Un día con Alegría, ‘road movie’ en Los Monegros
La candidata socialista se queja durante una jornada por el Bajo Aragón del tratamiento del PP: “Somos adversarios políticos, pero me miran como a una enemiga”

Pilar Alegría (Zaragoza, 48 años) desayuna un café que pide para llevar en el bar de debajo de su casa. Lo enseña, ilusionada, quizá demasiado para ser un café en vaso de cartón. “Estos días no desayuno”, dice. Lleva un jersey morado y un vaquero gris. Sonríe un montón. También sonríe en el cartel electoral, pero es que esa foto se la hizo después de comerse una pantera rosa. No hay nadie de su generación que no sonría después de eso, incluso delante del cardiólogo. Marcos Cebrián, fotógrafo de campaña, cuenta que le hizo las fotos en su momento más relajado. “Me comí el pastelito y posé”, confirma Alegría. Por Alegría, por tus derechos es el lema de la campaña (ofrecer una candidata apellidada Alegría a unos publicitarios es darles el día libre).
Es miércoles 28 de enero, hace frío y llueve en Aragón, nieva en buena parte del país y los trenes acumulan horas de retraso. Es un día espantoso. Para colmo el socialista José Luis Ábalos abre las portadas porque acaba de renunciar a su acta de diputado. Pilar Alegría, exportavoz del Gobierno, se entera tarde. Acaba de subirse al coche después de saltar varios charcos, así que viene entrenada. “La corrupción siempre es dolorosa y claro que nos puede afectar electoralmente. Lo que hubiera sido demoledor es que se hubiera producido por financiación irregular. En el momento en que el partido saca fuera a Ábalos, la gente ya no está en esta historia. Y ahora que la justicia haga el trabajo que deba hacer. Lo que no puedes es pensar que no te puede pasar nunca”. Bebe café y coge el móvil para responder whatsapps.
Aparece a las 8.30. Deja el móvil entre los dos asientos del coche y recomienda rápidamente un clásico, Camino de sirga, de Jesús Moncada (Anagrama, 1988). El autor fallecido a los 64 años en Barcelona relata en esa novela la lenta desaparición del pueblo viejo de Mequinenza, en el enclave del Ebro, el Segre y el Cinca. Mequinenza era el pueblo de Moncada y es el pueblo renacido a unos kilómetros del viejo donde va a acabar hoy Alegría al atardecer. Pero antes, de mañana, se meten Toni, el chófer, ella y Rebeca Múñoz, su jefa de prensa, más de una hora en coche para llegar a Caspe. Los páramos del Bajo Aragón envuelven el Seat León en el que viaja. Radio con el volumen al mínimo, primero en la SER y luego en Radio Nacional. Mientras, cuenta el origen de la Fiesta del Compromiso que se recrea el 28 de junio en Caspe, cuando, para evitar una guerra civil entre los pretendientes al trono vacante en la Corona de Aragón, representantes de los territorios de Aragón, Cataluña y Valencia acordaron en Caspe delegar la elección del nuevo rey en nueve compromisarios. Y el 28 de junio de 1412, se proclamó a Fernando I poniendo fin pacífico a la crisis y sentando un precedente europeo de resolución de un conflicto dinástico.
“Una lección”, resume Alegría, que quince minutos después está vestida como para optar a la Corona. La espera en Caspe la prensa, miembros del PSOE de la localidad y Pedro Palacios, de Vestimentum, una asociación de profesionales de la confección, el patronaje y la recreación histórica. Un socialista local recuerda que esos enormes trajes y vestidos tenían mucha tela y mucha capa para que no se escapasen los olores personales de la época, que no eran fáciles. En los talleres de Vestimentum hay decenas de vestidos de época, impresionantes todos en su detalle. También un pequeño maniquí blanco idéntico, pero idéntico, al fantasma Casper. Pienso comentarlo en alto, pero finalmente envío un mensaje con la estupidez: poco pagamos por el móvil.
