Una mujer de 85 años vestida de novia: la historia de la última y delirante película de Mae West
‘Seis maridos para Marlo’ permanece como una de las peores películas de la historia del cine. Pero 45 años después de la muerte de su protagonista, es también percibida como su último y valiente intento de reivindicarse a sí misma


Mae West (Nueva York, 1893-Los Ángeles, 1980) se retiró a lo grande, protagonizando a los 85 años una gran producción de Hollywood, secundada por un póquer intergeneracional de galanes como Tony Curtis, Timothy Dalton, George Hamilton y Dom DeLuise y rodeada de estrellas del rock como Ringo Starr, Keith Moon o Alice Cooper, a los órdenes de un director de prestigio. Poco importa a estas alturas que Sextette (o Seis maridos para Marlo, como se estrenó en España), película de 1978 y el canto del cisne de una actriz legendaria, fuese una abominación cinematográfica y un negocio ruinoso, una película que costó entre 5 y 8 millones de dólares y recaudó menos de 50.000. De ella dijo EL PAÍS: “Una irrisoria comedia, una antigualla descabellada, perpetrada con la colaboración de primeras figuras del pop. Para llorar más que para reír”.
¿De qué va Seis maridos para Marlo? Resumiendo, de cómo la actriz y sex symbol Marlo Thomas se casa por sexta vez y, justo en el hotel en el que va a celebrar su noche de bodas, hay una reunión de políticos internacionales que van a decidir el destino del mundo. Ver a Mae West a sus 85 años vestida de novia, tirada en la cama o recibiendo continuos halagos y proposiciones de hombres jovencísimos podría ser divertido o extraño, según quien lo mire y con qué actitud. El público, dado el fracaso de la película, no lo vio precisamente con amabilidad.
Lo importante es que West, que había vuelto al cine tras casi 30 años de ausencia para hacer un papel secundario en la también repudiada Myra Breckinridge (1970), optó ya hacia el final de su vida por concederse un último capricho. Abandonó por unos días el ático de 300 metros cuadrados del complejo residencial The Ravenswood en que vivía desde finales de los años 30 y se trasladó con todo su séquito, ya muy menguado a esas alturas, a un set de rodaje para hacer una película.

A Ken Hughes, el hombre que se encargó de dirigirla en esta postrera ventura, la experiencia le resultó traumática. Veinte años después aún sangraba por la herida. En un artículo francamente divertido pero un tanto plañidero publicado en Los Angeles Times, el director británico reivindicaba su trayectoria (“yo dirigí Cromwell, Casino Royale y Chitty Chitty Bang Bang”) y lamentaba que su buen nombre fuese a quedar por siempre asociado a una calamidad del calibre de Sextette.
La tesis de su alegato ante el tribunal del buen gusto es que él hizo lo que pudo, pero aquel era un proyecto imposible, con condicionantes tan severos que ni siquiera Steven Spielberg hubiese sido capaz de resolver la papeleta con un mínimo de solvencia y decoro. Iba a ser una comedia musical protagonizada por una actriz que apenas podía ya cantar y no digamos bailar o moverse por el escenario con una cierta soltura. Casi todos los implicados estaban ahí por amistad, lealtad o adoración incondicional a Mae West, empezando por los dos productores, un par de fans de la diva de poco más de 20 años. Se partía de un texto escrito por la propia actriz en 1959 y que había envejecido bastante mal, pero el guionista, Herbert Baker, lo adaptó de manera demasiado cauta y reverente porque no quería tomarse libertades que pudiesen ofender a la autora.

En resumen, cuando se incorporó al proyecto, Hughes se encontró con toda una constelación disfuncional de planetas orbitando en torno a una estrella trasnochada, empeñados en hacer “una película de Mae West” mucho tiempo después de que West dejase de ser West. Pero lo peor de todo, según argumenta el director, fue lidiar con la propia Mae West, con su decrepitud, su falta de cintura y su nulo sentido de la realidad.
Cómplices necesarios
El primer contacto entre ambos fue, pese a todo, prometedor. Los productores fueron a buscar a Hughes a Londres y lo instalaron en un hotel de lujo a tiro de piedra de la residencia de West en Los Ángeles. Ya habían llegado a un acuerdo con él, pero le dejaron muy claro que era la actriz quien tenía la última palabra sobre si él sería el elegido para dirigir Seis hombres para Marlo. En cuanto los presentaron, West cogió a Hughes del brazo y se lo llevó a almorzar a su restaurante favorito. Pasaron un par de horas “deliciosas” charlando sobre lo divino y lo humano, sin hacer la menor referencia a la película y, de vuelta al despacho de los productores, Mae les dijo: “Vamos a trabajar con el señor Hughes, que es un hombre con talento y todo un caballero”.

