Planes para quedar y reencontrarse en Madrid con vino y helado
Alquimia Vinos, Gran Vía 18 y Kala proponen vinos naturales, una noche de copas en una azotea y un helado griego ideales para los reencuentros de fin de verano


El último fin de semana de agosto tiene un sabor particular: no es del todo verano, pero tampoco es rutina. Se trata de un momento plagado de reencuentros postvacacionales en el que se mezclan fotos, anécdotas, cierta pereza y el intento por recuperar el ritmo. Para quienes regresan a Madrid —o nunca se fueron—, hay lugares que permiten retomar las conversaciones pendientes sin necesidad de grandes planes.
Madrid te enreda recomienda tres espacios donde encontrarse sin demasiadas reservas —en ningún sentido—: Alquimia Vinos, un bar de vino natural en Justicia; Gran Vía 18, un restaurante con brasas y azotea en el antiguo Hotel Roma, y Kala, un local de yogur helado en el barrio de Salamanca que gira en torno a la idea del meraki griego. Lugares distintos, pero con algo en común: invitan a quedarse un rato más.
El paraíso de los vinos naturales
La Alquimia Vinos (calle de San Lucas, 15) nació casi sin querer, como las mejores fermentaciones. “Fue algo muy orgánico”, cuentan sus fundadores, Nicolás Marchand y su socia, Julieta Pasella, que venían de trabajar en La Cruda, otro templo del vino natural en Arganzuela. “Estábamos en una pausa laboral y vimos una oportunidad en un sector aún poco desarrollado en Madrid”. En apenas tres semanas ya tenían local y una primera clientela que se fue quedando. Luego vino el segundo espacio, en la calle Galileo, 32.

Aquí no hay carta de vinos. “Nuestra sumiller, Kika Toro, elige las referencias cada semana y las vamos ofreciendo según lo que llega y lo que apetece”. Españoles, franceses, húngaros o italianos, los vinos son siempre naturales y siempre llegan con cata y explicación por parte del equipo. “Buscamos sorprender”, dicen.
Desde hace unos meses, además, la propuesta crece con la cocina de Aaron Santana, chef formado en Donosti, que aporta platos muy variados. El resultado es una experiencia ideal para pasar el sábado por la noche con tu persona favorita y poneros al día tras las vacaciones. No se puede reservar: se llega, se pide y, quien quiere, se queda. El ticket medio está en torno a los 30 euros.
Un helado a la carta
En el barrio de Salamanca ha abierto Kala (calle de Narváez, 37), un local de yogur griego helado que gira en torno a la filosofía del meraki, esa palabra griega que alude a hacer las cosas con alma, cuidado y atención al detalle. La propuesta parte de una idea sencilla: ofrecer un postre a base de yogur natural y kéfir, sin aditivos y con posibilidad de personalizarlo al gusto con toppings elaborados en su propio obrador.
Tarrina, cucurucho o tulipa; fruta fresca, granola, miel, crema de pistacho o compotas caseras. Todo bajo una estética blanca, de líneas suaves y madera clara, que replica un imaginario mediterráneo que se ha vuelto familiar en ciertos rincones de la ciudad. La fundadora, Nerea Albors, ha abierto ya seis locales entre Madrid, Sevilla y Málaga, con una identidad construida entre la imagen cuidada y el discurso del bienestar.
Kala busca ofrecer a sus clientes una pausa amable de la rutina con ingredientes reconocibles y un aire importado de Grecia. El resultado es un postre cuyo precio ronda los cinco euros y cuyo sabor invita a degustar con ligereza en un espacio que invita al Mediterráneo.
Una cena bajo la loba de Madrid
Gran Vía 18 ocupa las dos últimas plantas del edificio que durante décadas albergó el Hotel Roma, uno de los primeros que abrieron en la arteria central de Madrid. En la quinta y sexta planta del número 18, dentro del espacio WOW Concept, este restaurante reúne cocina a la brasa, reinterpretación del tapeo castizo y coctelería en una puesta en escena que simula un apartamento privado con referencias al diseño de los años setenta.

La cocina está a cargo del chef Jairo Jiménez, que combina técnicas contemporáneas con productos tradicionales: croquetas semilíquidas con velo de panceta, chistorra de Arbizu con piparras dulces, puerros al estilo calçot o carnes como la chuleta de vaca vieja madurada o el t-bone trinchado. También hay pescados como el chipirón de anzuelo o el rodaballo con salsa meunière. En la parte dulce, el pastelero Carlos López propone elaboraciones como un coulant de chocolate con helado de caramelo, arroz con leche en textura de risotto o una tarta de queso Payoyo.
En la azotea, con vistas a la Gran Vía y a la calle Clavel, se ofrece una carta más breve centrada en bocados rápidos: brioches, buñuelos, patatas bravas y cócteles firmados por Daniel Regajo. El menú del día cuesta 18,50 euros. El precio medio por comensal es de unos 60 euros.
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