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Robregordo: el pueblo de Madrid con una alcaldesa colombiana donde ya casi nadie es del pueblo

El municipio, a menos de una hora de la capital, lleva años acechado por la despoblación y tiene la tasa más baja de trabajadores de toda la Comunidad

La calle Real de Robregordo, donde apenas hay vecinos. David Expósito

Sucede en Robregordo que el centro del pueblo ya no es el centro del pueblo. La calle del Real —la que atraviesa el municipio de un extremo a otro— es un pozo de silencio de la mañana a la noche donde el mayor aliciente del día para Antonio Casanova, de 80 años, es un avispón rojizo que en lugar de volar, camina por el suelo empedrado. “Nunca lo había visto por aquí. ¡Qué alegría!”, dice Casanova con sarcasmo refiriéndose al insecto. Ni él ni su mujer, Juliana, de 78 años, acostumbran a ver a nadie alrededor de su viejo refugio en la calle del Real. Mientras que la Comunidad de Madrid alcanza los 7,1 millones de habitantes, los escasos 30 vecinos de Robregordo están tan dispersos que pueden pasar semanas sin verse. Solo el bar, regentado por Sofian, un joven marroquí, es capaz de congregar más de dos o tres personas a la vez. Preguntado por si el negocio le da para vivir, Sofian prefiere callar. “Vamos tirando”, termina por decir.

Robregordo es uno de los municipios de la Comunidad de Madrid más despoblados. Tiene 96 empadronados aunque solo un tercio viven aquí de quieto. Pese a que el año pasado hubo seis entierros, la población no cae en picado gracias a la llegada de inmigrantes como Sofian que suponen ya el 28% de la población total, así como de algunos madrileños neorurales que huyen de la capital. El resultado es una amalgama indescifrable de perfiles que responde a la única certeza del pueblo: prácticamente nadie en Robregordo es de Robregordo.

“Como todos estos pueblos, Robregordo se está transformando”, afirma Marisol Herreño, de 69 años, la alcaldesa. Ella, para variar, tampoco es del pueblo. Herreño nació en la ciudad de Vélez, en el municipio de Bucaramanga, en Colombia. La mujer, desde su despacho, le hace una pregunta muy personal a ChatGP:“¿Sabes quién es Marisol Herreño Traslaviña?”. “Lo siento, no lo sé”, contesta la inteligencia artificial. “Vaya, según esto no existo, pero existo. En fin, soy la primera alcaldesa extranjera de España”, afirma ella, aunque la Federación Española de Municipios y Provincias no ha logrado comprobarlo.

Según Herreño, su triunfo en las elecciones de 2023 no hubiera sido posible sin el voto migrante de Robregordo. Hasta poco antes de la cita electoral era una absoluta desconocida en el pueblo. Tampoco ella sabía nada del municipio. El Partido Socialista —al que Herreño lleva afiliada desde que regularizó sus papeles en el año 2005— le ofreció la posibilidad de presentarse en Robregordo como alcaldesa a pesar de que ella vivía en Getafe. La mujer fue casa por casa presentándose ante sus votantes y, con más detenimiento, trató de convencer a los vecinos extranjeros que todavía no sabían qué papeleta elegir. Según el censo, hay hasta nueve nacionalidades distintas en Robregordo: Marruecos, Senegal, Ucrania, Bulgaria, Rumanía, República Dominicana, Uruguay, Rusia e Italia. “Ellos decantaron la balanza”, declara.

Robregordo fue antaño un pueblo ingobernable. En 1994 tuvo cinco alcaldes en ocho meses. Algunos enfrentamientos entre familias hacían imposible la paz. El socialista Óscar Monterrubio logró apaciguar las aguas durante más de una década como regidor. Ahora, la alcaldesa Herreño se enfrenta al reto de que la convivencia fluya entre vecinos con muy pocas cosas en común. “Creo que lo que yo puedo aportar es en las políticas de convivencia e integración social con la población migrante. La repoblación con con personas migrantes es una posibilidad. Tenemos vivienda social y si conseguimos que exista una integración como la que se dio en su momento con los españoles que venían de otras partes de el país, se puede sobrevivir”, defiende. “Lo que no tiene sentido es que los inmigrantes se muden aquí y se encierren en los hogares”, opina. Para ejemplificarlo, la artista Eva Mena recibió el encargo por parte del ayuntamiento de pintar un gran mural con el rostro de dos mujeres, dos lugareñas, Celsa y Marina, la primera robregordeña y la otra dominicana. Sin embargo, también pueden verse muestras de hostilidad contra los foráneos. “Los pueblos para quien los habitan”, dice una pintada en un quitamiedos.

