Las personas que dejan el brik de leche vacío en la nevera y otros seres conflictivos en la cocina
Comida que desaparece o restos que no lo hacen, negacionistas del vaciado del lavavajillas y los que dejan yogures a medio comer en el frigo: repasamos las actitudes domésticas que dinamitan la convivencia

Convivir con otros seres humanos bajo el mismo techo no es fácil, y la cocina es propensa a inflamar disputas. Munición nunca le falta, pues en la nevera, despensa, fogones y hasta el fregadero o los armarios siempre hay algún conflicto latente esperando. Parejas, hijos o compañeros en un piso de estudiantes: ya sabías que la perfección no existía; lo que no te olías es que, en la cocina, las imperfecciones de tus seres “queridos” se amplificarían tanto. Cosas de casa.
Hijos de la anarquía
En la nevera de una familia con hijos impera una anarquía salvaje; la propiedad privada y la autoridad desaparecen por completo. Bakunin se orinaría encima.
Tanto da si te has comprado una tarta de queso para disfrutarla contigo mismo después de cenar. Da igual que le pongas un post-it, amenazando de muerte a quien ose profanarla: seguro que alguien meterá la zarpa sin pedir permiso y te entrarán ganas de asesinar unicornios. En esta tesitura, lácteos y embutidos suelen convertirse en el patio de recreo de los saqueadores. Son los termómetros del caos de los hogares españoles, y por mucho que los guardes dentro un cofre bajo llave en lo más recóndito de la nevera, tu pareja y tus vástagos olerán el botín y encontrarán la manera de forzar la cerradura.
Para la traductora Silvia Guiu, madre de dos niños, lo más estresante son las guerras fratricidas. “Mis hijos se esconden sus yogures preferidos entre ellos y cuando rebusco en la nevera me voy encontrando natillas entre la carne, detrás del queso”. De todos modos, es muy posible que en casa de Silvia la mayor amenaza neveril la encarne su pareja, un ladrón de guante blanco con el que, por cierto, me identifico a todos los efectos. “Mi marido se come las natillas y copas de chocolate de los niños. Y me cabrea, porque le compro yogures sanos. También se bebe el Cacaolat de los críos. ¡Muchas veces a escondidas!”, exclama.
El frigorífico, la última frontera. Un electrodoméstico que en muchos hogares es como el Arca de la Alianza: cuando lo abres, se desencadena un horror que arrasa con tu cordura. La consanguinidad y el frigorífico son como los Mentos y la Coca-cola, cuando los juntas el mundo explota.
Ladrones de guante blanco
Por su parte, Sofia Janer, copropietaria del obrador pastelero La Dramerie, habla de un concepto muy potente: comer sin informar. “Si he dejado un táper con escalivada en la nevera y cuento con esa comida para la cena, siempre habrá alguien que será capaz de comérsela sin decir nada. Avisa, pregunta. Para mí, esta persona está muerta, porque tengo dos problemas: no tengo nada para cenar y dicha persona me cae fatal”, sentencia.
Lo único positivo del hurto en familia es que no necesitas a Benoit Blanc para identificar a los culpables. Pero cuando la rapiña tiene lugar entre compañeros de piso, entramos en una novela de Agatha Christie, como recuerda el periodista Rubén Galdón, que compartió piso durante cuatro años mientras cursaba la carrera. “Para sorpresa de nadie, a veces desaparecían alimentos tanto crudos como cocinados. Pocas cosas me han enfadado más en la vida que otra persona se haya zampado un táper de albóndigas de mi madre. Imagina: llegar a casa después de pasar la mañana chapando, con esas albóndigas idealizadas que están esperándome, hasta que al abrir la nevera, zas, han desaparecido. El culpable nunca dio la cara, pero desde entonces puse carteles amenazantes en cualquier cosa que tuviera un mínimo de interés gastronómico. Spoiler: no funcionó”.

Pesadilla en la nevera
La confianza da asco, en el sentido más literal de la expresión. Seguro que has cohabitado con algún enterrador de la nevera. Me refiero a esas personas que conciben el frigorífico como un cementerio en el que inhumar alimentos perecederos. Confieso que soy uno de ellos: he tenido quesos feta allí dentro durante varias semanas; he visto demasiadas veces cómo abandonan su blancura mariana, se convierten en una masa pútrida y sueltan un liquidillo amarillento cuya pestilencia haría vomitar a un orco. Medios limones fosilizados, hojas de albahaca negras como el hollín, botes de aceitunas abiertos que huelen a cadáver. Ninguna de mis parejas aprobó tan macabra costumbre.
En casa de la divulgadora y periodista gastronómica Anna Mayer, también se producen casos de maduración extrema de alimentos dejados a la buena de Dios. “¿Queda crema de calabaza en la olla? Si no me preocupo por meterla en un táper y guardarla en la nevera –bien etiquetada– puede quedarse criando moho. ¿Y ese culo de pimiento rojo? Por alguna razón, el cocinero (no daré nombres) decidió que necesitaba exactamente el 70% del pimiento, y el que queda en la nevera estará arrugandose día tras día hasta que yo lo tire”, dice.
Parece mentira la de trampas emocionales que puede esconder una nevera. ¿Cómo llamamos a los que dejan el cartón de leche con un culillo que no da ni para un macchiato en Liliput? ¿Qué clase de maldad ancestral posee a los que reponen botes de salsa, sin tirar a la basura los que ya se han acabado? Los hay peores, desalmados que atentan contra la salud pública y dejan los yogures a medio comer y con la cuchara dentro en la nevera, como le pasó a una compañera comidista con una compañera de piso.
Como apunta Sofia Janer, en este ámbito hay un perfil que se ha especializado en cosechar odio. “La persona que deja la botella de agua vacía en la nevera: si te la acabas, no guardes una botella con aire; o la llenas o la tiras. Además, me gusta que el agua esté al punto, que son seis grados, y así no hay forma”, denuncia.

