El lenguaje secreto que transmiten las flores, de la ira al amor
El ser humano ha creado una simbología botánica que vincula una especie o un color con una emoción


Las plantas se comunican sin necesidad de hablar. Se relacionan con otros seres vivos que las rodean, a través de ciertas hormonas que vuelan por el aire, por ejemplo, para indicar su estado de salud o la presencia de un peligro; es una conversación muda pero fructífera para el emisor y para el receptor. El ser humano ha diseñado también un lenguaje botánico desde hace siglos, algo que ya ocurría en el Antiguo Egipto. Entonces, y como recuerda el egiptólogo madrileño José Manuel Galán, “a los difuntos en Egipto se les despedía con flores, por un juego de palabras, porque la palabra para vida en el Antiguo Egipto es anj, que es lo que se conoce como la Cruz de la Vida. Pero es una palabra que también sirve para referirse a las plantas, a las flores. Entonces, la idea es que cuando tú ofreces flores a alguien le estás ofreciendo vida. Así que la ofrenda de flores a los difuntos es un deseo de que viva en el más allá”, resume.
Desde luego, los egipcios utilizaban una ingente cantidad de flores para agasajar a sus familiares, amigos y personalidades, lo que atestiguan todos los ramos que se han ido descubriendo en las campañas arqueológicas en el país, al igual que en la tumba de Tutankamón, donde aparecieron guirnaldas elaboradas con hojas de olivo (Olea europaea), de palmera datilera (Phoenix dactylifera) y flores de azulejo (Centaurea depressa), entre otras especies.
Esta simbología botánica siempre ha acompañado al ser humano de una u otra forma, también en sus manifestaciones artísticas, en un código visible, pero oculto a todas aquellas personas que no pertenecieran a ese entorno concreto. En la pintura gótica y renacentista del norte de Europa, los recién casados mostraban en sus retratos de esponsales un clavel en la mano, como emblema del recién adquirido compromiso afectivo. Sin embargo, este símbolo floral quizás no sería comprendido en regiones remotas, que verían en él solamente una bella forma de retratarse para la posteridad.

En Japón, por ejemplo, el pino rojo (Pinus densiflora) representaba la parte masculina, mientras que la femenina correspondía a la glicinia (Wisteria sinensis). Por esta razón, en muchas estampas japonesas es posible encontrar una glicinia trepando sobre un pino, un símbolo de esa unión entre ambos sexos. Así, en aquel mundo asiático las plantas también cobraban un sentido, algo que se sintetizó posteriormente en el llamado Hanakotoba, a imitación del lenguaje victoriano de las flores, surgido en el siglo XIX.

En ambos, las plantas se utilizaban para condensar un sentimiento, y no siempre positivo. De esta forma se transmitía un mensaje entre dos personas, y con una sola flor se podía representar desde la ira hasta el amor, dependiendo de cada especie e incluso de su color. Una rosa variaba su significado acorde a su tonalidad: si era amarilla, se correspondía con los celos; blanca, con el sigilo, que indicaba cautela al ser amado. Incluso la combinación de dos colores variaba el recado que se pretendía transmitir; por eso, una rosa blanca y una roja juntas significaba que “el fuego de tu mirada me abrasa el corazón”, ni más, ni menos, como recoge uno de los muchos libritos editados que recopilan este lenguaje, ilustrado por Kate Greenaway.

Comunicarse es la mejor de las maneras para solucionarlo todo, generar nexos más fuertes, con el propósito de querer o comprender a alguien con más calidad. En algún momento surgió aquella campaña publicitaria del “dígaselo con flores”; no tiene que ser con ellas, pero con su belleza se pueden contar muchas cosas y expresar hasta el más profundo de los sentimientos. Quizás sea hora de salir a un jardín y leer en sus hojas y en sus pétalos.
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