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¿Merece Kanye West el perdón público? “Es inasumible para las marcas, pero incancelable para los fans”

Al rapero se le prohibido la entrada en el Reino Unido por sus declaraciones antisemitas, pero los fans parecen dispuestos a apoyarle: el pasado fin de semana ganó 33 millones de dólares por dos conciertos en Los Ángeles

Kanye West saluda a las cámaras en el aeropuerto de Shangai en el verano de 2025.HECTOR RETAMAL (AFP via Getty Images)

En menos de una semana, el rapero Kanye West (Atlanta, Georgia, EE UU, 48 años), también conocido como Ye, ha sufrido un duro varapalo comercial y también una gigantesca inyección millonaria a sus ya desmesuradas arcas. Por un lado, el gobierno de Reino Unido le ha denegado el permiso para viajar al país con motivo de su actuación el próximo junio en el festival Wireless, que iba a encabezar durante tres noches. La administración ha argumentado que “su presencia no iba a ser favorable para el bien público”, como condensación rápida de los muchos problemas que apareja su figura, a destacar sus manifestaciones públicas inequívocamente nazis (con una canción titulada Heil Hitler, de hace menos de un año, además de otras acciones como la comercialización de camisetas con esvásticas) y antisemitas.

Antes de que se le denegara la entrada, Wireless había sido objeto de enormes críticas y perdido importantes patrocinadores, como Pepsi, aunque la dirección del festival respaldó a Ye, un indicativo de que sus conciertos seguían, con toda probabilidad, saliendo muy a cuenta. Para muestra, sin ir más lejos, su triunfal paso por el SoFi Stadium de Los Ángeles el pasado fin de semana. Con solo dos recitales, West recaudó una cantidad estimada de 33 millones de dólares, cifra récord para el recinto. Lo que, de entrada, ilustra una tensión singular en el gran regreso que la estrella planeaba para este 2026, entre su nuevo disco, Bully, y una gira internacional que también prevé pasar por España en verano: su cruzada por obtener el perdón del mundo –como ha intentado con gestos como el de publicar unas disculpas abiertas en el periódico The Wall Street Journal o proponer una reunión con miembros de la comunidad judía– está encontrando más dificultades con las marcas y las instituciones que con el público.

“Él demuestra que puede seguir siendo masivo y, a la vez, ser algo institucionalmente inasumible”, opina el crítico cultural Frankie Pizá, preguntado por ICON. “Las marcas y las instituciones necesitan legibilidad, necesitan limpieza, pero el fandom se rige por la emoción y se busca excusas, como que es el artista del siglo, para seguir dándole cancha. [El rapero] Freddie Gibbs en Instagram dijo que Ye le había enseñado cómo ser incancelable, porque él tiene los clásicos y eso es como un seguro de indulgencia, que te amortigua. También hay tanta música mediocre hoy día, tanta falta de nuevos iconos y tanta nostalgia regresiva por volver a esos años dorados que se idealiza todo. Habrá fans que digan ‘Oye, pues yo no paso por ahí’ y otros a los que les dé exactamente igual, que se lo hayan perdonado todo y que quieran ver Runaway en directo una vez en la vida”.

Aunque la carrera de Kanye West siempre ha ido de la mano de la polémica, su acelerón en la última década ha puesto al límite a todo el mundo. Además de sus delirios de grandeza, que le han llevado a equipararse con Shakespeare o con Jesucristo, pasó de criticar la discriminación a la población negra por parte del gobierno de George W. Bush a decir que la esclavitud había sido “una elección”, que el aborto era una forma de genocidio o a negar el Holocausto, así como proclamar su admiración por Hitler. En otro plano se encuentran, por ejemplo, el acoso y amenazas públicas a su expareja Kim Kardashian, con la que mantuvo una relación de perfil mediático muy alto, generosa en titulares y noticias extravagantes. Lo que hace un tiempo se entendía como disparates de millonario se ha convertido en gracias complicadas de reír.

Sin embargo, esto ha ido en paralelo a otro proceso social: lo que se considera inaceptable en 2026 no es lo mismo que hace diez años, por escándalos como el de Epstein (nuevo listón moral bajísimo: los exabruptos de un artista parecen relativizarse cuando, al menos, no se es parte de una red organizada de pederastia) o la normalización de los discursos de ultraderecha.

“Es como lo que pasó el otro día con Juan Carlos I en la Maestranza, hay un público ahora que le aplaude no por lo que es, sino por lo que simboliza, que en este momento es estar en el lado MAGA de la historia"
Iñigo López Palacios

El influencer Matt Bernstein expresaba, con motivo de las actuaciones de Ye en Los Angeles, su indignación por el regreso del artista a la primera línea en comparación con los problemas que sufrieron mujeres como Janet Jackson, cuya carrera cayó en picado tras enseñar un pezón en la SuperBowl de 2004, o las Dixie Chicks (actualmente, The Chicks), víctimas de un prolongado boicot por criticar la invasión de Irak en 2003.

