El barcelonés de 18 años que vende tesoros de la dinastía Ming en Instagram: “Lo que te hace anticuario no es tu edad, sino la de tus piezas”
Desde los puestos de Les Encants hasta las subastas de arte, Yann Touvay combina el estudio autodidacta con el dominio de las redes para reivindicar el legado de una civilización que vive a la sombra de los estereotipos
Entre el pollo kung pao y una talla de jade Liangzhu media un abismo de sensibilidad por la cultura china que solo unos pocos llegan a sondear. Yann Touvay forma parte de esa minoría. Antes siquiera de dejar atrás la adolescencia, este barcelonés de 18 años ya discernía entre un jarrón Ming y otro de la era Qing, dinastías y estilos en los que según explica empezó a profundizar casi sin querer, empujado por su fascinación por los minerales. Citrinos, amatistas y lascas de obsidiana que amaba coleccionar desde pequeño y que acabaron despertando su vocación en las tiendas de viejo de Barcelona, donde un día que andaba rebuscando piedras nuevas descubrió una cajita de cloisonné con un dragón chino: convencido de que aquel estallido de color y esmalte debía de valer mucho más de lo que marcaba la etiqueta, decidió comprársela de inmediato. “Pero consultándolo luego en un foro de anticuarios resultó que no tenía demasiado valor. Era una pieza de los años setenta, puro adorno moderno”, recuerda Touvay.
Un chasco que, no obstante, resultó decisivo para su devenir en connoisseur. En aquel foro de internet, veteranos especialistas empezaron a orientarle sobre qué libros leer y cómo identificar correctamente las piezas de arte chino y de otros lugares del este de Asia, clases gratis de una escuela en la que además Touvay acabó compensando aquel primer fracaso con un golpe de suerte: un plato Ming que le ofrecieron por 80 euros y que él vio que presentaba unas características que en los anticuarios de ciudades como Londres se pagaban mucho mejor se convirtió en su primer gran éxito al venderlo por mil euros. Hace unos meses, Touvay cumplió la mayoría de edad y lo celebró abriendo Yann Antiguedades, la tienda online de porcelanas, bronces rituales y joyeros de laca que, mal que le pese a algunos, él defiende que le ha convertido en anticuario. “Lo que te hace anticuario no es tu edad, sino la de las piezas que vendes”, argumenta frente a aquellos que le quitan credibilidad por ser tan joven. “Además, creo que es lógico que sea gente como yo la que se interese por esto. La dinámica de ir comprando piezas para venderlas, de ser curioso y estudiar para ganarse un dinero, me parece algo bastante propio de alguien joven que está empezando”.
Si acaso, él ve una ventaja en haber crecido a la par que unas redes sociales donde cada vez son más las casas de antigüedades y subastas que buscan su sitio. Antes de abrir su tienda, Touvay ya se había hecho un nombre con sus vídeos para Instagram y TikTok, relatando como otros chicos su día a día en primeros planos: en su caso, la busca de tesoros traspapelados en los puestos de Les Encants, sus viajes a los brocantes de Normandía, o sus pugnas en las subastas. Hace poco, también compartió una adquisición fuera de su área de especialidad. La pintura, un paisaje occidental de ejecución algo chusca, generó unas cuantas burlas, pero también un extra de visitas a su perfil. “Se llama ragebait y funcionó”, reconoce, “la verdad es que compré el cuadro solo por eso”. Una picardía que él afirma que no solo le ayuda a que el algoritmo muestre sus piezas a posibles compradores (en su mayoría, “hombres mayores”, describe, como el aristócrata que recientemente le contactó para comprarle platos de porcelana de Cantón) sino también a divulgar el legado de una civilización cuyo abrumador pasado artístico sigue oculto para la mayoría detrás de los estereotipos. “En Barcelona tienes restaurantes de cocina asiáticos en cada esquina, y ahora cada vez hay más supermercados donde venden ese tipo de comida, pero si quieres arte chino no hay casi nada. Mi sueño sería comisariar una exposición en algún museo de aquí que ayude a cambiar eso”.

