La glicinia, esa elegante cascada de flores violetas capaz de doblar el hierro
Aunque sus dos principales especies son asiáticas, es muy frecuente verla trepando por las fachadas en España, y todavía más en Francia, Bélgica o Países Bajos. Lo importante es darle todo el espacio que se pueda, ya que es una candidata perfecta para cubrir grandes estructuras


Una fina lluvia violeta moja calles y jardines por estas fechas, y no se trata de un extraño fenómeno atmosférico, sino algo originado por unas cascadas de flores. La responsable es la glicinia, planta trepadora elegante y delicada, cuyas formas van de la mano de su portentoso vigor que, si se le da tiempo, es capaz de doblar los hierros de las estructuras que la soportan con sus tallos engrosados. Ella no tiene prisa porque, si se la cuida mínimamente, alcanza los 100 años como si nada.
El género al que pertenece la glicinia es Wisteria, con dos especies principales que se cultivan desde hace al menos un par de siglos en Europa: Wisteria sinensis y Wisteria floribunda. La primera es la más común de ver, y proviene originariamente de China, fácil de recordar por su nombre científico, mientras que la segunda es nativa de Japón. Las diferencias más importantes entre ambas tienen que ver tanto con el número de foliolos de sus hojas compuestas —menos de 13 en la glicinia china y más de 13 en la japonesa—, así como por la longitud de los racimos florales, menor de 30 centímetros en Wisteria sinensis y mayor de 40 en Wisteria floribunda. En esta última, sus inflorescencias pueden ser larguísimas, de más de 60 centímetros incluso. Con tamaña longitud, la apertura de las flores es progresiva hacia la punta del racimo, lo que también marca una nueva diferencia entre las dos especies asiáticas, ya que en Wisteria sinensis todas las flores del ramillete se abren casi al mismo tiempo. Hay cultivares de Wisteria floribunda que producen racimos interminables, como Wisteria floribunda ‘Macrobotrys’, de hasta 1,20 metros de longitud, algo portentoso de ver, con una magia de cuento de hadas.
Hay algunas especies más de glicinia, como Wisteria frutescens, del centro y este de Estados Unidos, si bien no es tan popular en los jardines europeos. Un cultivar de esta especie es el conocido ‘Amethyst Falls’, de menor tamaño que las glicinias asiáticas, que superan con facilidad los 10 metros de altura si se les permite trepar, mientras que la especie americana los alcanza con dificultad. Por esta menor envergadura es más apropiada para cultivar en un macetón en la terraza.

Cuando llega el otoño, las glicinias tiran sus hojas, adquiriendo antes un precioso tono dorado. Aún después, desnudas, las dos especies asiáticas muestran un hábito de crecimiento diferente, ya que la glicinia japonesa tiene tallos que giran en el sentido de las agujas del reloj, mientras que la china lo hace en el inverso. Muchas veces, esta peculiaridad anatómica aparece incorrectamente citada al revés.
La fecha de introducción de la glicinia china en Europa depende del país. En el Reino Unido, por ejemplo, la Universidad de Oxford la data en 1816, mientras que en Italia la primera referencia se fecha en 1831. Por cierto, un dato curioso que recoge aquella universidad es que, en realidad, la planta debería llamarse Wistaria, en homenaje al anatomista norteamericano Caspar Wistar (1761-1818), pero un error ortográfico a la hora de clasificar la planta la dejó como Wisteria para los restos.
Hay ejemplares de glicinia que tienen un fuerte nexo visual con ciertos lugares, como la que trepa por las ruinas del jardín de Ninfa, en Italia, o la de un conocido rincón malagueño, del cual José S. Mateos es un enamorado. Este miembro de la Asociación de Amigos del Jardín Botánico-Histórico La Concepción de Málaga, y buen conocedor de esta ciudad, habla de la importancia de la glicinia centenaria que trepa por el cenador de hierro de ese fascinante jardín andaluz: “La floración de la glicinia siempre anuncia la Semana Santa malagueña, que aquí es muy importante. Además, acompaña con su color a las procesiones y a sus hermandades. Es una de las almas botánicas de Málaga, porque tiene los colores de su bandera —verde y púrpura— y también anuncia la primavera, ya que, si hace frío, su floración también se retrasa. Yo voy todos los años al jardín a disfrutar del espectáculo de sus colores y de su aroma”, comenta Mateos.