Sin embargo, el periodista musical y jefe de redacción de ICON, Iñigo López Palacios, no piensa que las circunstancias sean las mismas. “Yo creo que ya no se cancela a nadie por radicalidad. Vivimos en un mundo en el que el presidente de Estados Unidos llama ‘putos cabrones’ a los iraníes por no abrir el estrecho de Ormuz. El mundo se ha vuelto loco y los artistas que se han vuelto locos encajan mejor en este mundo que en ningún otro”, opina. “Lo de las Dixie Chicks fueron opiniones políticas, pero lo de Kanye West es otra cosa, son boutades a lo bestia. ¿Alguien cree de verdad que es nazi? Lo suyo se parece más a Britney Spears y a su colapso. Es un tipo que tiene serios problemas mentales, ve enemigos por todas partes y es un paranoico. Me parece que todo viene de ahí”.

El mundo se ha vuelto loco y los artistas que se han vuelto locos encajan mejor en este mundo que en ningún otro”
Iñigo López Palacios

El trastorno bipolar que West, públicamente, ha admitido padecer es una cuestión espinosa. El artista ha discutido en múltiples ocasiones su propio diagnóstico –que, en una ocasión, atribuyó a que su médico era judío– y, por tanto, no ha seguido de manera regular las indicaciones profesionales sobre su salud, en lo concerniente a la medicación y a la terapia. No obstante, que Ye o sus seguidores usen su condición mental como parapeto para justificar sus comportamientos y liberarle de toda responsabilidad sobre sí mismo alimenta el estigma y causa un profundo daño a otros pacientes: millones de personas en el mundo conviven con el trastorno bipolar y no alaban a Hitler. En el documental del pasado año In Whose Name?, el propio Kanye West reconocía que usaba su imagen pública de “artista y bipolar” para que todo lo que hiciera y dijera se percibiese como una performance, nunca tomada 100% en serio. Actualmente, además de sus disculpas públicas, West ha afirmado encontrarse de nuevo bajo tratamiento, animado por su actual mujer, Bianca Censori.

“No entienden lo que pongo en Twitter”

En el estribillo de su canción Heil Hitler, Ye ironizaba sobre su capacidad para desconcertar o provocar shock en la opinión pública: “Heil Hitler, nigga, Heil Hitler / They don’t understand the things I say on Twitter”. La letra hablaba de cómo él había decidido convertido conscientemente en un “villano nazi” como respuesta a que la gente sacase conclusiones precipitadas sobre cómo es él en base a sus publicaciones en redes sociales, salpimentadas de otras rimas donde afeaba a su exmujer que no le dejase ver, en su opinión, lo suficiente a sus hijos. Más allá de indignación, la canción cosechó, más bien, resignación e incluso fue tomada por algunos con humor. El rapero Dave Blunts, por ejemplo, decía que entendía la frustración hacia la letra, pero que le parecía que había una sobreactuación en su condena pública, porque era “una jodida buena canción, con un beat realmente bueno”. Tras la publicación del tema, cual Picasso terminando su etapa azul, Kanye West anunció públicamente que había “puesto fin” a su antisemitismo.

No obstante, si los dislates de West no deben ser tomados en serio por su continuo carácter performativo, por la misma regla, es legítimo también dudar de la sinceridad de sus disculpas. En marzo de 2023, Ye acudió de nuevo a su plataforma favorita, Twitter (ahora X), para informar de que se había divertido mucho viendo la comedia Infiltrados en clase (2012), coprotagonizada por el actor judío Jonah Hill. “Ver a Jonah Hill en Infiltrados en clase ha hecho que me caigan bien de nuevo los judíos. Nadie debería llevar su ira por uno o dos individuos a convertirse en odio hacia millones de personas inocentes”, escribió de manera solemne. Christopher Miller, codirector de la película, le respondió: “Um… ¿Gracias por verla?”. Este lunes, el actor Jonah Hill se refirió por primera vez a las declaraciones de West. “Tuve la sensación de que hizo ese gesto público tan raro para, en cierto modo, arreglar las cosas, como diciendo: ‘Todo está bien porque quiero a Jonah’. Yo sigo queriéndole, y espero que, pase lo que pase, él pueda recuperarse y todos puedan sanar. Creo que es probablemente el mayor artista vivo. Es un genio y todo su discurso de odio apesta. ¿Qué puedo decir?”.

