Viaje a los confines del planeta
La Antártida ya recibe a más de 120.000 personas al año. Pese a la huella que dejan, el cumplimiento del código de buenas prácticas hace viable esta experiencia


Decir que la Antártida está de moda es una aseveración viejuna. Porque el crecimiento exponencial de visitantes al continente helado viene de lejos. Desde la firma del Tratado Antártico en 1959 hasta mediados de la década de los años noventa no llegaban más de cuatro o cinco mil personas a la Antártida. Hasta 2007, curso que registró un pico histórico de 46.265 viajeros previo a la hecatombe financiera mundial de 2008, el crecimiento fue lineal. Pero después de la crisis económica y las leyes contra el combustible pesado de 2011, la industria se reestructuró hacia barcos de expedición más pequeños, pero mucho más numerosos, llegando así en la temporada 2023/2024 al máximo histórico de visitas: 122.072 viajeros, de los que 77.000 desembarcaron en el continente e islas aledañas. Es decir, en los últimos 10 años el turismo antártico se ha triplicado, lo que ha llevado a todos los organismos implicados, y en especial a la Secretaría del Tratado Antártico, a empezar a pensar en cuotas máximas de visitantes por zonas.
Y eso que no es fácil ni barato llegar a la Antártida. La vía más habitual y elegida por la inmensa mayoría de esos más de 122.000 pasajeros es en barco desde Ushuaia (Argentina), en Tierra de Fuego. Desde allí quedan unos 1.000 kilómetros de navegación por el temido paso de Drake hasta las islas Shetland, la primera tierra emergida de la península Antártica. Dos días enteros surcando las aguas más traicioneras del mundo, donde el tiempo suele ser malo o peor, que tiran para atrás a muchos pretendientes. La recompensa a este esfuerzo es llegar por fin al territorio más virginal y prístino del planeta Tierra, un recuerdo de lo que fue la última glaciación. Casi 14 millones de kilómetros cuadrados en los que no existe más que hielo, nieve y roca, y la presencia humana se limita a las bases científicas, ya que no hay un solo puerto, pantalán o vestigio urbano.

Navegar entre icebergs
La operativa es similar en todos los navíos. Mañana y tarde se echan las lanchas neumáticas auxiliares al agua y con ellas se baja a tierra en parajes increíbles, cubiertos por hielos milenarios. O se navega por bahías repletas de icebergs para admirar la fauna local: pingüinos, ballenas, focas, lobos marinos. Siempre a una distancia mínima de cinco metros para no perturbarlos. Conviene aclarar aquí que solo los barcos de menos de 500 pasajeros están autorizados a desembarcos en tierra firme, siempre en grupos máximos de cien personas. Los cruceros convencionales que superan este número solo pueden navegar por aguas antárticas, pero no les está permitido desembarcar a sus clientes.
La otra forma de llegar a la Antártida es en avión, aunque registra cifras minoritarias. La principal ruta es la que opera entre Punta Arenas (Chile) y la isla del Rey Jorge, en el archipiélago de Shetland del Sur, que tiene un aeródromo chileno construido en 1980 para dar servicio a las numerosas bases científicas de la zona. Una vía que usan sobre todo turistas adinerados que no quieren sufrir los dos días de navegación por las aguas turbulentas del pasaje de Drake; después, el crucero contratado los recoge allí.
Campamento de superlujo
En la temporada 2024/2025 hubo 400 vuelos, de los que el 85% eran comerciales y transportaron a 8.539 turistas. A eso hay que sumar los vuelos de la compañía White Desert Ltd, que ha montado un aeródromo privado en la Tierra de la Reina Maud, así como un campamento con cúpulas de fibra de vidrio sobre plataformas de madera para clientes de superlujo, a los que se les ofrece hasta rutas en 4×4.
Aunque el 77% de los desembarcos ocurren en una zona muy concreta de la península Antártica, que supone poco más de dos kilómetros cuadrados de los casi 14 millones que tiene el continente, el impacto del turismo en la zona es incuestionable.