La cocina del infierno
No se termina aquí la cosa, porque fuera de la zona de influencia de la nevera también pasan cositas. Cuando uno prepara la comida y el otro mira, la turra del copiloto puede ser un problema en la cocina de casa. El concepto alude a la actitud de esas parejas o amigos que, desde la comodidad del asiento de copiloto, se permiten el lujo de indicarte cómo conducir o, en este caso, cómo cocinar. En casa del periodista gastronómico Jorge Guitián hay copilotos puntillosos.
“Lo que acostumbra a dejarnos al borde del conflicto diplomático suele ocurrir cuando estoy cocinando y alguien —no daré nombres, pero somos dos en casa– asoma por encima del hombro y pregunta: ‘¿Y no estaría mejor con un poco de puerro (o de anchoas, o salchichón...)?’ Quizás sin tener claro qué estoy cocinando. Puede que yo tampoco lo tenga claro, pero es mi receta y la arruino como quiero. La experiencia también admite la variante: ‘¿Ah, le vas a poner caldo de pollo?’, que también tiene gran éxito de crítica y público”, afirma.
En este juego de repartirse tareas, la gestión de los residuos es otro de los puntos calientes. La divulgadora gastronómica Miriam García explica que siempre cocina ella y su pareja se encarga de recogerlo todo. Hasta aquí bien, pero el plan parece tener alguna fisura. “Como yo suelo manejar la intendencia de la cocina, él no toma ninguna decisión de tirar cosas. Si queda algún resto ridículo después de alguna comida, incluso de cosas que a todas luces no son aprovechables, echa mano del táper y a la nevera. Y así me lo encuentro yo luego. Pa’ matarle”, asegura.
La rejilla del fregadero, aunque diminuta, es también una fuente incesante de atentados biológicos. En mi casa y en la de la periodista Daniela Santos. “Me ponen de los nervios los restos de comida en el fregadero. En casa lo hacemos todo en equipo, pero parece que la rejilla del fregadero pertenece a otra casa, otra gente, un país extranjero, una dimensión desconocida, porque nadie, excepto yo, se digna a quitar esos trozos de verduras o espaguetis que quedan enredados cada vez que se termina de cocinar o limpiar”, asegura.

Con la ilusión no se juega
Como dice Sofia Janer, en otro universo paralelo están los que conciben el lavavajillas como un mueble y, en lugar de vaciarlo, dejan los platos sucios en el fregadero. Aunque también tiene reservada munición para los seres abyectos que generan falsas ilusiones en las profundidades de la despensa. “Me refiero a los que guardan bolsas en las que no hay nada. Acabarte las chips y dejar la maldita bolsa vacía en la despensa con una pinza, ¡como si todavía quedaran patatas! Genera falsas ilusiones y eso me molesta mucho”, razona.
La cocina no es país para malvados, y mucho menos para impacientes. Así lo piensa la lingüista y traductora Begoña Martínez, madre de dos hijos y pareja de un mangante de lácteos. “No soporto el queso frío, no sabe a nada. Lo saco de la nevera siempre antes de comerlo, ¡pero si me despisto mi pareja se lo zampa! Hay que cultivar la paciencia: está mucho más bueno atemperado. Y estaría dispuesta a compartirlo, pero a la temperatura correcta, que el queso está caro, leñe”.

En carne viva
A veces, no es necesario llenar el fregadero de bacterias, importunar al cocinero o robar natillas para poner a prueba esa cosa llamada convivencia; los hábitos alimentarios pueden ser también focos de agitación emocional. La cocinera y divulgadora Eva G. Hausmann tiene la gran suerte de convivir con un apasionado de la gastronomía. Hay un pero. “Prácticamente, solo come proteína animal. De momento solo carne y, como avaladora de la dieta mediterránea, hace que mi mente entre en cortocircuito. No concibo una ingesta sin verdes y no soy una medio kiwi, mi genética también demanda proteína animal, aunque no podría alimentarme principalmente de ella”, se lamenta.
La logística para lidiar con un devorador irreductible de cárnicos no es fácil. Eva admite que a nivel operativo es una movida. “No puedo comprar muchos vegetales, los tendría que tirar. Es complejo, acabo comiendo coliflor tres días seguidos —media coliflor no te la venden—, y después llegan los pensamientos explosivos: ‘no come verduras, tendrá problemas de salud, no me creo que no le sienten bien como dice’, y es entonces cuando empiezo a mirarle mal”, asegura en tono jocoso.
No podemos decir que Eva no haya intentado introducir el verde en la dieta de su pareja de la forma más elegante y suave posible. “Se me ocurrió llevarlo a un restaurante maravilloso donde el 80% del menú degustación está elaborado con vegetales. Yo como mucho y te aseguro que acabas a tope. Al terminar me dijo: ‘Muy bueno, pero donde se ponga una chuleta de vaca…’. Vaya crack”. Paciencia, diligencia, contención, comprensión, la cuestión es que no llegue nunca la sangre al desagüe: lo que Dios ha unido, que no lo separe la cocina.
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