Es difícil hacer una radiografía del fan medio de Kanye West en 2026, entre quienes se fueron, quienes se han quedado a pesar de todas las contradicciones que les supone (como, mismamente, Jonah Hill) o quienes se han sumado a raíz de su ascenso como ídolo ultraderechista. A principios de este año, el supremacista blanco Nick Fuentes y los hermanos Tate, detenidos en 2022 por trata de personas, violación y pertenencia a un grupo criminal organizado, fueron vistos coreando la canción Heil Hitler en un club de Las Vegas. Estar curado de espanto con los comportamientos de Ye puede no ser suficiente si, en el asiento de al lado de un concierto, un fan además ha de comerse el sapo de compartir la velada musical con neonazis.

Hay tanta música mediocre hoy día, tanta falta de nuevos iconos y tanta nostalgia regresiva por volver a esos años dorados que se idealiza todo. Habrá fans que digan ‘Oye, pues yo no paso por ahí’ y otros a los que les dé exactamente igual, que se lo hayan perdonado todo y que quieran ver Runaway en directo una vez en la vida”
Frankie Pizá

“Es como cuando tienes que sentarte en la mesa con familiares que son más franquistas que Franco”, lamenta Laura Romerales, de 30 años, seguidora de Ye, que acepta la circunstancia como quien no tiene más remedio. Ella planea ir con cinco amigas al recital de Kanye West el 30 de julio en el estadio Metropolitano de Madrid. Por cada una de las entradas, sumando gastos de gestión y seguro de cancelación, han pagado 360 euros. Las compraron al minuto de estar disponibles en la preventa, para la que se registraron, aunque en los días siguientes comprobaron estupefactas que seguía habiendo muchas entradas y que el precio había bajado, debido a que la demanda no era, ni mucho menos, tan alta como parecía.

Un mes después de salir a la venta, el aforo sigue sin estar completo. “Me siento estafada, claro. Es una tomadura de pelo a los espectadores. En general, estoy muy en contra de en lo que se han convertido los conciertos, parece que lo impulsa a ir a ellos es el FOMO [Fear Of Missing Out, miedo a perdérselo] que la música en sí. Dicho esto, partía de la idea de que me iban a estafar, pero iba a pagarlo costase lo que costase, porque es el artista de mi vida y un concierto al que nunca creí que iría”.

A Romerales no le agradan, pero tampoco le impresionan, las distintas barbaridades de Kanye West. “Siempre ha sido así. Ahora es una versión digievolucionada, con más escándalos y más cosas reprobables, pero él siempre ha sido ególatra, narcisista y errático. Ahora dice Heil Hitler, pero antes ridiculizaba a una adolescente en un escenario, como hizo con Taylor Swift. Cualquier fan sabe cómo es él. Se tiene en tan alta estima que es un meme, que no puedes creer lo que ves. Así que difícilmente te van a importar todas estas salidas del tiesto nazis, porque antes ha habido otro millón de cosas así”. Entre ellas, menciona la canción Eazy, “una obra de arte con, a su vez, un videoclip que es una forma de maltrato a su exmujer”, por representar el asesinato de Pete Davidson, entonces pareja de Kim Kardashian.

Emerge, de nuevo, el “seguro de indulgencia de los clásicos” que mencionaba Pizá. ¿Puede el talento acabar salvando a Ye? “Hay mucha gente propensa a idealizar a Kanye West y agarrarse a un clavo ardiendo, porque la música en los últimos años ha empeorado mucho, es plana, predecible. A la que Kanye vuelve a sacar sus dotes de sampling o su buen gusto para crear ciertas consonancias a nivel musical, la cosa motiva. Bully [su último álbum] me parece el peor disco que ha sacado, aunque tenga algún momento de luminosidad, pero hay una idealización brutal por querer que sea el disco de vuelta, el que resetea su carrera”.

Iñigo López Palacios coincide: “Es un artista con un talentazo alucinante, no lo duda nadie. Pero yo no voy a ir a verle de ninguna de las maneras. Lo que más me molesta de él es esta cosa mesiánica insufrible que tiene. Me parece que ir a verlo en directo es potenciar esa faceta suya. Es como lo que pasó el otro día con Juan Carlos I en la Maestranza, hay un público ahora que le aplaude no por lo que es, sino por lo que simboliza, que en este momento es estar en el lado MAGA de la historia. Por cada persona que le gusta sinceramente su música, a lo mejor hay tres a los que les gusta lo que simboliza. Igual no hace un disco bueno más en su vida, pero también es verdad que muy poca gente ha hecho tantos discos buenos en una carrera”.

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