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La filantropía anónima es historia: de Jeff Bezos y Lauren Sánchez al matrimonio Tang, los nuevos ‘royals’ de los donativos

En un giro narcisista de los acontecimientos, los benefactores de la sociedad ahora quieren que todos sepan que son tan poderosos como generosos, asociando sus nombres al de instituciones de relevancia cultural a cambio de dinero

Lauren Sánchez, Jeff Bezos y Anna Wintour

Seis millones de dólares podrán comprar muchas cosas, pero no garantizan hueco en el panteón de la inmortalidad. El montante, céntimo arriba, céntimo abajo, es lo que les tocaría desembolsar a Jeff Bezos y Lauren Sánchez en calidad de valedores estelares de la próxima gala del Instituto del Traje del Museo Metropolitano de Nueva York, a celebrar el primer lunes de mayo de 2026. Seis millones de dólares (unos 5,2 millones de euros) que suenan a propina al lado de los 125 millones donados por el financiero Oscar L. Tang y su esposa, Agnes Hsu-Tang, para renovar el ala dedicada al arte moderno y contemporáneo de la misma institución. Cinco plantas repartidas en 123.000 metros cuadrados reimaginados por la arquitecta mexicana Frida Escobedo —la primera mujer que mete mano en el diseño del Met en su siglo y medio largo de historia— que doblarán el espacio expositivo y que, cuando se inauguren en 2030, dejarán el nombre de sus principales benefactores grabados en piedra ad aeternum: The Tang Wing, el ala de los Tang. De momento, así es como se vive para siempre. Si eres rico, al menos.

“Dinero, recuerda mi nombre”, debería reescribirse el estribillo de la vieja canción. Porque la fama, amante pasajera, termina perdiéndose invariablemente en el tiempo. Ahora mismo, todo son titulares a propósito del hito que supone que un tecnócrata advenedizo decida a quién invitar —o no— al magno acontecimiento anual de la moda, pero casi nadie parece acordarse de que Bezos esponsorizó la gala del Met en 2012 por la gracia de Amazon, ejerciendo entonces de presidente honorario a título personal. Las multinacionales tecnológicas, además, hace tiempo que tienen sitio de honor a la mesa de Anna Wintour, recaudadora oficial del Instituto del Traje desde 1995, junto a los primeros espadas del lujo: Yahoo, Apple, Instagram (propiedad de Meta) y TikTok han desplegado sus chequeras a tal efecto en la última década.

Más allá de las supuestas intenciones de la tecnocasta actual por ganar autoridad/relevancia apuntándose a cualquier bombardeo cultural —incluido el de la moda como indiscutible espectáculo de masas de nuestros días—, la cuestión tampoco parece tener pérdida: no contentos con controlar la parte del león de la riqueza mundial, ese 1,1% milmillonario de la población anda empeñado en trascender su existencia y prolongar su memoria mucho después de la muerte. Antes que filantropía, sus cacareados alardes de beneficencia no serían sino pagos interesados para comprar la inmortalidad.

La eternidad como prerrogativa del mérito, el logro excepcional o la entrega a la comunidad ya no aplican en la sociedad de Elon Musk y compañía. “Hasta mediados de los noventa, los donativos de las grandes riquezas tenían como objetivo conseguir una silla en las juntas presidenciales de las instituciones de alcance sociocultural. Hoy, los ricos que van de desprendidos quieren que todo el mundo sepa que son tan poderosos como generosos”, explica William Drennan, profesor de Derecho de la Southern Illinois University, hasta su jubilación el pasado abril. “Para ellos, cuanto más inversión privada conlleve la transacción, mejor, aunque el proceso signifique la venta del nombre de hospitales, aeropuertos o parques públicos. De esta manera, reducen sus impuestos al mínimo, asegurándose de que los gobiernos federales, estatales o locales se van a ver forzados a rebajar sus tasas”, continúa, antes de concluir: “Por un puñado de millones, la calderilla que llevan en el bolsillo, estos magnates adquieren reputación de filántropos, cuando en realidad solo se trata de narcisismo y sed de reconocimiento”.

En San Francisco, a un paseo de Silicon Valley, los pacientes del otrora Hospital General se encuentran hoy al cobijo del Priscilla and Mark Zuckerberg General Hospital and Trauma Center. El fundador de Facebook y su mujer, que ejerció de médico allí, se ganaron el rimbombante renombramiento del complejo en 2015 tras donar 75 millones de dólares, una bagatela para uno de los que lidera la lista de los milmillonarios que elabora la revista Forbes (a principios de noviembre cayó de la tercera a la quinta posición, tras perder alrededor de 25.000 millones con el desplome de las acciones de Meta).

