La nueva cerveza sin alcohol que supuestamente ‘emborracha’: ¿descubrimiento o peligro?
Bebidas no alcohólicas de reciente aparición prometen sensaciones parecidas a la embriaguez leve, pero sin sus perjuicios. Estos son sus efectos y sus riesgos

En Reino Unido y otros mercados se ha popularizado un nuevo tipo de bebidas etiquetadas como “sin alcohol” que prometen relajación, desinhibición social y sensaciones parecidas a una embriaguez leve sin etanol. Vamos, un milagro líquido, la solución a los que decimos –y repetimos– eso de “no hay dosis segura de alcohol”. Con ellas tienes cero alcoholemia, cero resaca, cero culpa. Solo queda preguntarse cuál es el truco, porque cuando algo suena demasiado perfecto, lo más probable es que tenga trampa.
El ejemplo que ha encendido la polémica: la llamada “cerveza GABA”
Uno de los casos más comentados es GABYR, una cerveza sin alcohol desarrollada por GABA Labs y vinculada al neuropsicofarmacólogo David Nutt, conocido por su trabajo crítico sobre el alcohol desde una perspectiva científica. El proyecto se enmarca dentro de la gama de bebidas funcionales de Sentia Spirits, que se comercializan como alternativas al alcohol (aquí tienes una alternativa al whisky).
Se comercializa como una pale ale con 0,0 % de alcohol, en formato de lata (440 mililitros), con un precio claramente superior al de una cerveza convencional sin alcohol, entre 18 y 22 libras el pack de 6 latas (unos 21–26 euros). La promesa es sencilla: no lleva etanol, pero produce un “zumbido social leve”. De hecho, los propios fabricantes advierten que no se debe conducir tras consumirla, aunque no haya alcohol detectable en sangre. Esa advertencia ya es una pista clara de que no estamos ante un refresco sin más.
La idea detrás de estas bebidas es farmacológicamente coherente: si el alcohol relaja y desinhibe porque actúa sobre el sistema GABA, ¿por qué no diseñar una bebida que module ese mismo sistema sin los efectos tóxicos del etanol? El planteamiento es interesante; la pregunta es si está demostrado y qué otros riesgos asociados existen.
Qué le importa al cerebro (y qué no)
Si una sustancia cambia cómo percibes el mundo, cómo te mueves o cómo tomas decisiones, no es inocua, lleve alcohol o lleve extractos de unicornios bailando claqué, aunque sea todo muy natural. El cerebro no distingue entre etanol, extractos botánicos o bebidas funcionales. Distingue entre qué neurotransmisores se activan y cuáles se inhiben, no le importa si viene en lata rosa con purpurina.
La embriaguez no es una etiqueta legal ni una cuestión de marketing; es un estado neurobiológico. Ocurre cuando el sistema nervioso central funciona peor de lo normal: el pensamiento se vuelve más lento, la coordinación empeora, el control inhibitorio disminuye y aparece una peligrosa sobreestimación de las propias capacidades y, de repente, te parece buena idea enviar ese mensaje a tu ex. Eso es lo que, en la práctica, llamamos estar borracho. Estos efectos del alcohol están bien descritos desde hace décadas y se explican, en gran parte, porque el etanol potencia la acción del GABA y reduce la neurotransmisión excitadora.
Aquí la ciencia es clara: no hay estudios que demuestren que “emborrachen”
Conviene decirlo sin rodeos. A día de hoy no existen ensayos clínicos publicados y revisados por pares que demuestren que una cerveza sin alcohol pueda producir una embriaguez comparable a la del alcohol. Igual suena decepcionante para quienes buscaban la pócima mágica de los bares hipster, pero es la realidad. No hay estudios que midan de forma objetiva el deterioro psicomotor, los tiempos de reacción, la coordinación o la toma de decisiones tras consumir estas bebidas, ni comparaciones directas con placebo o con alcohol.
Lo que existe son declaraciones de los propios desarrolladores, notas de prensa y artículos periodísticos. Eso no es evidencia científica; y señalarlo no es estar en contra de la innovación, sino aplicar el mismo criterio que se exigiría a cualquier sustancia que afirma tener efectos sobre el sistema nervioso. Desde el punto de vista científico, eso no es evidencia, aunque la hipótesis sea plausible. Sobre todo, desde el punto de vista de los riesgos.
