor. Cuanto más entretenidos estemos con los circos y las polémicas, menos pensamos en lo importante”, señala.

Sin tiempo para analizar las obras o las ideas, hoy las polémicas afectan a atributos personales de sus autores. El proceso comienza con la promoción de cualquier lanzamiento, que es cuando la figura del creador se agiganta hasta que llega a ocultar el disco, libro, o película que acaba de publicar. Torres lo explica así: “El autor hoy es una figura donde se especula valor. Pero no hay tanto tiempo ni atención ni interés para entender la propuesta o el esfuerzo de la obra. En el espectáculo es más productivo un prejuicio que una lectura. Y cuando llega la lectura, después de haber sido determinada con tanta información previa, muchas veces la experimentamos a través de lo que hemos visto antes”.

Menos crítica, más matonismo

En su clásico sobre la crítica, Contra la interpretación, publicado en 1969, Susan Sontag se mostraba contraria a la habitual distinción entre el contenido y la forma de las obras de arte (y lamentaba la excesiva atención que tradicionalmente se ha prestado al primero). En su opinión, intentar desentrañar el mensaje de una obra equivale a desactivarla. Hoy, la triple identificación entre autor, personajes y lector que exigen o asumen algunos consumidores —esperan escritores que escriban sobre sí mismos y que, a su vez, se parezcan a sus lectores y usen sus códigos— es una de las principales amenazas contra el potencial de la ficción. García Miranda observa que los medios también son responsables de esta situación, porque parte de los espacios que antes ocupaba la crítica de las obras se están cediendo a otros formatos, centrados en la figura del autor: “Cuando llega la crítica, el medio ya ha hecho entrevistas, ya ha dedicado reportajes, ya lleva mucho tiempo hablando de la obra de ese creador o creadora dándole mucho espacio en la mayor parte de los casos y la crítica llega al final, cuando todo ese relato y esa construcción ya ha sido elaborada”.

“El nivel de exposición, unido a las dinámicas de violencia y crueldad que atraviesan los espacios online, favorece esos ciclos de ascenso y caída"
Marta García Miranda, crítica cultural

Como confirma Jorge Burón, crítico y reseñista, “con muchísima diferencia, el autor ocupa el espacio que debería ocupar la obra”. “Por ejemplo, de un libro que todos conocemos y que ha tenido mucha repercusión, La península de las casas vacías, las entrevistas se cuentan en centenares y las críticas o reseñas en decenas; juraría que no más de veinte o treinta. Así que el lugar que tiene el texto y el lugar que tiene el personaje, David Uclés, son muy distintos”. De esta forma, lo que se produce es, en palabras de Burón: “Una bifasia un poco rara porque la crítica cultural más rigurosa y más seria se intenta bloquear —y hay agentes del campo literario que lo hacen con todas sus armas, que no son pocas— y, a la vez, están a la orden del día los ataques violentos, fascistas, homófobos, machistas, racistas de todos los tipos machofachos y criptobros que nos podamos imaginar”.

Frente a los ataques centrados en aspectos personales de los autores, Burón defiende la crítica profesional sobre las obras: “La crítica es la atención respetuosa y que valora aquello que está atendiendo. La crítica señala los lugares donde una obra podría ir más allá o donde cree que ha fallado, pero, si se convierte en ataque, es todo lo contrario: es homogeneizante y es hegemónica. Y ese tipo de figuras que lanzan ataques también abundan, y eso tiene que tiene que ver con la viralidad de las redes, porque en ellas el beef funciona muy bien”.

En un contexto así, Torres intenta “encontrar respuestas estructurales”. “El nuestro es un sistema en el que todas somos sospechosas si somos visibles, pero yo no quiero dejar de creer en las personas y hay muchos espacios y conversaciones llenos de gente preciosa que lee y acude a los encuentros”. Eso sí, Toribio no es tan optimista y es que está convencida de que muchas prácticas que percibimos en las industrias culturales no son más que el reflejo —amplificado por los focos y la visibilidad del mundo del arte— de lo que ocurre en todos los ámbitos desde que empezamos a relacionarnos: “Nunca hemos salido del patio del colegio: esa es la enseñanza más grande que puede existir, porque algunas de esas dinámicas a nivel macro se repetirán una y otra vez en todas las esferas de nuestra vida. El patio del colegio es el primer lugar donde te expones a un espacio jerarquizado, controlado, donde existen dinámicas de poder y cuando te haces mayor y trabajas, acabas dándote cuenta de que todo sigue siendo lo mismo”.

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