Saber que la mayoría de los defensores de esta práctica se alinea con cierta ideología conservadora cercana a la extrema derecha —de Larry Ellison, cofundador de Oracle candidato a hacerse con TikTok en EE UU, a Marc Andreessen, informático creador de Mosaic reconvertido en inversor de riesgo, pasando por Sam Altman, padre de ChatGPT y repentino defensor de las políticas trumpistas—, ayuda a ponerse en situación. La periodista Amy Odell lo exponía así en la plataforma Substack al conocer la esponsorización de la gala del Met 2026 por los Bezos: “Con los ricos enriqueciéndose cada vez más, la imagen resulta bastante incómoda. Y me temo que seguirá siendo así hasta que las desigualdades sociales no se solucionen en este país. Hay una deriva repugnante en la gala a superar desde la última década, y me temo que la asociación con Bezos va a ser el factor asco del próximo año”.

A la autora de la biografía autorizada de Anna Wintour también le chirría la coincidencia del anuncio con la reciente oleada de despidos en Condé Nast, la casa madre de Vogue que ayuda a financiar el Instituto del Traje del Met a través del sarao benéfico (350.000 dólares por sentarse a cenar) y a cuya nueva expansión —que extenderá sus dominios de las galerías del sótano al vestíbulo central del museo bajo el nombre del fundador de la editorial— ha contribuido con una cifra no desvelada. “La empresa acaba de cerrar Teen Vogue, eliminando la diversidad de voces que cubrían cuestiones políticas para el público joven, y no va a parar de hacer recortes. Ya sé que vivimos en la cultura de la posvergüenza, que ya nada le parece bochornoso a nadie porque toda interacción es buena, pero no deja de ser significativo”, dice.

La ampliación del Instituto del Traje, un proyecto con un coste estimado de 50 millones de dólares, reabre las heridas internas del propio Met, que brega con cerca de una veintena de departamentos tradicionalmente enfrentados por los metros cuadrados a ocupar y las fuentes de capital privado que los mantienen. Las quejas de los comisarios de las galerías dedicadas al arte a propósito de la alfombra roja que la moda despliega en la escalinata exterior, eclipsando con su desfile de celebridades el resto de exposiciones y actividades de investigación del museo, suenan cada vez más amargas.

De ahí el órdago de 125 millones de los Tang, al quite para acabar con las muy demoradas obras proyectadas para remozar el espacio de la colección de arte moderno y contemporáneo. El matrimonio no solo ha unido así sus nombres al de la institución a perpetuidad, sino que, a mayores, se ha terminado de coronar como flamante realeza benefactora del nuevo Nueva York de Zohran Mamdani: ha conseguido que Gustavo Dudamel deje Los Ángeles para ponerse al frente de la Filarmónica de la ciudad a partir de 2026 (su aportación de 40 millones de dólares, la mayor en la historia de la orquesta, fue clave para cortejar al venezolano) y que la Sociedad Histórica de Nueva York tenga lista el ala dedicada a la democracia americana a tiempo para celebrar el 250º aniversario de Estados Unidos en 2026 (20 millones de donación con retribución nominativa, pues el nuevo espacio responderá por The Tang Wing for American Democracy).

Firme creyente en el poder del capitalismo como fuerza positiva de progreso social, Oscar L. Tang ha mantenido hasta la fecha un perfil tan bajo que su repentina escalada popular solo se explica por el actual culto al dinero. Miembro de la junta directiva del Met desde hace tres décadas (el primero de origen asiático en acceder al puesto) y de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, este financiero chino experto en gestión de activos ya retirado ejerce de filántropo a tiempo completo a sus 87 años, convencido de que tiene la obligación de reinvertir su riqueza en la sociedad. Le acompaña en el empeño su tercera esposa, Agnes Hsu-Tang, 53 años, oriunda de Taipéi (emparentada con un ministro imperial de la dinastía Ming del siglo XVI), arqueóloga e historiadora, exasesora de la Unesco en París y del departamento de propiedad cultural estadounidense durante el mandato de Obama. También es presidenta de la junta directiva de la Sociedad Histórica de Nueva York, desdiciendo el cliché de la dama de sociedad ricachona, cuya reputación depende del nombre del marido, las fiestas que organiza y a las que acude y las obras de caridad que propicia.

Casados en 2013, juntos forman una inusitada power couple en un entorno, el de la beneficencia, de proverbial supremacía blanca. El activismo contra el denominado odio asiático, espoleado con la pandemia, también está en su agenda. Su fortuna no será de las que abultan en el ranking de Forbes, estimada apenas en 2.000 millones de dólares, pero al menos abordan la filantropía desde la creatividad. “Está en nuestras manos el poder para crear cosas. No tenemos descendencia en común, así que todos estos proyectos son nuestros hijos”, concedió recientemente Hsu-Tang a The New York Times. Bonita manera de ganarle a sus nombres la eternidad.

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