Todos los secretos de la millonaria venta de la colección Gunzburg, la subasta de diseño que puede hacer historia
Los 125 lotes que saldrán a la venta el próximo 22 de abril en Nueva York prueban que las piezas de mobiliario de Ruhlmann y otros grandes nombres de las artes decorativas ya compiten de tú a tú con cuadros y esculturas de Picasso, Paul Klee o Richard Serra

Cuando Terry y Jean de Gunzburg cruzaron por primera vez el umbral de su apartamento del Upper East Side neoyorquino, no fue la silueta de los rascacielos tras las ventanas lo que captó su mirada. Fue el suelo. Un parquet antiguo inspirado en el de Versalles que parecía haber sido trasladado pieza a pieza desde un hôtel particulier del Faubourg Saint-Germain y que sirvió de punto de partida para que el interiorista francés Jacques Grange, arquitecto de los sueños de la alta sociedad parisina, hiciera realidad el hogar que sus propietarios tenían en mente. “Nueva York por fuera, París por dentro”, lo describía hace poco la propia Terry de Gunzburg, fundadora de la firma de cosméticos By Terry, y su marido, el aristócrata y biólogo molecular Jean de Gunzburg.

Sobre aquella preciosa cuadrícula de madera, la primera decisión de Grange consistió en desplegar una alfombra de Émile-Jacques Ruhlmann, el gran maestro del art déco. Fue la pieza fundacional de una colección que ahora, más de veinte años después, protagoniza una subasta que promete hacer historia en el mercado: compuesta por ese y otros cerca de 125 lotes, la venta de la colección Gunzburg está llamada a convertirse en la subasta de diseño de un mismo dueño más valiosa de toda la historia de Sotheby’s y a constatar que las piezas de mobiliario de Ruhlmann y otros grandes nombres de las artes decorativas ya compiten de tú a tú con los cuadros y esculturas de Picasso, Paul Klee o Richard Serra.
“El arte que hay colgado de estas paredes no procede de mis pintalabios”, zanjaba la propia Terry de Gunzburg al Financial Times respecto a las obras artísticas incluidas en la subasta.

La empresaria trataba así de desvincular la adquisición de estos tesoros de la fortuna amasada con sus cosméticos y de recordar que, al fin y al cabo, su marido procede de una familia de la aristocracia europea con una larga tradición en el coleccionismo. No obstante, lo cierto es que su carrera en el mundo de la belleza es vital para entender el espíritu de esta colección. No es solo que hace años decidiera adquirir una obra de Rothko (el hipnótico Untitled/Black on Purple, estimado en unos 15 millones de dólares en la venta de arte que se celebrará aparte de la de diseño) por la simple razón de que la paleta cromática del cuadro combinaba con el packaging de su marca. Antes de crear en 1998 su propio imperio cosmético, la fundadora de By Terry trabajó con Yves Saint Laurent como directora creativa de la línea de belleza de la maison (el icónico iluminador Touche Éclat de YSL Beauty fue idea suya) y pudo respirar la extrema sensibilidad de este modista en el 55 de la rue de Babylone, su residencia parisiense, donde fue testigo de cómo Saint Laurent y su socio y pareja, Pierre Bergé, construían un universo en el que la decoración de una casa no era entendida como un mero catálogo de tendencias, sino como una composición de volúmenes y texturas que exigía el mismo rigor de un vestido de alta costura.
Allí, esta empresaria observó cómo ese refinamiento de sus jefes se traducía en muebles como el que le encargaron en 1974 a Claude Lalanne: una suite de 15 espejos monumentales para el salón de música que esta escultora francesa tardó una década en completar y que ahora Florent Jeanniard, responsable del departamento de Diseño en Sotheby’s, describe como el lote más espectacular de la subasta que va a celebrarse en Nueva York el próximo 22 de abril.

