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La hija de David Bowie e Iman cuenta su dura historia: una adolescencia marcada por las drogas y los tratamientos psiquiátricos lejos de su familia

Lexi, única hija en común del matrimonio, ha compartido un vídeo de 20 minutos en su Instagram en el que relata los capítulos de una vida marcada por la fama de sus padres. “La gente proyectaba en mí expectativas que no entendía, comparaciones que jamás podría cumplir”, afirma

Iman Bowie y David Bowie en la fiesta La Mode en París en los noventa. Foc Kan (WireImage)

El nombre de Alexandria Zahra Jones no es habitual en los medios de comunicación. Y tampoco lo es el de Lexi, como la llama su entorno más cercano de manera cariñosa. Ella es la única hija de una de las parejas más populares de la década de los noventa: la formada por David Bowie y la supermodelo Iman. Toda su vida ha estado marcada por la discreción, nunca ha estado expuesta públicamente y ha crecido alejada del foco. Ahora tiene 25 años y ha decidido dar un paso al frente para contar su verdad y cómo fue en realidad su adolescencia marcada por las drogas, los excesos y los tratamientos psiquiátricos lejos de su familia.

El pasado jueves la artista relató en un vídeo publicado en su Instagram —donde acumula 231.000 seguidores— su historia, que unos días después se ha viralizado. “Algunos me conocen por escribir mucho. Otros por componer música a veces. Algunos me conocen personalmente. Algunos me conocen por todas las anteriores. Pero hay una parte de mí que la mayoría desconoce. Un conjunto de experiencias que moldearon casi todo lo que soy”, comienza el vídeo que acumula 15.300 Me gusta y que tiene una duración de 20 minutos —a cámara rápida—. “Pasé mucho tiempo preguntándome si yo era el problema o si el verdadero problema reside en cómo el mundo responde al dolor. Eso es problemático. El dolor fue lo que me llevó a tratamiento más de una vez. En esos lugares conocí a personas que me cambiaron”, continúa.

Lexi lamenta que toda su vida haya estado marcada por quiénes son sus padres, aunque ella creció en un entorno “normal”. “La gente asume que eso significa tener una infancia perfecta, protegida y mágica, y partes de ella lo fueron. Me amaron, me cuidaron, tuve oportunidades que la mayoría de la gente nunca tiene, y estoy sinceramente agradecida por eso y siempre lo estaré. Pero lo que la gente no entiende es que ser extraordinario no significa que la vida sea emocionalmente simple”, añade.

Con los años, explica, se dio cuenta de que los adultos la trataban de manera diferente: “Desde muy temprano empecé a sentir que existía como una idea, no como Lexi la persona. Era Lexi la ‘hija de’. La gente proyectaba constantemente en mí expectativas que no entendía, comparaciones que jamás podría cumplir. No sentía que tuviera que descubrir quién era. Sentía que ya estaba definida antes de tener la oportunidad de descubrirlo”. Reconoce que hubo personas que se acercaban a ella por interés, algo que afectó en su forma de relacionarse con el resto: “Me costaba entender cómo se suponía que debía ser una relación verdadera. Eso afecta tu seguridad y empiezas a cuestionar cada interacción, cada gesto de amabilidad y cada amistad”.

Este episodio sucedió cuando ella no había cumplido ni los 12 años. “Pensaba que mi dolor significaba que algo andaba mal conmigo, que estaba rota y que no merecía sentirme así”, subraya. Solo quería ser una niña más, como el resto de sus compañeros de colegio, pero empezó a tener miedo de la gente: “No quería fama, no quería atención, no quería ser una persona pública y sigo sin quererlo. Ser el centro de atención nunca fue muy objetivo. Estaba emocionalmente agotada desde muy joven y no entendía por qué”.