Situado a una hora en coche del centro de Madrid, Robregordo es también un atractivo para madrileños descontentos. Algunos llegan por los precios de la vivienda —una casa se puede alquilar por menos de 500 euros— mientras que otros simplemente tratan de de alejarse del frenesí del centro. Hasta hace poco el pensamiento general era no alquilar a gente de fuera. “Preferían tener las casas cerradas”, señala la alcaldesa. “Es casi imposible encontrar nada. La mentalidad es un poco cerrada”, dicen Javier y Beatriz, de 46 y 43 años respectivamente, una pareja que se ha mudado desde el barrio de San Blas hace año y medio en busca de “paz interior”.

“No todos pueden permitirse vivir aquí. La oferta laboral es prácticamente nula. Nosotros hemos venido porque nuestro trabajo como decoradores nos lo permite”, cuenta ella. Robregordo encabeza también otra lista, la del lugar con menos trabajadores en la Comunidad de Madrid: nueve en total según el Atlas de Movilidad de la Residencia - Trabajo de la Comunidad de Madrid de 2024. Todos ellos son, según el consistorio, empleados temporales del Ayuntamiento que contratan de año en año gracias a subvenciones. Solo el jardinero vive en Robregordo.

“Es sencillo, aquí no hay nada”, dice Javier. “Emprender es una misión imposible. En un lugar tan pequeño sin padrino no eres nadie. Hemos intentado alguna iniciativa, y la gente es agradable, pero la cerrazón es muy grande”, sostiene. “Tenemos claro que no envejeceremos aquí. Casi nadie de los que vienen de fuera creo que lo hagan porque la falta de oportunidades es muy grande y los inviernos demasiado duros”, finaliza Beatriz.

Cuando el avispón ya ha pasado de largo, Antonio Casanova cuenta que él, en realidad, tampoco es de aquí. A Casanova le cambió la vida en el verano del 68 al desembarcar en Robregordo sin tener la más remota idea de dónde estaba. Era un joven dicharachero que llegaba de Córdoba y que venía acompañado de una cuadrilla de otros 20 ferroviarios militares a los que el ejército envió a este enclave para trabajar en las vías del tren que conectó Madrid y el País Vasco y que inauguró el mismísimo Franco. De aquella veintena de adolescentes, cinco de ellos “triunfaron” —es decir, se enamoraron—. En su caso, su amor por Juliana fue fulminante. “A mí Antonio me gustó desde el principio. Aquella inmigración revitalizó el pueblo. Incluso montaron una orquesta”, rememora ella.

Juliana y Antonio aguantaron en Robregordo la mayor parte de su vida mientras que muchos optaban por probar suerte en Madrid. Juliana lamenta que Robregordo es hoy “un pueblo nuevo”. “No lo conozco. Yo estoy muy aburrida. No hay tiendas, no hay nada. Los que llegan se instalan en la carretera y esto está vacío. Cuando necesito algo y no puedo alcanzarlo me pongo muy nerviosa. Antes bajaba en autobús a Buitrago y me hacía la compra. Pero ahora Antonio camina con andador y no se puede quedar solo. Para mí ya está todo hecho, solo me queda esperar que el tiempo pase hasta el domingo”, sentencia.

A Juliana le quedan los domingos. Las misas en la Parroquia Santa Catalina salen adelante gracias al último forastero en llegar a Robregordo, el párroco Antonio Alba, de 63 años, que procede de la Parroquia de San Ginés de la calle Arenal en pleno centro de Madrid. El hombre es un montañero introspectivo que sube hasta las lomas para rezar entre pinos. Ha pasado de oficiar para 300 personas a hacerlo para tres. “Hay dos formas de acercarse a Dios. Una es la palabra. La otra, la naturaleza”, reflexiona. “Aquí tengo un silencio inenarrable”, señala mientras se pierde por las vías de tren abandonadas, jugando con las piedras para ver si salen chispas. “La soledad del hombre o es buscada o es impuesta. Ese es el problema de estos sitios, que a los lugareños se les ha impuesto la soledad y no pueden hacer nada. Este mundo, lo quieran o no, ya no es el mismo”, afirma mientras se aleja por un camino que, todo recto, le llevaría hasta Chamartín.

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