Decorados con ramas y hojas de árbol en bronce, los Gunzburg los adquirieron por algo menos de dos millones de euros durante la histórica venta de la colección Saint Laurent-Bergé en 2009, aunque, como han explicado, nunca llegaron a encontrar el rincón adecuado donde colgarlos en ninguna de sus casas. Sotheby’s ha estimado el conjunto en un precio de salida de entre 10 y 15 millones de dólares, una cifra que se antoja casi conservadora a la vista del creciente apetito por las fantasiosas obras de los Lalanne. El año pasado, un solo espejo de Claude Lalanne alcanzó los 3,5 millones de libras en la venta de la colección de la mecenas británica Pauline Karpidas, mientras que poco después un mueble bar con forma de hipopótamo del marido y colaborador de la artista, François-Xavier Lalanne, superó los 31 millones de dólares convirtiéndose en la pieza de diseño del siglo XX más cara jamás subastada.
“El mercado del diseño vive un momento de récords sucesivos. Existe una demanda global y sólida por este tipo de piezas excepcionales frente a una oferta muy limitada, lo que naturalmente hace que los precios suban”, explica Florent Jeanniard por correo electrónico. “Que estas ventas alcancen niveles propios del arte contemporáneo es todavía la excepción y no la regla... pero quién sabe qué nos depara el futuro”.

El mobiliario del periodo art déco fue otro de los caprichos que Saint Laurent y Bergé pusieron de moda al empezar a coleccionarlo y que explica la expectación que ha generado esta subasta. Además de la referida alfombra y otros diseños de Ruhlmann, la colección de los Gunzburg incluye a otras figuras de esa época tan notables y cotizados como Jean Dunand, autor de varios jarrones y un par de sillones valorados entre 150.000 y 200.000 dólares; André Groult, cuyo armario de 1926 podría superar los 800.000; o Jean Royère, de quien entre otros muebles se venden dos aparadores de fresno, nogal y ébano estimados en hasta un millón de dólares. El catálogo incluye asimismo a Eugène Printz, otro de los reyes del art déco: uno de sus aparadores se ha puesto a la venta con una estimación de hasta 500.000 dólares, pero en esta misma cifra valoró en 2019 Christie’s otro de sus muebles y al final acabó rompiendo todos los récords al superar los 5 millones.
Aunque la mayoría de estos lotes procede del apartamento neoyorquino del matrimonio, la subasta también reúne objetos de otras casas como la que tienen en Londres. En todas ellas se mezclan distintas épocas y lenguajes, un mix vibrante que actualiza el refinamiento clásico de Yves Saint Laurent y Pierre Bergé y lo sitúa en una dimensión más contemporánea en la que la alfombra de Ruhlmann sigue funcionando como la piedra angular: extendida en el salón de los Gunzburg, su diseño radiante de bandas en rosa y púrpura no solo hace un juego visual perfecto con unas butacas moradas de Jean-Michel Frank, sino que sirve de base para un repertorio donde una de las pinturas con mariposas de Damien Hirst cuelga junto a un jarrón azul de Alberto Giacometti que perteneció a Karl Lagerfeld o una escultura abstracta en amarillo de Georg Baselitz.

“Jean y Terry de Gunzburg adquirieron estas piezas con un gusto y una curiosidad poco comunes. La noción de riesgo nunca los frenó, y gracias a eso fueron capaces de reconocer la fuerza y singularidad de las obras mucho antes de que el mercado las celebrara”, destaca Florent Jeanniard. “Siempre compraron lo que amaban, con una sinceridad que no buscaba la aprobación ni el reconocimiento inmediato, y la historia al final les ha dado la razón”.
Para mantener la sensación de colección vivida, el propio Jacques Grange se ha encargado de supervisar la exposición de los lotes que Sotheby’s va a celebrar antes de la venta en su sede del Edificio Breuer de Nueva York: la última oportunidad de verla reunida antes de que el martillo de la subasta caiga y disperse, mueble a mueble, ese pequeño París que los Gunzburg construyeron sobre su viejo parqué.
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