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Diez años sin David Bowie: historia del disco que publicó dos días antes de morir

‘Blackstar’, el último álbum del artista inglés, sigue admitiendo nuevas interpretaciones y lecturas en su décimo aniversario

Todos sabemos que nos vamos a morir, mal que nos pese, pero solo los genios pueden convertir la inapelable despedida de este mundo en una obra de arte. David Bowie era muy consciente durante la elaboración de Blackstar, en la primera mitad de 2015, de que su tiempo en el reino de los vivos se agotaba, así que se conjuró para que esa postrera muestra de su talento se convirtiera en un trabajo quintaesencial. Una despedida que, lejos de incurrir en la melancolía, miraba hacia un futuro ya inalcanzable para su firmante: el vigésimo sexto y definitivo álbum en estudio de David Robert Jones es uno de los más innovadores y rupturistas de su medio siglo de carrera, un colosal rompecabezas de 42 minutos que incluso hoy, justo una década después del fallecimiento del cantante (murió el 10 de enero de 2016), es objeto de análisis y debates apasionados entre los bowieólogos de medio mundo.

Bowie supo convertir la inminencia de su óbito en material creativo de primera magnitud. El diagnóstico de cáncer de hígado se le había comunicado a mediados de 2014 pero, lejos de sumirle en la desesperación, le espoleó para preparar una despedida a la altura de su leyenda. Solo una persona tenía noticias de la enfermedad en los estudios Magic Shop de Nueva York, donde las sesiones de Blackstar arrancaron el 7 de enero de 2015 en completo secreto, y no sin que antes todos los participantes hubieran rubricado cláusulas de confidencialidad. Lo refrenda el mismo Tony Visconti, coproductor del álbum y uno de los más fieles aliados de Bowie durante toda su carrera, en el libreto de I Can’t Give Everything Away, la reciente y monumental caja de 13 cedés que reúne todas las grabaciones del artista londinense a lo largo del siglo XXI. “David me telefoneó para que charlásemos la víspera del comienzo de las grabaciones. Tan pronto llegó, me comunicó la peor noticia que habría querido oír. Me quedé en shock, pero él se esforzó por consolarme. Estaba muy enfermo”.

Asombra reconstruir, ya con toda la perspectiva, esta pirueta final y majestuosa en la trayectoria de uno de los músicos populares más influyentes de la última centuria. Blackstar vio la luz el 8 de enero de 2016, coincidiendo con el 69 cumpleaños de su autor. Bowie falleció en su casa neoyorquina de Lafayette Street solo dos días más tarde. Por increíble que parezca, y aunque el álbum y sus vídeos promocionales estaban trufados de referencias al último adiós, nadie supo interpretar el jeroglífico a lo largo de aquellas 48 horas. Neil McCornick, crítico del diario The Telegraph, publicó aquel mismo 8 de enero un extenso y soberbio análisis sobre el trabajo, pero admitía: “Si buscamos pistas en su música, nos vemos enfrentados a lo inescrutable”. Y la frase final resulta aún más elocuente sobre la pasmosa capacidad de David Jones para convertir su canto del cisne en un ejercicio cabalístico: “Como un Lázaro moderno del pop, Bowie se encuentra bien y de regreso del más allá”.

Tuvo que llegar aquel fatídico domingo 10 de enero para que comprendiésemos Blackstar en su verdadera y metafísica dimensión. Ahora cuesta creer que no anduviéramos más avispados. El extraordinario tema central, 10 minutos que figuran entre lo mejor de su carrera (que ya es decir), se divulgó como adelanto en noviembre e incluía, en tono de plegaria lastimera, estrofas como: “Algo sucedió el día de su muerte. / El espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado. / Otro ocupó su lugar y gritó con valentía: soy una estrella negra”. Lazarus, que además daba título a la obra que Bowie preparaba en el off-Broadway, y a cuyos ensayos ya no pudo asistir por su frágil salud, le mostraba en el videoclip con los ojos vendados y era todavía más explícita: “Mira aquí arriba, estoy en el cielo y tengo cicatrices que no se ven”. Y Dollar Days, la composición más tardía, encerraba un juego tétrico en su estribillo: Bowie parecía decir “I’m dying to…” (“Me muero por…”), pero la pronunciación es casi idéntica a “I’m dying too”. O, lo que es lo mismo: “Yo también me estoy muriendo”.

