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“¿Por qué perder el tiempo en 250 páginas si puedo contarlo en 20?”: la escritora Samanta Schweblin, ganadora del premio Aena, en siete cuentos

La autora argentina, premiada por ‘El buen mal’, explora en sus relatos breves la extrañeza de la vida cotidiana y pone en duda a la familia como espacio seguro y benigno

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Schweblin: "Es un número tan grande que no se cómo se piensa"
La escritora argentina Samanta Schweblin, ganadora del primer Premio Aena de narrativa hispanoamericana, el miércoles en el Museo Marítimo de Barcelona. Foto: GIANLUCA BATTISTA | Vídeo: epv

Al margen de sus dos incursiones en la novela, Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), Samanta Schweblin es, ante todo, una magistral cuentista, influida por el fantástico rioplatense de Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, pero también por la tradición del realismo sucio estadounidense, de Raymond Carver a Amy Hempel. La escritora argentina de 48 años, ganadora del primer premio Aena de Narrativa Hispanoamericana con su libro de relatos El buen mal, publicado a comienzos de 2025, lo reivindicó al recoger el galardón este miércoles, cuando celebró que se reconociera a una autora de cuentos en un ecosistema que suele reservar sus mayores honores a la novela. “Los que escribimos cuentos corremos medio cojos”, dijo Schweblin en Barcelona, a la vez que agradecía que el premio distinguiera “la excepción” y no la regla.

Con los años, los relatos de Schweblin se han ido volviendo más largos, como deja patente El buen mal. La autora asegura que en este libro ha logrado bajar el “volumen de ansiedad” a la hora de escribir, que solía llevarla a privilegiar lo escueto. “Hay algo del cuentista que es naturalmente ansioso”, nos contaba a mediados de marzo, durante una entrevista en Berlín. “¿Por qué perder el tiempo en 250 páginas si puedo contar esta historia en 20?”. Para Schweblin, además, el relato breve tiene una potencia específica frente a la novela. “El cuento trae consigo una suerte de portal. Uno se encuentra en su salón y un segundo después está en un parque en París o en la montaña en el sur de Argentina. El cuento puede dejarnos patas arriba dentro de la misma realidad en la que estábamos hace cinco minutos. En el cuentista hay un deseo de acompañar al lector en ese shock”.

Sus cuentos son distintos entre sí, pero suelen compartir rasgos reconocibles: un cruce constante entre cotidianidad y extrañeza, una tensión sostenida, un humor tirando a seco y un momento de viraje brusco —un accidente mortal, un conflicto inesperado, una crisis de lucidez— en el que los personajes cruzan un umbral simbólico. Relatados con una voz omnisciente y distante, atravesados por diálogos entrecortados, abundan en ellos las historias de padres y madres, de hijos e hijas, en las que se pone en duda la noción de la familia como espacio seguro o benigno. Hablan del duelo, de la culpa y de la ambigüedad de los vínculos humanos. Esta es una selección de siete de sus mejores cuentos.

Hacia la alegre civilización de la Capital (2002)

El cuento que abría El núcleo del disturbio, el primer libro de relatos de Schweblin, ya contenía algunas de las claves de su obra posterior. Un hombre llega a una estación perdida con la intención de volver a la Capital, pero un obstáculo le impide comprar el billete y continuar su viaje, quedando atrapado en un espacio rural en el que reina lo inquietante. El boletero y su esposa le ofrecen comida, cobijo y un lugar privilegiado en una familia postiza formada por otros viajeros que también han quedado retenidos en el lugar. Schweblin convierte esta situación rayana en lo fantástico en una fábula sobre cómo el poder no siempre se ejerce mediante la violencia, sino a través del afecto y la protección. ¿Una alegoría de lo que es la familia, que en sus relatos aparece como un lugar de ternura, pero también de control? La fuga final tampoco tendrá mucho sentido: tanto quedarse como marcharse se convierten en quimeras. “Una última sensación, común a todos, es de espanto: intuir que al llegar a destino ya no habrá nada”, escribe Schweblin.

Pájaros en la boca (2009)

“Comés pájaros vivos, Sara”, dice el padre. “Sí, papá”, responde su hija adolescente, con la boca, la nariz y las manos manchadas de sangre. Así arranca uno de sus cuentos más conocidos, que dio título a su libro de relatos de 2009: Sara saca un gorrión de una jaula en el comedor de su casa y procede a tragárselo. Incapaz de seguir conviviendo con el horror que le provoca ese hábito monstruoso, su madre decide enviársela al padre, de quien se divorció años atrás, para que se haga cargo de ella. El relato sigue entonces el desconcierto de ese hombre, que observa a su hija con una mezcla de repulsión y compasión. Sara sigue siendo su hija, una criatura monstruosa pero también obediente y vulnerable, en cuya rareza persiste una necesidad elemental de amor. Al final, a ese padre perplejo no le queda otro remedio que aceptar y acompañar a su hija. El cuento sigue un procedimiento habitual en Schweblin: una situación fantástica narrada con absoluta naturalidad, hasta que, en medio de ese artificio, aparece una verdad, en este caso atravesada por una inesperada ternura.

