Ir al contenido
_
_
_
_
AMORES DE VERANO
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El 1 de julio matamos a ‘Lucas’

Fue el primero que supo que estaba enferma y no se movió de su lado. Ella no se moverá del suyo

Historias Patricia Gonsalvez
Patricia Gosálvez

“Mucho llorar, pero bien que lo vais a matar”. La niña lo dice como lo dice todo todavía, sin artimañas. La mujer lo ha intentado suavizar con eufemismos —que es el eufemismo para la palabra artimaña—: “Está enfermo, le vamos a dormir, no se puede curar, es para que no sufra… ¿Sabes lo que significa eutanasia?”.

La niña niega tanta palabrería con la cabeza y grita desesperada. “¡No! ¡Ni de broma! ¡Papá tuvo covid y no le matamos! ¡Hay que anular las vacaciones!”. “¿Y si yo me pongo mala?, también me haríais…”, dice al tiempo que se pasa el pulgar por el cuello como si se cortara la garganta.

La mujer piensa, una vez más, lo mal que lo hace todo, tomar decisiones y comunicarlas; criar niños y cuidar de enfermos. ¿Tiene razón la niña? ¿Lo están adelantado todo por unos billetes comprados? Lucas todavía camina. Aunque despacio. Y come. Poco, es verdad, a veces solo si se lo das con la mano. Aun así, ¿es quizás demasiado pronto? O lo contrario, ¿acaso han esperado más de la cuenta? A la mujer también le da un poco la risa, ¿dónde habrá aprendido esta cría ese gesto de mafioso?

Hay risas en el desconsuelo, como cuando el niño le explica a su hermana que esto no es culpa de nadie: “Son cosas de la edad, como la menopausia de mamá”. Pero luego él también gime a borbotones en busca de razones: “¿Por qué tú, Lucas, por qué, si eras el mejor?”.

La familia lleva meses de análisis, medicamentos y síntomas difusos. Lucas ha perdido un tercio de su peso, no quiere salir de casa. “Está triste”, “parece que no huele”, “anda despistado”, explica el hombre a los expertos. Un día, se mea en el salón, cuando él, jamás. Al otro, se cae de culo del sofá, tan aparatosamente que resulta divertido. Luego deja de subirse a la cama, le fallan las fuerzas a medio salto, o no calcula y se come el colchón. Cada vez más a menudo se queda mirando la nada. Ya no persigue a las polillas.

La mujer sospecha algo desde primavera. “Creo que se va a morir”. El hombre, aterrorizado, le dice que no sea bruta, que cómo dice esas cosas. “Para que os vayáis haciendo a la idea”. Ella ve un cansancio oscuro en los ojos de Lucas. Están conectados esos dos, Lucas y la mujer, son el uno del otro. Ella no ha llorado tanto delante de nadie. Una temporada lo hizo sin parar, durante semanas, y Lucas la aguantó estoico, como lo aguanta todo, incluidos estos dolores de ahora que no cuenta. Fue el primero que supo que ella también estaba enferma y no se movió de su lado. Ella no se moverá del suyo.

A finales de junio, el diagnóstico: macroadenoma en la glándula pituitaria. Un tumor muy grande en un cráneo muy pequeño. En la tomografía, una masa blanca del tamaño de un tercer ojo en el centro del cerebro. No se puede operar. Hay dos opciones paliativas. Un exótico tratamiento de radioterapia que solo se lleva a cabo en Lugo, o en París, dependiendo del experto consultado. O un tratamiento con cortisona. Ambos podrían reducir el tamaño del tumor, alargando la vida del paciente, suavizando algunos síntomas. O no. Hay efectos secundarios. Y, con el tiempo, llegarán las convulsiones, la ceguera, no saben… La mujer, que sí es un poco bruta, pregunta: “¿Merece la pena alargar una vida en la que ya no se puede perseguir a las polillas?”.

Es ella quien plantea la eutanasia. “Una opción razonable”, le dicen, “legal”, dado que es incurable. “La decisión es vuestra”. Eso le duele. “Vedlo como último acto de amor”. Y eso le consuela.

El acto definitivo de amor tiene lugar el 1 de julio. Tres días después de recibir el TAC y tres días antes de irse de vacaciones. Llevan a Lucas a la casa del pueblo para que se despida de los pinos y las ardillas. Es un duelo en manada, días con los cinco aullando juntos; y noches de pensar amontonados en la muerte. No solo en esta, sino en todas las que tienen por delante. Este es también un duelo de prácticas, sirve para pensar en cómo enfrentarán esas despedidas.

“No lloraste tanto cuando se murió otra gente de tu familia”, le dice la niña a la mujer. Y es cierto. Cuando el hombre cocina la última cena de Lucas —un solomillo sobre el que derrama salados goterones que lleva días reteniendo—, piensa en cómo es posible querer tanto a alguien que tiene la misma mirada que otros a los que devoramos. Porque este es un dolor con contradicciones. Dudan: ¿Están exagerando el drama? ¿O tomándoselo demasiado a la ligera?

El día 1 de julio la familia se viste de blanco y van todos a la sedación. Besan el diminuto cuerpo dormido que ha entrado andando a la clínica, con la cabeza alta. Luego la mujer se queda sola para la sobredosis. Hay un estertor pequeño y ya. Para acallar sus pucheros refugia la cara en el cogote de Lucas, donde el suave pelo negro se convierte en ásperas canas. Huele a animal mojado, a campo, a compañía, incondicionalidad y atavismo. A hoguera y cueva. A infancia. Y de allí le llega la punzada de una campaña que repetían cuando era niña cada vez que arrancaban las vacaciones: “No lo abandones. Él nunca lo haría”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Patricia Gosálvez
Escribe en EL PAÍS desde 2003, donde también ha ejercido como subjefa del Lab de nuevas narrativas y la sección de Sociedad. Actualmente forma parte del equipo de Fin de semana. Es máster de EL PAÍS, estudió Periodismo en la Complutense y cine en la universidad de Glasgow. Ha pasado por medios como Efe o la Cadena Ser.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_