Por un lado está la huella de carbono; según el estudio The Carbon Footprint of Antarctic Tourism, publicado en la revista científica Marine Pollution Bulletin y recogido en los documentos de trabajo de la Secretaría el Tratado Antártico, se estima que un viaje promedio a la Antártida emite entre 3,2 y 4,1 toneladas de CO2 por pasajero (incluyendo la huella que genera su viaje en avión hasta Ushuaia), equivalente a lo que una persona emite (de media) en todo un año. El efecto hollín por las partículas oscuras que emiten los barcos y que se depositan en la nieve reduce el albedo (reflejo de luz), provocando que absorba más calor y se derrita más rápido. Otro estudio publicado en agosto de 2025 en la revista Nature Sustainability por un equipo internacional, liderado por el investigador Raúl Cordero (Universidad de Santiago de Chile), muestra que las concentraciones de metales pesados en áreas turísticas de la Antártida son hasta 10 veces superiores a las de hace 40 años, debido al uso de combustibles fósiles.
La pregunta del millón es siempre la misma: ¿quién regula esto? La respuesta no es sencilla, pues la Antártida es un territorio especial, y no solo por sus condiciones climáticas. De hecho, es el único territorio del planeta que no es de nadie. Algo excepcional en la historia del ser humano, que lleva cientos de miles de años matándose entre sí para conquistar territorios. Tras algunas escaramuzas en las décadas de 1940 y 1950, sobre todo entre Gran Bretaña y Argentina, 12 países firmaron el 1 de diciembre de 1959 el Tratado Antártico, un documento vinculante que reconoce que el continente helado no pertenece a ningún país; que todas las reclamaciones territoriales quedan aplazadas durante su vigencia; que solo se pueden llevar a cabo acciones pacíficas en ese territorio, y que queda prohibida toda actividad comercial, industrial o extractiva, a excepción de la investigación científica… y del turismo. En la actualidad, lo han firmado y ratificado 56 países, entre ellos España
Cualquier operador turístico que intente llevar viajeros a la Antártida debe notificarlo y obtener autorización del Comité Antártico del país al que pertenezca. Además, para suplir esa ausencia de autoridad sobre el terreno, siete operadores de turismo crearon en 1991 la Asociación Internacional de Operadores de Turismo Antártico (IAATO, por sus siglas en inglés), cuya finalidad radica, básicamente, en “defender y promover la práctica de viajes seguros y ambientalmente responsables a la Antártida por parte del sector privado”.
Operadores limitados
En la actualidad, la IAATO la integran más de cien empresas y organismos de 19 países (ninguno español), entre operadores terrestres, navieras, agencias de viajes, oficinas de turismo, oficinas gubernamentales, compañías que fletan yates y aviones chárter, ONG conservacionistas y otras empresas del sector. Este centenar de agentes mueve a la inmensa mayoría de turistas que llegan hasta allí, sobre todo en los pequeños cruceros-expedición que parten de Ushuaia.

Mi experiencia, tras dos viajes a la Antártida, es que el código de buenas prácticas de la IAATO se cumple escrupulosamente, y que a pesar del innegable impacto que pueda tener el turismo, los operadores involucrados extreman la vigilancia para que sea el mínimo. Por ejemplo, además de lo ya dicho —solo barcos de menos de 500 pasajeros pueden acercarse a tierra y desembarcar pasajeros—, no puede haber más de un barco a la vez en un punto de desembarco y no se puede desembarcar a más de cien personas a la vez en un mismo punto. Además, antes del primer viaje a tierra, el personal de a bordo revisa con un aspirador, cepillos y pinzas la ropa y las mochilas o bolsos de cada uno de los pasajeros que vayan a bajar para eliminar cualquier resto orgánico: desde pelos de gato o perro hasta un simple cacahuete olvidado en un bolsillo. Antes de cada desembarco, los pasajeros pisan un recipiente con desinfectante para eliminar cualquier agente patógeno de las suelas, y una vez en tierra solo se puede caminar por los senderos y lugares balizados previamente por el equipo de la expedición. Para evitar ser vectores de la gripe aviar —que está asolando las colonias de pingüinos—, una vez en tierra, los turistas no podemos sentarnos, ni tumbarnos ni hincar una rodilla. Solo la suela desinfectada de las botas puede estar en contacto con la roca o el hielo de la Antártida. Y, reiteramos, está prohibido acercarse a menos de cinco metros de pingüinos, focas, lobos marinos y cualquier otra especie.
Tampoco es todo negativo. Cada viajero que descubre un sitio tan fascinante como la Antártida regresa convertido en un embajador del conservacionismo y del statu quo establecido por el Tratado Antártico. Además, el turismo genera visibilidad y presiona a los gobiernos para mantener la protección de este singular territorio.
Nunca he sido amigo de prohibiciones. Con los mismos argumentos que para la Antártida podríamos prohibir el turismo en el Himalaya, en Groenlandia o en Praga. Creo que es mucho más efectiva (y realista) la regulación del turismo, los cupos de entrada y la buena gestión. Pero no cerrar espacios a cal y canto. Al fin y al cabo, solo se ama y se protege lo que se conoce.
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