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El juicio del asesinato del canónigo de la catedral de Valencia destapa los fantasmas de don Alfonso

Un jurado popular delibera sobre la culpabilidad del único acusado del crimen en 2024 de un miembro de la cúpula eclesial que alojaba a indigentes en su casa a cambio de sexo

El canónigo de la catedral de Valencia, Alfonso López Benito, conocido en los cenáculos eclesiales como don Alfonso, siempre fue un pastor ejemplar. A sus 79 años, este asesor del arzobispo de la ciudad, Enrique Benavent, operaba con la discreción de un fiel soldado de la ortodoxia en su micromundo de secretos y oración. Doctor en Derecho Canónico, juez de la canonización de 250 mártires de la Guerra Civil y profesor universitario, su vida carecía de mácula en plena senectud.

El 21 de enero de 2024 esta impoluta fachada se desmoronó. El hallazgo del cuerpo sin vida del religioso en su casa de la calle Avellanas, tras el palacio arzobispal, en el corazón de la Valencia histórica, reveló una verdad incómoda. El sacerdote, que fue encontrado desnudo sobre su cama, boca arriba, con la cara marcada por fuertes arañazos y signos de asfixia, llevaba una doble vida. Durante años, decenas de indigentes, discapacitados y toxicómanos desfilaron por su piso para mantener sexo a cambio de un plato de comida, alojamiento o sumas que partían de los 60 euros, según los investigadores. El canónigo incluso contaba con la protección de un rumano, Margarit, de mirada penetrante e intimidatoria. Él le protegía de las frecuentes rebeliones de sus vulnerables invitados en una finca en la que los vecinos se habían quejado del ruidoso trasiego humano.

Un jurado popular de nueve miembros ha deliberado en la Ciudad de la Justicia de Valencia esta semana la inocencia o culpabilidad del único acusado de la muerte de don Alfonso: un cocinero peruano especializado en ceviches que estaba en situación irregular. A sus 43 años, el procesado recurrió al párroco para garantizar su subsistencia. Desde que llegó a Valencia para asistir a la boda de su prima, en abril de 2022, el reo sobrevivía con pequeños trabajos en negro como albañil o recolector de naranjas. La Fiscalía pide para él 28 años de prisión por asesinato, robo y estafa. Y considera probado por las antenas de telefonía móvil que, la noche del crimen, acudió a casa del religioso con un compinche colombiano que tiró a don Alfonso en su cama, le tapó la boca y ahogó su cuello lentamente. Después, le robaron su móvil, una tarjeta de crédito y otra de El Corte Inglés y sacaron 2.500 euros en cajeros. “¡No se dejen llevar por la desesperación de una persona que está acorralada!”, advirtió el fiscal Antonio Gastaldi al jurado, que integran tres ciudadanos latinoamericanos.

En paralelo a las disquisiciones penales, el juicio del asesinato de don Alfonso ha expurgado los secretos inconfesables del clérigo, que guardaba siete lápices de memoria en un cajón que no fueron analizados durante la investigación por decisión del juez que instruyó la causa. El portero de la finca donde el sacerdote vivió desde 2017 desveló que una vecina del antiguo domicilio de la víctima le advirtió alarmada del gusto del cura por subir a hombres vulnerables a su casa. Y que, en una ocasión, uno de sus invitados le dijo entre sollozos que don Alfonso le había tocado el culo y pensaba matarlo. Otro se quejó de que no le había pagado los 60 euros pactados por una felación. “Era repugnante”, valoró el conserje ante la mirada descolocada del jurado.

Don Alfonso tuvo su último escarceo el día de su asesinato con un hombre que tenía una discapacidad intelectual de más del 40% y al que conoció en una estación de autobuses. El joven relató ante el jurado que el cura le pagó 50 euros para que viajara desde Badajoz a Valencia. Y que, tras mantener relaciones sexuales con él, le tiró a los tres días de su casa porque decía que era muy infantil y pasaba demasiado tiempo jugando con el móvil. La exnovia del discapacitado confirmó esta tesis.

Un sexagenario amigo del canónigo, compañero de la promoción de Derecho de 1971, esbozó otra versión. Presentó al pastor como un hombre de fe. Un religioso ejemplar en un mundo secularizado y atenazado por el pecado. En su declaración, reconoció que advirtió a don Alfonso de los riesgos de subir a su piso a personas sin hogar. “Ayudaba a la gente por sentimiento cristiano. Era sacerdote”, relató para precisar después que, unos días antes del asesinato, tomó café con el cura en la céntrica plaza de la Reina y le sorprendió que rechazara varias llamadas de un sintecho.

El acusado –un hombre inexpresivo de mirada penetrante y pocos amigos, según confesó su prima- recordó que conoció al canónigo a finales de 2023. El cura le pidió su teléfono y después le invitó a su apartamento en el municipio costero de El Perelló. Allí, don Alfonso agasajó al cocinero con pollo, tinto de verano y paella. Y después, el religioso llevó a Valencia al acusado en su coche. El reo asegura que nunca mantuvo relaciones sexuales con el clérigo, que tenía instalado en su casa un sistema para silenciar el portero automático y disuadir así al aluvión de indigentes que trataban de contactar con él.

La relación entre el cura y el acusado se mantuvo incólume hasta el crimen. El cocinero indicó que su trato con el párroco siempre fue cordial, respetuoso, y no supo aclarar por qué el párroco le bloqueó por WhatsApp dos meses antes de la muerte. Defendió que la noche del asesinato no fue a casa de don Alfonso. Y que la pasó deambulando por el centro de la ciudad. Tras tomarse un kebab y unas cervezas, estuvo sentado en un banco junto a la Basílica de Valencia hasta las cuatro de la madrugada. Y quizá por eso las antenas de telefonía le sitúan en casa del canónigo, que se encontraba a 230 metros.

La defensa del acusado, que lleva dos años en prisión preventiva, reclama su absolución. Alega que el equipo de homicidios de la Policía Nacional no ha hallado en la casa del canónigo huellas, pelos o restos de ADN de su cliente. Y que tampoco existen imágenes de él en las grabaciones de las cámaras de seguridad de la zona. El abogado Jorge Carbó negó que su defendido fuera la noche del crimen a casa del clérigo, pero admite que sí usó la tarjeta del religioso tras su asesinato. Lo hizo, sostiene, porque se lo pidió su presunto compinche colombiano. Un supuesto hombre corpulento de 1,68 de altura que, según el acusado, le ofreció la mitad del botín de la tarjeta del párroco si conseguían averiguar el PIN. El reo llamó nueve veces a Cajamar haciéndose pasar por el cura tras su muerte. “Olvidé mi contraseña”, dijo a la operadora, que se negó a facilitarle la clave. “En menos de 24 horas, se detuvo al acusado. Había interés por pasar página. Se le pueden hacer todos los reproches del mundo al procesado por usar la tarjeta, pero no lo mató. El caso está lleno de flecos y dudas”, deslizó la defensa.

La policía enmarca al supuesto compinche colombiano en una treta imaginaria para despistar. Y el fiscal -que cree que el acusado destruyó su teléfono, que no pudo ser recuperado, horas después del crimen para borrar pruebas- reconoce que el cocinero no fue el asesino, pero que sí acompañó a un segundo hombre al piso del religioso. Y que este último, cuya pista la policía no investigó, fue el autor material.

Tras cinco sesiones inexpresivo, sin apenas pestañear, y eludiendo las miradas directas al juez, el acusado dedicó cinco segundos a su alegato final. “Soy inocente en realidad”, zanjó. Los nueve miembros del jurado –que requieren siete votos a favor para una condena- deliberan si compran su versión.

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