Asimismo, es muy frecuente ver glicinias trepando por las fachadas, algo común en España, si bien es aún más frecuente en Francia, Bélgica, Países Bajos... Al tener tantas ansias por crecer, las glicinias cubren las paredes, las pérgolas y los árboles. Lo importante es darle todo el espacio que se pueda, ya que es una candidata perfecta para cubrir grandes estructuras.
La exposición que las glicinias prefieren es el sol directo; cuantas más horas, mejor, siempre que no les falte humedad en la tierra, unido a un perfecto drenaje. En situaciones de menor iluminación la glicinia no florecerá tan bien, e incluso carecerá de sus colores primaverales cuando se cultiva en la sombra. En lo que se refiere al tipo de tierra o de sustrato que necesitan, son bastante adaptables, con excepción de los suelos pobres o en los que se produzcan encharcamientos. Como ocurre con tantos otros problemas ligados a la tierra, la adición de materia orgánica, como compost, paliará los defectos de cultivo, aparte de aplicar al menos una vez al año un abonado orgánico anual más rico en fósforo y potasio, para estimular la floración.
Uno de los cuidados que hay que procurar todos los años a las glicinias es la poda, que se debería realizar en dos momentos. El primer recorte se aplica en verano, alrededor de junio-julio y después de la floración y posterior brotación de las hojas, y consiste en acortar todas las ramas laterales nuevas, para conseguir que el sol llegue con más fuerza a los tallos principales, más gruesos. De esta manera, se estimulará la formación de las yemas de flor del año siguiente y la acumulación de sustancias de reserva allí donde se generan esas yemas. La medida será reducir esas ramitas hasta dejar media docena de hojas, aproximadamente.

La segunda poda se realiza a comienzos de año, entre enero y febrero. En ella, se vuelven a recortar los tallos laterales, para dejar solo de dos a tres yemas, casi como se hace con la poda de las parras. En el periodo en el que esta se efectúa, ya se pueden apreciar las gorditas yemas de flor, que parten de las zonas leñosas más fuertes. Si hubiera alguna de las ramillas largas y flexibles que la planta produjo el año pasado, es ideal cortarlas.
Las glicinias también se disfrutan en forma de bonsái, con el glorioso efecto de sus inflorescencias colgantes en estos arbolitos en miniatura. Igualmente, se cultiva con apariencia de árbol, ayudada por un recorte sistemático para generar un tronco solitario. Con este porte es muy famosa la glicinia del parque floral de Ashikaga, en Japón, con 160 años a sus espaldas, que cubre casi mil metros cuadrados con su copa, convenientemente entutorada para soportar tamaño peso. En este jardín hay cientos de glicinias, por lo que es un destino indispensable para los amantes de esta planta de flores aromáticas, de esencia dulce y refinada.

Otro sitio en el que ver sus flores es en las estampas japonesas, en las que se dibuja cubriendo pérgolas de madera o trepando por los pinos. En este último caso, el binomio entre el pino —elemento que simboliza lo masculino— y la glicinia —lo femenino— habla de la relación en armonía entre ambos sexos.
Su gama tonal abarca desde los azules hasta los purpúreos, pero hay glicinias de flores blancas y rosadas —como Wisteria floribunda ‘Rosea’—, estas últimas más raras de ver. Algo común a la mayoría de los posibles tonos es la presencia de una ligera mancha dorada en el estandarte de la flor, que es el pétalo superior de mayor tamaño y que se muestra desplegado, cual vela de barco.

Después de la floración, las glicinias se engalanan con los pendientes aterciopelados de sus frutos, de tacto muy agradable. Esas vainas de consistencia leñosa nos recuerdan que estas plantas son de la familia de los guisantes y las judías. Sin embargo, las semillas de la glicinia, al contrario que las de los citados parientes, no son comestibles e incluso son tóxicas. Si bien son sencillas de germinar, la planta resultante tardará muchos años en florecer, por lo que es más recomendable reproducirla por esqueje o directamente comprar un cultivar certificado en un vivero o floristería.
Después de la floración masiva de estas semanas, la glicinia puede elaborar algún racimo esporádico más, que ya no será tan visible como el del inicio de la estación, por la presencia de las hojas. Cuando estas estén formadas por completo, la coqueta planta ya estará pensando en el nuevo traje que se pondrá la próxima primavera.
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