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RELATOS
Tribuna
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Un amor de verano de... Carolina Yuste: ‘Viento de levante’

La actriz escribe sobre unas vacaciones en las que es la hija la que graba cada detalle con su madre, por si, con el tiempo, esas imágenes calman la angustia de la posible ausencia

verano

No siempre era capaz de decir la verdad porque nadie le había enseñado. Cuando era pequeña, imaginaba que viajaría a los rincones más lejanos a su realidad y que, al volver al mar, le contaría a su madre, que sería eterna, las cosas rarísimas que la gente come por ahí. Escribía en un cuaderno negro con una letra curva, una letra de alguien que aún se está buscando. Y lloraba ante la belleza y la injusticia. Tenía ganas de beberse el sol, sobre todo desde que la luna dejó de ser tangible para ser infinita. Hace muchos años, su familia y ella tuvieron que emigrar del sur al oeste para poder resistir y aunque su madre no pudiese ayudarle con las tareas del colegio porque no sabía juntar la m con la p, cada viernes le preparaba el mejor emblanco para que no se olvidase del olor a sal. Por eso ahora, los días en los que el silencio es inmenso, sale al mercado a comprar rosada, papas y mucho limón. Y el acento se le escapa.

Hace tiempo que su hija no consigue tener tiempo, y cuando logra con mucho esfuerzo respirar de forma constante lo hace para sostener que existe en un mismo mundo en el que las mentes de los hombres imaginan cargas de energía capaces de aniquilar cuerpos. Pero esto no es lo que se espera del relato. Esto no. Yo he venido aquí a hablar de amor. He venido aquí a hablar de amor porque otra cosa es crueldad.

Este verano los termómetros marcan 42º al oeste de la Península. Su casa es un refugio, pero no es el océano y ya hace demasiados años que no puede alquilar una casita frente al mar porque con el subsidio no le da. Tampoco se atreve a pedirle a su hija que lo haga. No quiere que gaste dinero en ella y, mucho menos, sentir que le roba el tiempo. Como si eso fuese verdad. Como si la hija no tuviese deseo de otro viento. Uno un poco más fuerte. Uno de esos que cambian la percepción de lo que significa estar aquí. Un viento de esos que suenan a comparsa de Tarifa o a impulso por Tangos. Por eso la hija reservó la casa.

El trayecto no es muy largo. En la radio, el Sastre da espacio a un frutero que agradece poder seguir tomando el café cada mañana. El hombre defiende al ser humano frente a los palos y mientras lo escuchan la hija piensa que menos mal que existe el Sastre en la radio. Piensa también que no entiende en qué momento nos hemos distanciado tanto de lo que somos como para considerar que existe un yo y un otro. Que existe un nuestro o un vuestro cuando un yo que no es tú no es posible. Pero, sobre todo, piensa en cómo es posible la indiferencia. Pero que yo no he venido a hablar de esto. Yo he venido a hablar de amor. Porque hablar de amor es una urgencia.

El coche entra por el camino de arena que da a la playa. Cada vez hay más gente. Hace años, cuando aún se iban de vacaciones juntas, aquí solo existía un chiringuito en el que había fuegos y tambores. En la radio suena Tú me camelas y las dos cantan. La hija graba con el móvil porque últimamente lo graba todo. Sobre todo, a su familia. Cree que con el tiempo estas imágenes le calmarán la angustia de la posible ausencia. Desafinan. Es que es imposible que lleguen a esos agudos que hace La Pastori. Y ya en la arena las dos leen. Ella, La mala costumbre; la hija, El buen mal y con un bolígrafo negro subraya la frase “Si meto un dedo en ese agujero que es mío pero duele en el cuerpo de otro, y hurgo, y empujo, lo que estoy tocando por dentro ¿es a mi padre?”, y si te fijas bien puedes verlas a las dos en un mismo presente atravesando la belleza de la herida injusta mientras el sol cae aunque no esté cayendo. Si te fijas bien, las puedes ver respirando a un mismo tempo mientras esperan el rayo verde. Mientras espera el destello.

Después irán a cenar y pedirán atún porque aquí sí. De fondo sonará una bulería y seguirán el compás con los nudillos en la mesa. Algo en ellas se relaja. Algo se abre. Y la hija querrá pedir una botella de champán para celebrarlo, pero ella no le permitirá gastarse tanto dinero, así que tomarán cava. La hija pensará que no debería hacerle caso porque no existirá mejor momento que este. Ahora que a su madre se le escapa el acento. Ahora que el acento se le escapa.

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