Palacios invita a Pilar Alegría a ponerse un vestido medieval y a posar delante del Castillo del Compromiso. Son las fotos que dan chicha a la campaña. Hace un frío de espanto, pero en el siglo XV sabían abrigarse, y Alegría está en su salsa al aire helado. Le proponen ir vestida así al debate previsto para el jueves. “¿Voy?”, ríe. En el campanario del Castillo del Compromiso hay cuatro enormes nidos habitados por cigüeñas. Castañetean sin parar. En el coche me documento: su castañeteo puede ser saludo entre parejas, refuerzo del vínculo en el nido, cortejo, defensa del territorio y respuesta a intrusos. Deben de estar también en campaña.
Una comitiva del PSOE de Caspe recibe a la candidata en la sede. Hay saludos, besos y abrazos de los militantes a Alegría, que da con ellos un paseo por el pueblo para recibir amor. Se lo dan. Y mensajes de ánimo y palabras de ánimo. Eso provoca en Alegría, y en cualquiera, la habitual distorsión estadística. Es el tradicional “la gente me quiere” y de eso pecan todos. Los pones de últimos en las encuestas, les saluda un vecino en el portal y aprietan los puños: “Ahí estamos”. Preguntada por esas encuestas, la candidata advierte que siente el cariño en la calle, que ve a la gente despierta y con ganas, que ojo cuidado. “Soporto ataques del PP diciendo que soy la vocera de Sánchez. Desde el minuto uno. Pero yo gané en mi propio partido para ser candidata. Y si cargan contra mí con ese desprecio es porque el 16 de diciembre dejé el Consejo de Ministros y el 17 ya estaba en campaña. Somos adversarios políticos, pero creo que no me miran como una adversaria: me miran como a una enemiga. Y para ganar no vale cualquier cosa, mantengamos un respeto”, dice. Alude después al error que cometió al decir, en una visita, Universidad de Teruel cuando es Campus. A Alegría no la cancelaron de misericordia por eso. “Estudié allí tres años, ¿crees que no sé qué es un campus? Dije Universidad, fue un lapsus. Pues bien: los ataques en redes han sido descarnados”, sonríe resignada.
Tras una reunión con la comunidad educativa de Caspe en el salón de un restaurante (donde se vuelven locos y sacan pinchos de chistorra, donuts, croquetas, ensaladilla, huevo frito con pimiento, café y vino blanco, todo antes de comer), se visita el colegio Alejo Lerena para las fotos y después los socialistas de Caspe y su candidata comen mitineramente en otro lugar, La marmita del Druida, entre banderas. ¿No se cansa Pilar Alegría? “No me da tiempo”, confiesa. “Es mucha adrenalina, mucha gente ilusionada a tu alrededor”. En el coche, ni una cabezada, ni siquiera después de comer. Y hay mucho coche. Ahora se dirige a la Franja de Aragón, a Nonaspe y Mequinenza, zonas catalanohablantes. En Nonaspe visita una maravilla, el Museo Etnológico, y el club de jubilados.
Recuerda, de camino, cuando la llamó Pedro Sánchez en 2021. Tenía una llamada perdida de un número que no conocía. Luego ese número le envío un whatsapp. “Soy la secretaria del presidente. El presidente quiere hablar con usted”. ¿Pensó que podía ofrecerle un ministerio? “En la puta vida”. Pilar Alegría estaba saliendo del dentista, pagando concretamente, y así se lo dijo a Sánchez cuando ya lo tenía al teléfono. Sánchez le estaba diciendo que quería afrontar una “nueva etapa”. “Qué importante se está volviendo el Invisalign”, debió de pensar la que cobraba.
El presidente le dijo a Alegría que contaba con ella en el Ministerio de Educación y le pidió, eso sí, discreción hasta que se anunciase. “Pero si mi madre se entera por la tele, le da algo”, dice. Llamó a su hermana, que se alegró muchísimo por ella y le colgó diciéndole que la llamase luego, que ahora estaba en la cola de la panadería. Llamó a su madre, que le dijo que no contase nada, por si el presidente se hubiese equivocado de Pilar.
Anochece de vuelta a Zaragoza mientras el coche cruza silencioso Los Monegros. No desconectará al llegar a casa, leerá la prensa, estudiará los papeles del día siguiente, cenará algo ligero, pondrá la radio de fondo. No habrá tele. Suspira en el coche, asiento del copiloto, mirando la enorme estepa dominada por el cierzo de Los Monegros. “Hasta los 30 años todo va despacio, tanto que parece que será para siempre. Pero a partir de los 40, esto vuela”.
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