El cineasta empezó a inquietase en cuanto arrancaron los ensayos. West dejó claro que los que iban a ensayar eran todos los demás, no ella, que se jactaba de no haberlo hecho “nunca” y en absoluto lo necesitaba, aunque sí se mostró dispuesta a estar presente para que el equipo tuviese la oportunidad de conocerla.
En cuanto se inició el rodaje, un Hughes cada vez más inquieto se dio cuenta de que West, pese a su aparente lucidez y a una salud general encomiable, que le permitía desplazarse sin necesidad de bastón ni silla de ruedas, tenía dificultades para reconocer a las personas que acababan de presentarle y no iba a ser capaz de aprenderse sus líneas de diálogo. Más de cuatro palabras suponían una barrera infranqueable para ella. Incluso tuvo dificultades para pronunciar, por primera vez en el cine, la más emblemática de las frases que ella misma había escrito para el teatro años antes y repetido en múltiples ocasiones: “¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?”.
El problema se hizo evidente en la primera escena que Mae compartió con uno de los secundarios, un intercambio de cuatro frases muy breves. La actriz necesitó 74 tomas, un récord mundial, en opinión de Hughes, “para tratarse de una escena interpretada por un par de profesionales, no de niños ni de animales domésticos”. West, sencillamente, se iba hacia la derecha cuando estaba previsto que fuese hacia la izquierda, tropezaba con una alfombra o con el pie de su partenaire, se equivocaba de réplica o permanecía en silencio cuando le tocaba hablar. Ella, pese a todo se mostró exultante: “Hoy hemos avanzado mucho, ¿no, señor Hughes? ¿Cuántas escenas llevamos ya? Si quiere otra toma, yo estoy dispuesta”.

A partir de ahí, el director optó por encerrarse en la modernísima cabina de sonido del estudio y dar desde allí instrucciones continuas a una Mae West que le escuchaba, mal que bien, a través de un micrófono escondido en su peluca. Pero eso no fue todo. Mae, secundada por sus adláteres, no quiso entender que el personaje de una irresistible seductora (Marlo Manners, una de aquellas mujeres más grande que la vida) capaz de poner a cualquier hombre a sus pies e incluso resolver una crisis internacional invirtiendo en ello una pequeña parte de su inmenso capital erótico, exigía una cierta dosis de ironía cuando quien lo interpretaba era una mujer de 85 años.
Hughes intentó explicárselo, pero ella optó por ignorar sus indicaciones. Sencillamente, se comportó como si aquella fuese una de las películas de Mae West de los años treinta y ella siguiese siendo una sex symbol y no una octogenaria despistada y excéntrica.
Aunque Hughes intentó ocultarle los copiones (las tomas de rodaje diario), ella consiguió que sus adláteres se los mostrasen, y no le gustó nada lo que vio. En especial, no entendía por qué los primeros planos la mostraban como si fuese “una vieja”: “Supongo que no están utilizando ustedes los filtros adecuados”, protestó.
También insistió de manera muy vehemente en que se utilizasen planos de recursos de los intérpretes masculinos (sobre todo Timothy Dalton, que le resultaba especialmente simpático) riendo a carcajadas cada vez que su personaje hacía un comentario ocurrente. Hughes le dijo que aquello era propio de una comedia trasnochada y rancia, nada que ver con el tipo de cine que se hacía a finales de los setenta, pero West fue inflexible: “Se supone que la película debe ser divertida, ¿no? Si queremos que el público se ría, empecemos por reírnos nosotros”.

Más aún, la actriz sufría frecuentes lapsus en los que se perdía por los rincones más insospechados del estudio. Todo el equipo se ponía a buscarla y acababa encontrándola sentada frente a la máquina de café o asomándose al cuarto de las escobas con expresión ausente. Tan delirante y calamitoso resultó el rodaje que Hughes, según explicaba el mismo, acabó renunciando a cualquier pretensión de poner orden. No veía el momento de colgar los bártulos y volver a Londres. Así que dejó a West a su libre albedrío y permitió que ella y sus secuaces se cociesen a conciencia en su propia salsa.
¿Una pena? Según como se mire. West pudo regalarse a sí misma una última película. Apenas se enteró de nada, pero, según la mayoría de los testimonios, se lo pasó en grande. Se despidió de Hughes con una frase amable: “Muchas gracias por entenderme tan bien”.
La felicidad era esto
Según el psicólogo barcelonés Xavier Guix, el secreto de la felicidad consiste en no tener grandes expectativas. Basta con cultivar la amistad, cuidar tu salud y resignarte a una cierta mediocridad acorde con tus preferencias e inclinaciones para ser al menos moderadamente dichoso. Mary Jean West, más conocida como Mae West, intentó ceñirse durante años a la receta vital de Guix. Criada en Brooklyn, hija de una modelo de lencería mediocre recién emigrada de Alemania y de un pésimo boxeador irlandés que acabó ganándose la vida como detective privado, West parecía genéticamente programada para conformarse con muy poco. Pero tenía empuje, talento y carisma, y la vida acabó inclinándola hacia a la ambición y la excelencia.

