Sanabria se une para gestionar el monte contra el fuego: “El bosque nos come”
El riesgo de que el crecimiento de árboles y arbustos cerca de las casas las ponga en peligro de incendio impulsa un proyecto comunal de ayuntamientos y vecinos de Zamora


Las manchas grises sobre el manto blanco de la nieve siguen recordando hoy que allí hubo fuego en verano. Los pequeños núcleos de la zona de Sanabria (Zamora) temieron que los incendios entraran en sus pueblos, rodeados por bosques salvajes donde antes hubo terrenos de labranza o parcelas desbrozadas por las vacas. La despoblación conlleva que haya más masa forestal y que árboles y matorrales crezcan solo a unos metros de las casas, aumentando así el riesgo de que si se incendian afecten a zonas habitadas.
Este riesgo ha sido clave para la creación de Forgarero, un proyecto de revalorización de los activos forestales en Galende, Requejo y Robleda-Cervantes (1.600 habitantes entre todos). Sus ayuntamientos se han unido para animar a su vecinos, minifundistas históricamente recelosos de lo comunal, a ceder sus tierras para que sean administradas con criterio y sacar partido de su madera o recursos y, de paso, atenuar los incendios. El problema: la desgana general, las herencias fraccionadas y las mentes cerradas.
La directora de Forgarero, Olga González, se sienta en la Casa del Parque del Lago de Sanabria con los alcaldes Paco Rodríguez, (Robleda-Cervantes, independiente), Santiago Cerviño, (Requejo, PP) y Miguel Ángel Martos (Galende, PP siguiendo un plan aprobado antes por el PSOE). Distintos colores en tres núcleos con 19 pedanías pero mismas ideas donde el individualismo agrícola y social de poco ha servido.





González, también jefa de la Federación de las Asociaciones Forestales de Castilla y León, explica que Forgarero, con fondos del Ministerio de Transición Ecológica, nació en 2023 para administrar activos rurales abandonados colaborando con los lugareños. “Somos muy individualistas, pasar de gestionar tu finca a una gestión conjunta es difícil de entender pero tenemos que dar confianza, generar economía local y aprovechar que los incendios han sensibilizado”, destaca. Primero han elaborado un estado de situación a partir de informes selvícolas, cartografía del uso de los suelos y de las masas forestales y cálculos sobre las zonas arboladas para presentar a los Consistorios diseños de anillos de seguridad que rodeen los pueblos y que, si asoman las llamas, no puedan avanzar. Los alcaldes también preparan ordenanzas para poder intervenir en los suelos abandonados y enviar la factura al dueño, aunque en eso chocan contra las herencias divididas. Ahora lo que toca es implicar: ya han participado 210 propietarios y se han cedido 260 hectáreas, cifra que desean incrementar.
Y en ello andan. Cerviño sostiene que a los vecinos “no les cuesta nada” y se podrán beneficiar de la extracción de madera y de la ganancia de pastos para el ganado, amén de las garantías contra el fuego. “Está costando pero la gente se va mentalizando y se lo cuentan entre sí”, añade, como en Robleda, cuyo alcalde celebra la buena acogida y desgrana su contexto: “En Sanabria está muy arraigada la herencia, somos reacios a ceder fincas, pero el bosque nos come; tienen que ver que si hay un incendio en el pueblo la culpa es nuestra”. Martos comenta que hay una gran diferencia generacional entre los jóvenes, que en estas zonas incluye a personas de 50 años, y los veteranos: “Algunos preparan la mundial por las lindes y otros pasan”. Todos confían en la observación y que los paisanos, al ver que el vecino tiene la parcela cuidada y saca rédito, decida imitarlo y amplíe el alcance del plan. Lo malo, que si muchos participan y algunos no, esos suelos quedarán asalvajados y si hay llamas de poco servirá el trabajo. Morán ejemplifica: “Somos como Santo Tomás, tenemos que meter el dedo en la llaga y verlo”.

Una Citroën C15, bólido rural oficial, traquetea hacia Vigo de Sanabria (140 habitantes), donde entre las casas olvidadas, arroyos callejeros y pavimentos levantados hay, literalmente, bosques. Allí teletrabaja el consultor David Pedrero, de 36 años, y clave para la pedagogía local. Lamenta que el alcalde pedáneo no se afane mucho y que la gente carezca de un “líder social” que los informe sobre este proyecto. “Convencer es complicado, lo digo en los chats del pueblo, tienen que entenderlo sin palabras raras y que vean que en otros lados funciona y que nadie se ha propasado con las tierras”, arguye, de nuevo con la brecha generacional: los jóvenes lo comparten y los mayores se pliegan “aunque tengan la finca muerta de risa”.
En Robleda (80 habitantes) el ganadero Manuel Ramos, de 60 años, saluda en el bar, con una foto enmarcada de hace décadas, cuando había cultivos y no robles y robles. “¡Es fundamental! Los pueblos se van cerrando, ya no podemos ni pasar a limpiar el bosque ni sacar partido para el ganado”, reprueba, con selvas ideales para los lobos. El hombre censura que sus vecinos conservan “las fincas de nuestros padres” pero no las optimizan y, al abandonarlas, las convierten en riesgos para todos. Olga González asiente: “A tus hijos les estás dejando un problema”. Ramos, en el terreno donde rumian sus vacas, señala hacia un punto indeterminado entre la maleza, con un bosque tupido y oscuro: “Cuando tenía 20 años desde Robleda se veía Cervantes. Ahora nada”.

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