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El Aragón que fue tierra de General Motors aguarda ahora en tensión el gran desembarco chino

Una fábrica de baterías para coches eléctricos implicará la llegada de hasta 2.000 trabajadores del país asiático a un área de Zaragoza ligada al sector automovilístico desde los ochenta

Las tierras aragonesas que hace más de 40 años emprendieron una drástica transformación de zona agraria en zona industrial gracias a la irrupción del gigante estadounidense General Motors aguardan hoy en tensión un multitudinario desembarco chino. Es una historia que puede contarse en solo dos generaciones de la familia Berges. Trabajador del campo nacido en el 36, Germinal Berges fue uno de los muchos aragoneses emigrados a Alemania en los 60 en busca de oportunidades. Las encontró como minero en Ludwigshafen y como albañil en Mannheim. No fue fácil. Como a tantos, alguna temporada le tocó vivir en barracones. Pero a la vuelta le esperaba un golpe de fortuna. General Motors eligió Figueruelas, cerca de su pueblo, Pedrola, para instalar una planta, que abrió en 1982 tras una inversión de 100.000 millones de pesetas, en torno a 3.000 millones de euros de hoy, teniendo en cuenta la inflación. Entre los miles de operarios reclutados estuvo Berges. En mantenimiento, sí, el escalón más bajo. Pero en un trabajo estable. “Para la zona, fue un revulsivo brutal. Para nuestra familia, como si nos tocara la lotería”, cuenta su hija Manuela Berges, de 58 años.

La relación de la familia con la planta zaragozana no acaba ahí. La hija de Germinal, Manuela, es hoy alcaldesa de Pedrola, lo que la convierte en parte del grupo de regidores de la zona que esperan, recibiendo información a cuentagotas, la llegada de hasta 2.000 trabajadores chinos para poner en marcha una gigafactoría de baterías para coches eléctricos que supone la mayor inversión histórica del país asiático en España, justo al lado de la planta que hace más de cuatro décadas era de General Motors y hoy es del conglomerado multinacional Stellantis.

Al margen de todo lo que dice este traslado de operarios especializados chinos a Figueruelas sobre un sector —el del automóvil— en plena convulsión y en el que Pekín saca músculo, los nuevos vecinos llegados de Asia pondrán a prueba la capacidad de acogida de los pequeños pueblos que salpican la zona. “No tanto como algunos temen, pero va a ser un desafío”, dice Manuela Berges, alcaldesa de Pedrola (PSOE), pensando sobre todo en la posible tensión del mercado de la vivienda, pero también de los servicios sanitarios.

General Motors, PSA, Stellantis

Desde que en 1982 salió el primer Opel Corsa de la planta, en Figueruelas (1.300 habitantes) no han dejado de fabricarse coches. Pero el fabricante ha ido cambiando. En 2017, el grupo PSA, propietario de Peugeot y Citroën, compró Opel a General Motors. Adiós a los americanos. Cuatro años después, al frente de la planta quedó Stellantis, grupo nacido de la unión de PSA y Fiat Chrysler, que actualmente tiene unos 4.000 trabajadores y fabrica unos 300.000 coches al año en la planta zaragozana, expone un portavoz de la compañía. Los modelos que ensambla son el Peugeot 208, el Opel Corsa y el Lancia Ypsilon, en versiones tanto de combustión como eléctricas.

La noticia bomba llegó hace poco más de un año, cuando Stellantis y CATL anunciaron la creación de una empresa conjunta para invertir “hasta 4.100 millones de euros” en una planta de baterías de litio para coches eléctricos en Figueruelas. La previsión de sus promotores, que ya trabajan para levantar la fábrica junto a las instalaciones en las que Stellantis arma ahora sus vehículos, es que la nueva factoría empiece a producir baterías a finales de este año.

Hasta ahí, podría parecer uno más de los muchos proyectos milmillonarios que pueblan la prensa de Aragón, cuyo presidente, Jorge Azcón (PP), en plena campaña para su reelección en los comicios del 8 de febrero, no deja de encadenar anuncios de inversiones de gigantes tecnológicos y energéticos que prometen un futuro dorado. Pero este caso aporta una novedad que lo hace diferente. Para levantar el proyecto, llegará a la zona un abundante contingente de operarios especializados chinos. Los trabajadores del país asiático, hace solo unas décadas un destino de deslocalizaciones en busca de mano de obra barata, ahora vienen a enseñar cómo se hacen las cosas en un sector con un futuro deslumbrante.

¿Cuántos vendrán? Ni Stellantis ni CATL dan un dato oficial. Pero sí el Gobierno de Aragón, que asegura a través de un portavoz que “para la puesta en marcha de la gigafactoría” llegarán de China “entre 1.500 y 2.000 trabajadores especializados”. La parte alta de la horquilla, 2.000, es un dato similar al que manejan alcaldes de la zona, entre los que, junto a la ilusión por la nueva inversión, cunde también cierta inquietud. Marcos Lahoz, regidor de Grisén (630 habitantes), del PSOE, asegura que el Gobierno de Aragón le advirtió de que debía acoger a 200 trabajadores chinos. “No tenemos capacidad para eso”, advierte sentado en su despacho ante un mar de papeles. Manuela Berges, también del PSOE, cuenta que el Ejecutivo regional le ha trasladado que Pedrola (3.800 habitantes) tendrá que “soportar alguna incomodidad”. Ella afirma que está más que dispuesta a arrimar el hombro, porque sabe —lo sabe por familia— lo mucho que debe Pedrola a la industria del coche, pero confía en que haya también ayuda de las compañías y del Gobierno autonómico. En Figueruelas, su alcalde, Luis Bertol (PP), prevé instalar a trabajadores en viviendas prefabricadas, según contó a la cadena SER.