Entonces… ¿todo es marketing? No exactamente
Que no existan ensayos clínicos específicos no significa que no pueda haber efectos reales, sino que esos efectos no han sido demostrados todavía con los estándares que exigen la ciencia y la prudencia. Lo que sí está sólidamente respaldado por la ciencia es el mecanismo general sobre el que se apoyan estas bebidas. El GABA es el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central y gran parte de los efectos del alcohol se explican porque el etanol potencia sus receptores y frena la neurotransmisión excitadora. También se sabe que existen compuestos botánicos capaces de modular, al menos parcialmente, esta vía.
De hecho, hay estudios que muestran que algunas cervezas sin alcohol convencionales, especialmente las que contienen lúpulo, pueden producir efectos sedantes medibles, como mejoras en la calidad del sueño. No embriagan, pero tampoco son completamente neutras. Esto refuerza la idea de que “sin alcohol” no equivale automáticamente a “sin efecto en el cerebro”.
¿Esto es una droga? Sí, desde un punto de vista científico
Aquí conviene dejar a un lado la carga moral de la palabra: desde la ciencia, una droga es cualquier sustancia que modifica el funcionamiento del sistema nervioso central. Te pongas como te pongas (si lo estás pensando: sí, la cafeína es una droga). Bajo esta definición, una bebida sin alcohol que altera el estado mental es una sustancia psicoactiva, independientemente de su estatus legal o de cómo se comercialice.
No importa si no huele a alcohol, si no da positivo en un control, si tiene flores de Bach –ojo, que esas además de no curar, sí tienen alcohol– o si viene en una botella elegante. Si altera la percepción, la coordinación o el juicio, es una sustancia psicoactiva; y eso, amigos, implica riesgos.
El verdadero problema: cuando la cabeza va más lenta y tú no lo sabes
El mayor peligro de estas bebidas no es emborracharse sin alcohol. El mayor riesgo es la falsa sensación de seguridad. Este fenómeno está bien descrito en otro contexto: la mezcla de alcohol con bebidas energéticas. En ese caso, la cafeína reduce la percepción subjetiva de embriaguez, pero no elimina el deterioro cognitivo ni psicomotor, lo que se traduce en más conductas de riesgo.
Con las bebidas sin alcohol con efecto podría ocurrir algo parecido. Al no haber etanol, muchas personas pueden asumir que están en condiciones óptimas para conducir, trabajar o tomar decisiones complejas, cuando en realidad su atención o su tiempo de reacción podrían estar alterados. Pero sentirse bien no equivale a estar bien: el alcoholímetro puede marcar cero, pero si el cerebro está funcionando peor, el riesgo existe igual.

Lo que aún no sabemos (y debería preocuparnos)
A esto se suma otro problema clásico: la legislación suele ir muy por detrás de la innovación. Cuando aparecen sustancias con efectos psicoactivos que no encajan en las categorías tradicionales se generan vacíos legales; y la experiencia histórica nos dice que los vacíos legales rara vez juegan a favor de la salud pública.
Sobre estas bebidas faltan muchas piezas importantes. No conocemos bien la variabilidad de efectos entre personas, ni las posibles interacciones con medicamentos, ni el impacto del consumo repetido. Tampoco qué ocurre en poblaciones especialmente vulnerables; y sí, aquí incluyo a personas que han sufrido adicción al alcohol: ¿cómo afectaría este tipo de bebidas a su cerebro y a su equilibrio emocional?
Las propias revisiones sobre alternativas funcionales al alcohol reconocen que la evidencia clínica sólida aún no existe. Algunos fabricantes hablan de un efecto limitado y de corta duración, pero eso puede no cumplirse en todos los cerebros. Porque los cerebros, como las personas, no vienen estandarizados.
La pregunta clave no es qué pone en la etiqueta
La cuestión no es si algo lleva alcohol o no: la pregunta importante es si está modificando tu cerebro. Si la respuesta es sí, entonces hay riesgo. Riesgo de accidente, de mala decisión y de banalizar sustancias psicoactivas solo porque no encajan en la categoría clásica de bebida alcohólica.
Así que la próxima vez que oigas frases como “no da resaca”, “no es alcohol” o “es más sano”, recuerda esto: tu cerebro no entiende de marketing ni lee etiquetas. Solo sabe que alguien ha tocado los mandos, y cuando se juega con el sistema nervioso, conviene saber muy bien qué se está bebiendo. Aunque en la lata ponga “sin”.
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