Un hombre sin suerte (2012)

En este cuento, publicado por primera vez en 2012 e integrado después en Siete casas vacías (2015), la narradora recuerda el día de su octavo cumpleaños, cuando tuvo que acompañar a sus padres al hospital después de que su hermana bebiera lejía. En medio del pánico, la niña pierde su abrigo y queda abandonada en una sala de espera. Allí se le acerca un hombre desconocido, que percibe su malestar y le propone acompañarla a comprarle otra cazadora. Cuando regresan, los adultos interpretan la escena como un posible abuso o secuestro y se abalanzan sobre el tipo. La niña, en cambio, conservará de él un recuerdo ambiguo y decisivo. Schweblin narra aquí uno de esos encuentros extraños entre adultos y niños que reaparecerán en su obra, como sucede en un par de relatos de El buen mal. Asoma también una dimensión psicoanalítica muy propia de la autora: mientras toda la atención de los padres se concentra en Abi, que la autora nos indica desde el comienzo que es la hermana menor, la protagonista vive una experiencia fundacional de abandono, desplazada por esa figura que viene a sustituirla en el centro del afecto familiar.

Nada de todo esto (2015)

En el cuento que da comienzo a Siete casas vacías —libro dedicado, no por casualidad, a sus padres—, una hija acompaña a su madre en una de sus habituales excursiones por barrios residenciales para mirar casas ajenas. No buscan comprar ni alquilar: se limitan a observar desde la distancia ese mundo de jardines impecables y objetos codiciados, que la madre contempla con una mezcla de fascinación y resentimiento social. Cuando el coche queda atascado en el barro, la situación se desborda: la madre finge encontrarse mal, consigue entrar en una vivienda, recorre sus habitaciones con avidez y roba un azucarero que había pertenecido a la madre de la propietaria. Cuando esta aparece después en la modesta casa de ambas para reclamarla, la hija le pide que la busque ella misma, en un gesto de sadismo que persigue ver humillados a los ricos. El cuento se inspira en el Hurlingham de su infancia, el suburbio bonaerense donde creció, escindido entre las fastuosas mansiones y la pobreza de extrarradio.

Mis padres y mis hijos (2015)

En este cuento incluido en Siete casas vacías, un hombre separado se reúne en una casa de vacaciones con sus hijos y sus padres ancianos, cuya conducta errática hace pensar en algún tipo de demencia. La situación se desborda: un día, los niños desaparecen junto a sus abuelos. La búsqueda deriva en pánico, hasta que el protagonista acaba encontrando a los abuelos y sus nietos juntos, desnudos y felices, entregados a un juego inocente. Schweblin contrapone aquí el afán de control del mundo adulto a una forma de libertad que asoma en la infancia, pero también en la vejez. La autora dice haberse inspirado en su abuela. “Me acuerdo cuando se puso viejita, a sus 80 y pico, y me decía: ‘Esto es fascinante, todo se me perdona’. Les pedía a los más guapos del supermercado que le alcanzaran cosas de arriba, y mientras agarraban el paquete les hacía cosquillas en las costillas. Todo el mundo se reía. Hay una libertad muy grande, me parece, en la vejez”, dice la autora. Entre la niñez y el final de la vida, quedan solo “pequeños adultos normativos, aplastados por lo que deberíamos ser y hacer”.

Bienvenida a la comunidad (2025)

El cuento con el que arranca El buen mal se abre con una escena extrema: una mujer se ata un yunque de piedras a la cintura y se hunde en un lago con la intención de morir. Cuando fracasa en el intento, regresa a casa, recoge las cartas de despedida que había dejado preparadas y reanuda la rutina junto a su marido y sus hijas, como si nada hubiera pasado. Lo que sigue es el relato de una mujer que, incapaz de reincorporarse a la vida, busca una forma brutal de atarse al mundo haciendo daño y produciendo dolor. Schweblin convierte así una tentativa de suicidio en un relato de supervivencia y condensa el tema central del libro: ese “buen mal” que irrumpe en la vida y la sacude de tal modo que obliga a preguntarse quién quiere ser uno después del golpe. “Cuántas veces vienen a hacernos daño y de pronto eso te despabila y cambia las prioridades de tu vida y te convierte en otra persona, en alguien más fuerte, inteligente y agudo”, explica la autora. “A veces entra el mal y te deja en tal estado de shock que, por primera vez en mucho tiempo, prestás atención”.

El ojo en la garganta (2025)

En este otro cuento incluido en El buen mal, un accidente doméstico marca para siempre la vida de una familia: el hijo, de dos años, se traga una pila botón y el litio le acaba quemando la garganta, obligándolo a vivir desde entonces con una traqueotomía. El centro del relato no es tanto esa lesión irreparable como la herida que abre entre padre e hijo. El progenitor, que estaba a cargo del niño, queda devastado por la culpa, incapaz de acercarse a él con la naturalidad de antes. Todo se articula en torno a un misterio, manifestado en llamadas mudas y en el recuerdo de una extraña desaparición en una estación de servicio (con un nuevo encuentro entre un niño y un adulto desconocido), que solo se resolverá muchos años después. Cuando el padre muere, el hijo se mete los dedos en esa cavidad que lleva en la garganta. “Entonces, si meto un dedo en ese agujero que es mío pero duele en el cuerpo de otro, y hurgo, y empujo, lo que estoy tocando por dentro ¿es a mi padre?”, escribe Schweblin en uno de esos pasajes devastadores que ya son una sana costumbre en su obra.

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