Las piezas con escenas bíblicas que se producían en Cantón para exportar a Occidente, las de laca de cinabrio, o la porcelana blanca que dieron origen a manufacturas europeas como la de Meissen son joyas que podrían figurar en esa exposición soñada. De momento, las explica a los cerca de 30 mil usuarios que siguen sus vídeos en Instagram, una cifra nada desdeñable para alguien que trata esos temas y que él cree que precisamente puede leerse como un síntoma de que el interés por China ha dejado de agotarse en el arroz tres delicias. “La cultura que viene con la inmigración nos suele llegar primero a través de la comida, pero me parece normal que ese primer contacto luego derive en un interés por su arte”, razona Touvay. “También creo que tiene que ver con que la gente se está cansando de rodearse de objetos industriales cada vez más idénticos. Las antigüedades tienen alma”.
Y al fin y al cabo, China conquistó a Occidente por los ojos antes que por el estómago. Ya desde el siglo XVI, y con especial furor durante el XVIII, los galeones y fragatas de las Compañías de las Indias Orientales cargaban sus bodegas no solo de té sino con suntuosos adornos que se convirtieron en el objeto de deseo de las élites europeas, un comercio que dejó huella en colecciones como la de Patrimonio Nacional (ahí están los tibores del comedor de gala del Palacio Real para demostrarlo) y que testimoniaba una gran admiración por la China imperial. Sin embargo, aquel intercambio terminó en colisión. Como explica el historiador Stephen Platt en El crepúsculo imperial, las tensiones comerciales entre las potencias occidentales y la china terminaron estallando en las Guerras del Opio, un conflicto que marcó el inicio de lo que la China comunista llamaría el “siglo de la humillación” y durante el que la maestría artesanal de ese país iría decayendo.

Derrotado el Pekín de los emperadores, el mundo occidental fue olvidando el refinamiento de las lacas y el jade para acabar asimilando un nuevo “made in China” de producción en masa y poca calidad, un estigma que, sin embargo, ha empezado a revertirse a medida que el dragón asiático ha ido recuperando su poderío. “Ahora son los propios chinos quienes quieren recuperar su patrimonio y el coleccionismo allí ha estallado, aunque es un mercado con sus propios canales y unos códigos que lo hacen muy difícil de cubrir”, explica Touvay, quien ve casi imposible satisfacer esa demanda incluso sabiendo chino como él. “Además el coleccionismo occidental de arte chino siempre ha sido diferente del local. Las figuras de terracota, por ejemplo. Aquí gustan bastante, pero en China tradicionalmente han generado recelo porque eran las que se enterraban con los muertos para que los acompañasen en la otra vida. Lo alucinante es que cuando las falsifican utilizan ladrillos de tumbas milenarias de verdad, son así de minuciosos”.

Las monedas históricas y los collares de piedras como el ámbar son algunas de las piezas que según Yann Touvay prefieren esos coleccionistas chinos locales. El gusto occidental se sigue decantando por las porcelanas, y para los anticuarios como él sigue sin haber ninguna tan exquisita como las que se fabricaban para la corte imperial. “El emperador se quedaba con la mejor y todas las demás de la serie se rompían. Ahora hasta los pedazos de esas piezas que se descartaban y enterraban rotas se consideran tesoros”, explica Touvay.
Últimamente, también se demandan mucho los objetos de plata china, aunque él no tiene claro si será por lo mucho que se ha disparado últimamente el precio de este material o por la simple razón de que la gente ya no vive en casas tan espaciosas como para tener jarrones chinos, ironiza. Como anticuario, él le ve un futuro más prometedor a los proyectos de interiorismo de restaurantes chinos de alta gama como el que abrió el año pasado la firma Prada en Shanghai, y en los que de seguir en auge espera acabar colocando algunas de sus antigüedades. Pollo kung pao sobre porcelana fina.
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