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La deserción silenciosa de los universitarios: “Ir a clase me parece una pérdida de tiempo”

Los profesores preocupados ante las bajas cifras de asistencia en las universidades catalanas

Imagen de archivo de alumnos de la Univesitat Autónoma de Barcelona.GIANLUCA BATTISTA

Aulas medio vacías. Cada vez con más estudiantes que aparecen apenas en fechas muy señaladas por el profesor o ya ni esto. Lo que hasta hace unos años era un problema puntual vinculado a dificultades económicas o necesidad de compaginar trabajo y estudios se está convirtiendo en una constante en las universidades. Un alarmante porcentaje de alumnos va a clase poco o muy poco. Un estudio de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) hecho público esta semana ha puesto cifras al problema: en algunas asignaturas se alcanza hasta el 60% de inasistencia. Entre la falta de interés y la imposibilidad de asistir hay una amplia gama de factores que explican esta tendencia, que se afianzó tras la pandemia.

El tiempo que “se pierde” para llegar hasta la universidad es uno de los argumentos más repetidos por los estudiantes para justificar tantos novillos. Pero también los enfoques pedagógicos a menudo anticuados que utilizan algunos profesores. “El transporte condiciona totalmente el asistir a clase”. Laura Pérez es investigadora del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals en la UAB. La Autònoma se encuentra en Cerdanyola del Vallès, a 45 minutos en transporte público desde plaza Catalunya, que se pueden alargar por tráfico, frecuencia e incidencias. Un problema que no es exclusivo de la UAB: “Me daba mucha pereza hacer dos horas de transporte público de ida, y dos de vuelta”, lamenta Jon Barrobés, estudiante de filología clásica de la Universitat de Barcelona (UB). Él vive en Piera (Anoia), y para ir a la universidad tiene que coger mínimo dos transportes distintos. “Hay clases muy saltables”, resume Barrobés. Pérez se suma a este argumento afirmando que “si físicamente cuesta mucho ir a clase y el profesor sólo lee PowerPoints pierdes el tiempo y el día”.

Precisamente, la calidad de las clases ha sido uno de los focos de debate en las redes sociales desde la publicación del informe. Muchos alumnos han expresado su malestar en el planteamiento de las asignaturas: “Me parece una pérdida de tiempo. Es más tentador ir a la cafetería”, asegura Paula Pérez, estudiante de ADE en la UB. Explica que si “el temario fuera más dinámico” su percepción cambiaría. “Empecé yendo a clase, pero me di cuenta de que hay profesores a los que no les gusta o no saben enseñar”, cuenta Jan Martí, estudiante de Periodismo en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y de Psicología en la UB. “Vi que si me saltaba una asignatura no pasaba absolutamente nada, y me empecé a plantear por qué tenía que ir a clase. Ahora sólo voy a las asignaturas que realmente me gustan”.

Josep Maria Reniu es profesor de Ciencias Políticas en la UB. Explica que, en sus clases, la asistencia media es del 50%: “Intento animar las sesiones con preguntas e interacciones”. Aun así, “eso no implica que en la siguiente clase vengan 20 personas más”, de hecho, ya en las dos primeras semanas de curso, “esta era del 70%”. Reniu reconoce que su asignatura se puede aprobar sin ir a clase, aunque sin llegar a profundizar en esos conceptos que sólo se adquieren de forma presencial. En este sentido, Laura Pérez opina que el problema es que “hay gente que estudia para tener un título y trabajar, no porque le guste”.

“El problema es independiente de la carrera”, añade el docente de la UB. Sergi Martín, profesor lector del departamento de Psicología de la Universitat Rovira i Virgili (URV), publicó en la red social X, un comentario haciendo referencia al absentismo: “En una asignatura de primero de educación infantil y primaria la asistencia está entre el 10 y el 20%”. Como Reniu, Martín intenta hacer dinámicas sus clases, pero se encuentra con la inasistencia desde el primer día y apunta que hay alumnos que no consideran útiles las clases, aunque no comparte esta opinión. “En mi caso no han llegado a ver como imparto las asignaturas para saber si les gusta o no”.

“No sé cómo solucionar este problema”, lamenta Reniu. El absentismo aumentó después del Covid-19, que demostró que había herramientas que facilitaban el hecho de estudiar sin ir a clase. Pero una vez pasada la pandemia, los alumnos no volvieron. En este contexto, la UAB ha elaborado el estudio L’Absentisme a les aules universitàries de la UAB (2026), para “mejorar la calidad educativa”, afirma José Luis Muñoz vicerrector de Formació i Innovació Docent de la universidad. De momento, el estudio no plantea soluciones directas, pero sí una línea a seguir: “Mejorar la orientación al alumnado preuniversitario”. De esta forma los alumnos podrán “ajustar expectativas” y se podrá actuar “de forma preventiva sobre el absentismo”.

Encontrar una solución no es fácil. Para Martín, “la respuesta pasa por la autonomía y la responsabilidad personal”. Ir a la universidad es una decisión y aunque la asistencia no es obligatoria, sí que tiene un “valor añadido”, expresa Reniu. El informe quiere apoyar la presencialidad: “Cuando las clases son comprensibles, conectan con los intereses y expectativas del alumnado y favorecen la participación y, por lo tanto, la asistencia mejora”, afirma Muñoz. Una experiencia en la que Jan Martí y Jon Barrobés coinciden. “Cuando ves que los resultados bajan y que no tienes el material necesario para aprobar, entiendes que es mejor ir a clase”, comenta Barrobés. “Me salto clase para hacer otras cosas, pero sé que no aprendo todo lo que podría”, Jan Martí.

El absentismo está sujeto a varios factores: calidad del contenido, cómo se enseña, la motivación de los alumnos y el transporte, entre otros. “Se trata de alinear docencia, organización, acompañamiento y vida universitaria para que la presencialidad tenga un sentido claro y compartido”, concluye Muñoz.

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