Emmanuel Carvajal, el artista que ha llenado de color su piso de alquiler: “Ojalá todo fuese tan fácil como pintar una pared”
El creador mexicano afincado en Madrid, que se hizo popular gracias a sus imágenes urbanas coloreadas con Photoshop, ha dado el paso al muralismo y la intervención de espacios urbanos

En España, una de cada cuatro personas vive de alquiler. Y, cuando la casa no es del todo tuya, el verbo habitar se impone al de vivir. Muchos caseros y sus inquilinos lo resuelven con interiores impecables pero asépticos: muebles de catálogo, paredes blancas y ninguna huella personal. Para Emmanuel Carvajal (México, 32 años), esa neutralidad es casi una renuncia a uno mismo. “La gente cree que cuantas menos cosas hagas, cuanto menos menos modifiques, mejor. Pero un hogar se hace con las cosas que te gustan, no importa cuándo te vayas”. Su piso en el centro de Madrid —90 metros cuadrados convertidos en laboratorio cromático— es, dice, “un autorretrato”.
Las paredes de color rosa y morado, combinadas con marcos amarillos, dan la bienvenida al experimento maximalista del muralista mexicano. La cocina, pequeña y con azulejos que con los años han amarilleado, dialoga inesperadamente bien con el verde lima con el que Carvajal ha pintado las paredes. El salón se abre con dos ventanales gigantes hacia una de las arterias principales del centro de Madrid. Allá donde se mire hay color, plantas y objetos que parecen flotar en un ecosistema propio. Entre óleos, impresiones de sus intervenciones digitales y lámparas de siluetas caprichosas, el artista reivindica el acto de apropiarse del espacio. “Los sitios están destinados a vivir en ellos. Y vivir, para mí, es decidir: llenar los espacios con colores, vivir en un lugar con vida”, explica.
Esa pulsión nace de una biografía llena de mudanzas, de habitar sitios que no eran suyos. “Cuando era niño me movía de una casa a otra: de mis padres a mis abuelos, luego con unos tíos, luego con otra tía… Y en Ciudad de México pasó igual: lugares en los que estaba, pero en los que nunca viví de verdad”. Su primer lenguaje para apropiarse de los sitios fue la fotografía: sesiones en su ciudad natal, San Luis Potosí, y, en un viaje a Cartagena (Colombia), una imagen que se volvió viral antes de que existiera lo viral. La cual se puede ver todavía hoy en la cuenta oficial de Instagram, que en 2016 compartió esta imagen, que muestra a cinco palenqueras frente a la Torre del Reloj, sobre un suelo multicolor que él había intervenido intuitivamente con Photoshop.

De esta intervención salieron muchas más. “Al principio pasaba hasta un mes editando, pero era adictivo, me encantaba ver lugares grises y pensar ‘Esto está súper pintable’, al menos en Photoshop”, relata. Antes de afirmarse como artista, Carvajal nunca había tocado una brocha. No fue hasta la pandemia, en 2020, cuando se atrevió a pintar una pared de rosa de su piso alquilado en la capital mexicana. Después, otra azul. Luego, los armarios. “De repente todo el piso era un estallido de color. Fue una manera muy loca —y necesaria— de reinventarme.”
Aquella noche de inspiración sería el germen de todo. “El color siempre me encontraba”, recuerda. Su primera gran colaboración llegó con El Hotel del Ganzo, en San José del Cabo. “Había ido antes de la pandemia y me obsesionó. Cuando me llamaron para intervenir, no lo podía creer. Ya había rechazado cosas así porque pensaba: ‘Yo no soy artista’. Pero acepté. Fue como mi bautizo.” Azul, amarillo, naranja y rosa para un pasillo, una habitación y parte de la fachada. Y desde ese momento, a finales de 2020, no ha dejado de pintar.

Después de tres pisos intervenidos en México y múltiples colaboraciones, decidió que era momento de algo más y llegó el salto: Madrid. Aterrizó en octubre de 2022 para estudiar un máster en Diseño de Interiores, nada parecido a lo que había hecho antes. “Madrid te hace replantearte quién eres y qué es lo que quieres, es una ciudad que te hace trabajar mucho en ti”, reflexiona. Y también lo situó frente a una estética que poco tenía que ver con la suya. “Aquí todo es muy sobrio, muy mid-century. Yo soy lo contrario. Ahí entendí que el color también es una forma de defender y contar mi historia.”
Durante la entrevista, Carvajal viste pantalón con estampado de vaca, camiseta roja y abrigo rosa mexicano. En las manos, anillos de plata, resina y lo que encuentre en el camino. “A la gente le da miedo ser llamativa. Creemos que el color es infantil. Ya no nos atrevemos a narrarnos en voz alta. Yo ya no tengo miedo”, expone.

Lo que algunos llamarían excentricidad, él lo entiende como una forma de estar en el mundo. Esa identidad lo ha llevado a colaborar con revistas como Vogue y Vanity Fair, a impartir cursos en Domestika y a trabajar con la Comunidad de Madrid en intervenciones públicas como una exposición en el Centro Comercial Príncipe Pío o su participación como retratista en el programa Arte Vivo en la plaza.
El pintor y muralista confía en el regreso del maximalismo al arte contemporáneo. “No se trata de saturar, sino de narrar. Vivimos una etapa muy gris, muy uniforme. Pero hay gente abriendo espacios para expresarse fuera de esos cánones estéticos. Y mientras tanto, yo sigo pintando.” En su piso, el pasillo naranja y amarillo conduce a una hilera de óleos —su nueva obsesión— y, antes de salir, un espejo multicolor que devuelve a la pregunta inevitable.

—¿Y qué te dice tu casero de todos los colores?
—Nada. Cuando te vas, dejas todo como estaba y listo. Ojalá todo en la vida fuera tan fácil como pintar una pared.
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