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La vida sin tiendas en la Palencia vacía: “Hacemos compras grandes en la ciudad y cuando nos falta algo tiramos de vecinos”

La despoblación de Tierra de Campos deja a cientos de municipios sin comercios aparte de camiones ambulantes o bares multiusos

Miguel Jímenez y Marta Parra, en el bar de Torremormojon.Emilio Fraile

La tienda de la Nieves, que era tienda, casa, bar, teléfono, quiosco y salón de baile, ahora es la nada. Nieves murió y sus nietos demolieron el antaño foco de actividad social y económica en Torremormojón (Palencia, 40 habitantes). Ahora queda un solar sin más herencia comercial que el contiguo bar Trinquete, cerrado durante años hasta que el mallorquín Miguel Jiménez, en un volantazo vital tras 14 en Jamaica, se instaló y reabrió hace meses. Allí ofrece, en verano, alimentos básicos o productos de droguería. En invierno, como resumen los lugareños José Cordovilla y María Zaragoza, de 49 y 45 años, se apañan: “Hacemos compras grandes en la ciudad, en los furgones ambulantes y cuando falta algo tiramos de los vecinos”. La despoblada Castilla y León tiene 2.248 cabezas de municipio , más pedanías, de las cuales hay 945, un 42%, sin comercios más allá de los bares, claves para mantener el censo.

Marta Parra, de 52 años, se toma un verdejo charlando con Jiménez, de 59: “Aquí hay calidad de vida, el problema es que no hay gente y Miguel nos ha dado la vida”. Sus hábitos suponen compras grandes en Palencia y frutas y verduras, pan o ultramarinos a los camiones de reparto. Los miércoles, a Medina de Rioseco (Valladolid), día de mercado. El camarero y tendero hace compañía a la escasa clientela, agradecida: “Si no estuviera yo aquí no había ni Dios”. Los meses de calor, con Torremormojón animado, hace caja para el resto de estaciones y su bar se torna también tienda para complementar a quien ya viene “cargado” de la ciudad. Cordovilla y Zaragoza trabajan en Palencia, donde hacen compras recurrentes aparte del soporte de la venta ambulante. “En estos pueblos necesitas esas cosas porque si no no ves a nadie, el otro día nos faltaba vino y fuimos al bar”, resumen quienes con su huerta, gallinas y matanza resisten para complementarse en el cercano Ampudia. “Una tiendita no tendría sentido, en invierno somos 12”, admiten. Es pesimista Juan Carlos Díaz, de 62 años, temiendo que si el bar se hace tienda “dejen de venir las furgonetas, los tenderos de toda la vida vienen con frutas o ultramarinos, igual si abren otro comercio dejan de venir y no ganan ni unos ni otros”.

Torremormojón ilustra un escenario común en la inmensa Castilla y León, con desiertos comerciales en distintas áreas del territorio: el 42% de los municipios sin tiendas suponen 85.981 personas afectadas, según la Consejería de Comercio, en apariencia pocas pero con un matiz. El Instituto Nacional de Estadística revela que de los 2,42 millones de habitantes de la región, el 82% vive en núcleos de más de 1.000 habitantes; así que un 20% de los habitantes rurales carece de tienda en su pueblo. El presidente de la Confederación de Comercio de Castilla y León, Adolfo Sáinz, tilda de “héroes más que empresarios” a esos comerciantes. “No solo abastecen a muchos mayores que no pueden salir para comprar, son puntos de encuentro de supervivencia, la relación no es solo comercial”. “Es difícil mantener un negocio con tan poca venta. Los gastos son los mismos: cuota de autónomos, alquiler del local, sueldos de empleados, luz, impuestos, inflación… y menos clientes. Los mayores se mueren y los hijos no compran. Cuando una tienda de pueblo cierra, se cierra el mismo pueblo”, lamenta. Portavoces de la Consejería de Comercio achacan la caída a un descenso global del comercio de proximidad, así como “la dispersión territorial y pérdida de población” en esas localidades, lastre para el “relevo generacional”. La Junta aporta ayudas como cheques para los emprendedores en sus reformas o aperturas o programas para impulsar ese relevo.

La tienda de ropa El Baúl de Pili, en Valderas (León, 1.500 habitantes), al noroeste de Tierra de Campos, lucía este verano este cartel: “Querido Vecindario: a todas las personas que os sintáis solas, podéis entrar solo a charlar. Podemos hablar de lo caro que está to, del tiempo, de cómo están tus hijos o de qué vamos a hacer de comer”. Pilar Pomarino, de 40 años, vende ropa, zapatos o bisutería y regala compañía. “Tengo calidad de vida pero el pequeño comercio es duro en todas partes, damos un servicio personalizado que no da Zara”, esgrime, valorando el factor humano de conocer a su clientela y charlar aunque no siempre desembolsen: “Emprender es duro y en verano hacemos el agosto, no hay que caer en el todo mal, cuando hay confianza te cuentan sus cosas y hay clientes que ahora son amigos… y amigos que no son clientes”. Su clienta y amiga Alejandra Alonso, de 48, ensalza la “cercanía” de la vida rural y disponer de comercios como este: “Si vas a la capital a comprar, se acabó, por lo menos que quede algo en el pueblo”. Al lado, una casa desvencijada, abandonada hace años, con un mustio cartel de se vende. Ese activismo vecinal quizá suponga pagar más que en una multinacional pero a cambio se obtienen intangibles, defiende Alonso: “La gente necesita conversación y pasa como todo, que cuando cierra lo echas de menos, es fácil ir a un centro comercial y cogerlo todo de golpe”.

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