Venir, enseñar, marcharse

La primera piedra de la fábrica de baterías, que se beneficiará de 300 millones en ayudas públicas para el vehículo eléctrico, se colocó en noviembre, en un acto al que acudieron el presidente Azcón, el ministro de Industria, Jordi Hereu, y el embajador chino, Yao Jing. En las instalaciones de Stellantis ondeó por un día la bandera del país asiático. No obstante, el gran desembarco de operarios llegados de China aún no se ha producido. Es fácil ver entrar y salir a algunos trabajadores de rasgos orientales, algunos llamativamente jóvenes. Pero poco más. “De momento, son pocos. Causan curiosidad, pero se mezclan poco con nosotros”, afirma bajo condición de anonimato un veterano trabajador de Stellantis ávido de unas noticias que no llegan.

José Juan Arceiz, de 57 años, empleado de la planta desde 1989, afirma que la llegada en abundancia de trabajadores chinos “no se producirá hasta final de primavera”. Y que, en cualquier caso, no hay que “magnificar” el impacto de los famosos 2.000, porque no estarán todos a la vez. Como máximo, habrá 800 al mismo tiempo, calcula el secretario del comité empresa europeo de Stellantis por UGT, que afirma que la compañía está pensando en alquileres de viviendas y reserva de hostales utilizados para temporeros agrícolas para acoger a los trabajadores chinos el tiempo que estén.

¿Cuánto tiempo será? Arceiz no lo sabe, pero sí recalca, para disipar un temor muy extendido, que no vienen para trabajar en la fábrica cuando esté acabada, sino para montarla y ponerla en marcha. “En Europa no sabemos cómo se construye ni cómo se trabaja en una gigafactoría así. Así que tienen que enseñarnos. Luego, poco a poco, se irán yendo”, explica. Así lo afirma también Stellantis a preguntas de este periódico: los 4.000 empleados cuando la planta esté a pleno rendimiento serán “locales”.

El proceso sería entonces similar al de los 80, cuando en el arranque de la fábrica original participaron numerosos trabajadores de Estados Unidos, Japón y Alemania —a Germinal Berges esto le vino bien para conseguir el trabajo, por sus conocimientos de alemán—, pero al cabo de un tiempo volvieron a sus países. Fran Cires, trabajador de la compañía de 1988 a mayo de 2025, miembro durante 18 años del comité de empresa por CC OO, afirma que es “lógico” que, en un sector en el que hay tanta “incertidumbre”, circulen rumores sobre lo que puede suponer la irrupción de un titán chino como CATL. Pero recalca: “Ojo, en la fábrica de baterías hay invertido mucho dinero público. Esto tiene que ir ligado a una continuidad de la producción de Stellantis y a una garantía del empleo local. Si no, habrá que ser reivindicativo”.

Un “ojeador” buscando casas

En la calle, en los pueblos próximos, dos sustantivos describen el ambiente: expectación e incertidumbre. “¿Que si hay chinos? Pues sí hay, sí. En mi pueblo era impensable ver a uno a no ser que se hubiera perdido, y ahora ha venido a verme un señor chino”, cuenta con desparpajo José Luis García, un agente inmobiliario de 59 años de Boquiñeni (740 habitantes), que afirma que en diciembre recibió la visita de un “ojeador” del país asiático en busca de inmuebles. No explicitó que fuera para trabajadores de la gigafactoría, pero a García le parece una posibilidad más que verosímil. Cuenta que le enseñó casas en tres pueblos de la zona. “Las buscaba amplias, que no fueran caras. Me dijo que volvería después de Navidades”, recuerda. Pero no ha vuelto a dar señales de vida, explica García, que cree que la llegada de tantos nuevos vecinos podría ser “lluvia sobre mojado” en el precio del arrendamiento en la zona, que ya va para arriba: “El alquiler en Pedrola y Figueruelas está ya en 650, cuando hace poco estaba en 350-400”. Cree que en 2026 subirá aún más. Es el tipo de impacto que le preocupa a Manuela Berges, alcaldesa de Pedrola.

En Grisén, un pueblo justo frente a la fábrica de Stellantis, Félix Alegre, de 47 años, dueño de una pequeña tienda de alimentación, se frota las manos ante la posibilidad de que el nuevo proyecto permita repetir lo que en su momento supuso la llegada de “la Opel”, que es como muchos llaman a la fábrica original. Entonces los trabajadores extranjeros, esos que se acabaron yendo, insuflaron mucha vida a comercios y restaurantes de la zona. Pero tiene dudas de que el fenómeno se repita. La china, especula, le parece una comunidad algo más cerrada. Le cuesta imaginarlos llenando los bares de la zona. Eso sí, ha oído que ya hay un proyecto de restaurante chino en Alagón (7.500 habitantes), otro pueblo próximo. “Si de verdad vienen 2.000, habrá que cambiar la carta”, bromea Alegre en la barra del bar donde tiene lugar la charla, a poco más de diez minutos en coche de Pedrola. Allí, en Pedrola, sigue viviendo Germinal Berges, que este año cumplirá 90 años y seguirá viendo cambiar la piel de su tierra.

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