Con 14 años ya se disfrazaba de hombre, cantaba y bailaba y era la más precoz de las estrellas del vodevil neoyorquino. Con 18 debutaba en Broadway y The New York Times hablaba de ella como la nueva reina de lo grotesco y sutilmente obsceno. Con 30, empezó a escribir, dirigir y producir sus propios espectáculos y cosechó un inesperado éxito con Sex, la más libertina y procaz de las obras de teatro. Un tribunal de Manhattan la condenó por obscenidad y le dio a elegir entre una multa de 100 dólares y diez días de arresto en el penal de Welfare Island. Fiel a su instinto, eligió la prisión, convencida de que iba a ser la mejor campaña de marketing para su obra. Los diez días a la sombra acabarían reduciéndose a ocho por buena conducta. Los dedicó a firmar autógrafos al resto de reclusas, conceder entrevistas y cenar con el alcaide y su esposa.
A los 35, desafió de nuevo a la censura con Diamond Lil, otra inteligente procacidad marca de la casa con la que se fue de gira por la costa este de los Estados Unidos y llegó a representarse en 323 ocasiones. Y por fin, a los 39, en 1932, tras resistirse durante un lustro a los cantos de sirena de Hollywood, debutó en el cine, dando así inicio a una carrera tardía y atípica que tal vez no la hizo del todo feliz, pero sí la convirtió en una de las mujeres más celebres del planeta.
Yo soy esa
West cuenta en sus memorias que viajó a California en clase turista y con el billete de vuelta en el bolsillo. Alguien en Paramount insistió en reclutar a la estrella de Diamond Lil, así que el estudio, por entonces en horas bajas, le ofreció un contrato de seis meses con un sueldo mensual de 5.000 dólares; no una fortuna, pero sí lo suficiente para comprarse “un collar de perlas modesto y un abrigo de piel de armiño”.

Iba a hacer un papel secundario en un melodrama social protagonizado por George Raft, otro smart kid criado en los bajos fondos neoyorquinos. Una vez allí, se encontró con que el suyo era un personaje anodino, sin el menor lustre, y el director, Archie Mayo, no tenía el menor interés en contar con ella. “El problema”, explicó a los productores, “es que vosotros queríais traer de Nueva York a una rubia con grandes tetas y yo soy mucho más que eso. Soy una excelente actriz, una gran dama del teatro, así que si no queréis que vuelva a casa hoy mismo dadme al menos un par de buenas frases con las que pueda trabajar”. Le sugirieron que se las escribiese ella misma y eso es lo que hizo.
La película, Noche tras noche (Night After Night, 1932), fue un éxito gracias sobre todo a West, que inoculó una corrosiva dosis de comedia erótica a lo que pretendía ser una historia de miseria y corrupción moral. Mae se quedó en Hollywood, reclutó a un jovencísimo Cary Grant para su siguiente proyecto, una adaptación libre de Diamond Lil que en España se tituló Lady Lou, nacida para pecar (She Done Him Wrong, 1933) y siguió reajustando al alza sus expectativas vitales.
En 1935 se había convertido ya en la profesional mejor pagada de Estados Unidos tras el magnate de la prensa William Randolph Hearst. Pero el código Hays, ese exhaustivo manual de autocensura corporativa que entró en vigor en Hollywood en 1934, acabó saboteando su rutilante carrera. De repente, la actriz que supo ser Marilyn antes que Marilyn, la musa de erotómanos contumaces como Salvador Dalí, la única estadounidense capaz de competir en capital erótico con Marlene Dietrich, la autora y divulgadora de frases tan memorables como “Solo me gustan dos tipos de hombre, los nacionales y los de importación” o “El sexo es como el póquer, si no tienes una buena pareja, más te vale tener una buena mano” se convirtió, según la prensa moralista, en un atentado contra las buenas costumbres y “veneno para la taquilla”.
West se hartó de jugar al gato y al ratón con los censores. En 1943, tras apenas una década acumulando éxitos contraculturales, dio por concluida su carrera cinematográfica. Se dedicó a lo de siempre, a vivir la vida, cultivar su imagen pública y hacer algo de teatro. Incluso renunció a protagonizar Sunset Boulevard o a irse Italia a trabajar con uno de sus admiradores más ilustres, Federico Fellini.
No necesitaba el cine por mucho que el cine pareciese necesitarla a ella. Y nunca hubiese vuelto a él de no ser por el capricho de senectud que le llevó a hacer otro par de películas, a cuál peor, en la recta final de su vida. Nadie fue a verlas, puede que ni siquiera ella (cuentan que se durmió en su butaca durante la premiere de Seis maridos para Marlo), pero ahí están, porque toda una leyenda del celuloide tuvo a bien derramar en ellas las últimas gotas de su talento.
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