Una vez conocido el contexto, es imposible no estremecerse ante el componente elegiaco de Blackstar, un desasosiego que puede resultar incluso incómodo para los más devotos. Marc Ros, líder y compositor de Sidonie, amante de Bowie hasta los tuétanos, adquirió con puntualidad su ejemplar del álbum en aquel enero funesto y sigue desde entonces sin desprecintarlo. “No he sido capaz de ponérmelo, me produce una pena inmensa escuchar su despedida musical”, se sincera. Lo guarda perfectamente archivado en su estantería, pero se ha convertido en un tabú personal: “Ahora mismo estoy viendo su lomo negro, justo a la derecha de The Next Day [2013], el disco anterior, y de momento ahí se quedará”. Y no parece que vaya a reconsiderar su actitud en el corto plazo: “Muchos amigos y críticos musicales me han dicho que es muy bueno. No me cabe ninguna duda. Pero siempre quedará un nuevo disco de Bowie por escuchar, y ese es Blackstar para mí”.

El cantautor barcelonés Litus, que materializó alguna versión memorable del Duque Blanco cuando se encontraba al frente de la banda televisiva de Andreu Buenafuente, admite esa dimensión dolorosa, pero lo abre a otras percepciones y lecturas. “La primera sensación es de oscuridad, sin duda, porque a David se le nota muy consciente de que se le acaba el tiempo. Pero no es un disco triste”, matiza, “sino enigmático y sereno, haciendo buena hasta el final su leyenda de camaleón. Y a nivel musical, está compuesto desde la libertad más absoluta. No es ni antiguo ni moderno, sino atemporal. Casi cuántico”.

El sonido fue, ciertamente, una de las principales obsesiones de Bowie a la hora de abordar este último acto. Empeñado ante todo en que Blackstar no fuese un disco de rock, el artista y su inseparable Visconti acertaron a despejar la ecuación cuando la compositora Maria Schneider les recomendó a un saxofonista de la escena neoyorquina, Donny McCaslin, cuya presencia acabaría siendo preeminente y fundamental en todo el nuevo álbum. Bowie quiso conocerlo sobre los escenarios, acudió a un concierto de su cuarteto e, impresionado por el carácter innovador y libérrimo de la banda, decidió contratarla al completo e incorporar así al batería Mark Giuliana, el bajista Tim Lefebvre y el teclista Jason Lindner. Así se las gastaba David, capaz de innovar y desarrollar nuevas ideas sin red de seguridad hasta el compás final en el pentagrama.

Esa capacidad para los “continuos cambios de timón” es justo lo que más sigue asombrando a Eva Amaral y Juan Aguirre, las dos mitades de Amaral, que nunca han ocultado su veneración por el autor de Life on Mars y del que grabaron una célebre versión en castellano de Heroes. “Blackstar era imprevisible y diferente”, reflexionan, “un trabajo atmosférico, intenso y asfixiante, pero a la vez hermoso, que no se parece a nada de lo que había hecho antes”. Les sigue costando elegirlo a la hora de desenfundar un disco de su ídolo, “porque es inevitable escucharlo con tristeza”, pero la efeméride les ha animado a regresar a esta suerte de réquiem posmoderno en primera persona. “Lo vamos a retomar en algún próximo viaje”, prometen.

En efecto, Blackstar no es el disco más sencillo, instantáneo ni difundido en la apabullante discografía del genio londinense, pero puede que sí el más trascendental. En todas sus acepciones. Coincidiendo con estos 10 años desde su partida, en estos días escucharemos muchas alusiones a otros trabajos enormes, desde Ziggy Stardust a Hunky Dory, Ashes to Ashes, Station to Station (que celebra su quincuagésimo aniversario), Heathen o la llamada “trilogía berlinesa” (Low, Heroes, Lodger). Pero pocos admiten tantas y tan complementarias lecturas sobre un creador en permanente idilio con el enigma.

Lo certifica una muy reciente biografía de Alexander Larman, Lazarus: The Secong Coming of David Bowie (aún sin versión en castellano), que cubre los últimos 25 años del artista, desde una gira en noviembre de 1991 con su fracasada banda Tin Machine, e intenta desentrañar todos sus (prolongadísimos) silencios desde que en junio de 2004 sufrió una obstrucción coronaria ante la que tuvo que afrontar una operación a vida o muerte. Siempre tan premonitorio, su disco de 2003, Reality, partía de un verso hermoso e inquietante: “Nunca miré la realidad por encima del hombro”. Y siempre comprometido con su obra, quiso que I Can’t Give Everything Away, el bellísimo último tema de su último elepé, refrendara que nunca podremos abarcar su legado. “No puedo darlo todo. No puedo revelarlo todo”, nos avisó. El adiós como una de las bellas artes.

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