A partir de entonces, su salud mental empezó a “desmoronarse”: “Fue el resultado de años de confusión con mi identidad, las expectativas y la sensación de ser observada pero no comprendida. Ese era mi estado antes de que todo sucediera y que todo el mundo supiera que algo estaba mal”. A los 10 ya iba a terapia. A los 11 empezó a autolesionarse: “No sabía por qué me sentía así, solo que era miserable, estúpida, incompetente, indigna, inútil e indigna de ser amada. Y tener padres exitosos solo lo empeoraba. No podía entender cómo prosperaban en todos los aspectos y yo fracasaba en todo”, recuerda en un vídeo en el que mira a cámara. Fue entonces cuando también sufrió su primer ataque de ansiedad, empezó a sentirse deprimida y las cosas en el colegio tampoco iban bien: “Desarrollé bulimia con 12 años”.

Pero las cosas para ella y su entorno no dejaban de empeorar: “Cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer [de hígado], yo estaba al borde del colapso. Apenas tenía 14 años. Fue entonces cuando recurrí a las drogas y al alcohol. Todos a mi alrededor experimentaban, pero para mí no se trataba de diversión”. Y continúa: “No estaba experimentando, estaba escapando de mi mente. Cuando la fiesta terminó para todos los demás, seguí adelante y bebía y me drogaba sola. Me sentía libre, pero hice todo lo que suponía que no debía hacer”. Las sustancias solo consiguieron que la tensión continuase escalando: “Mi consumo empeoró, convirtiéndome en una persona que arremetía violentamente. Era cruel con quienes no me trataban como yo quería. Una parte de mí sentía que intentaba compensar todas las veces que me sentí como un felpudo”.

Todo cambió para ella una mañana cualquiera: “Ya me había preparado para ir al colegio. Mi madre me llamó desde el salón. Estaban papá, mamá y mi madrina de pie. Parecía una intervención y, en cierto modo, lo fue. Mi padre leyó una carta que había escrito. No recuerdo bien qué decía, pero sí recuerdo la última frase: ‘Lo siento, tenemos que hacer esto”. Después, unos hombres entraron en su casa con la intención de llevársela por “las buenas o por las malas”: “Sentí que me habían quitado el derecho a seguir con mi vida. Me subieron a una camioneta negra y me metieron dentro a empujones”. En ese momento comenzaría una nueva vida, alejada de su familia y haciendo frente a su propia historia en soledad.

Ingresó en un programa terapéutico en la naturaleza, donde estuvo tres meses: “Solo nos podíamos comunicar con el exterior a través de cartas una vez a la semana”. Define la experiencia como “deshumanizadora”: se duchaban una vez a la semana, no había espejos y tampoco televisión. “No elegí estar allí. Puede que necesitáramos ayuda, pero ese no era lugar para niñas como nosotras. No fui abusada físicamente, pero sufrí manipulación mental y emocional. Es algo que nunca olvidaré y no puedo fingir que no ocurrió”.

Cuando acabó ese programa de 90 días, la llevaron a otro centro en el que estuvo 13 meses. “Tenía seguridad todo el día vigilándome. Después de besar a una chica, me mandaron de nuevo a una zona de seguridad donde no podía hablar con nadie. La terapia fue intensa y dolorosa, y no estaba preparada”. A cientos de kilómetros de distancia, Bowie estaba cada vez más enfermo. “Mi padre murió. No estuve ahí. Tuve el privilegio de hablar con él dos días antes, en su cumpleaños; le dije que le quería y él me lo dijo a mí”, recuerda en el vídeo. Lo que más le dolió es no poder despedirse de él y los titulares de los medios de comunicación que aseguraban que toda la familia estaba dándole el último adiós: “Toda la familia estaba ahí, menos yo. A veces tengo esos momentos en los que deseo que las cosas hubiesen sido diferentes”.

A los 16 años regresó a casa, pero con una serie de normas que debía cumplir: “No sabía ni quién era ni qué quería. Empecé a vivir la vida de manera rápida para recuperar los años que había perdido”. Volvió a un nuevo programa de terapia. “Tenía que adaptarme a un lugar en el que no quería estar. Pasé por muchas cosas que los niños no tendrían que atravesar. No es solo una historia de trauma, es una historia de cómo el poder te cambia. Me siento orgullosa de lo lejos que he llegado”, concluye, reconociendo que así es ahora por haber ido a “tratamiento tantas veces”. Ahora Lexi tiene un disco publicado, Xandri, y también se dedica a la pintura e ilustración.

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