Pere Casacuberta, Nueva York 1984-2026: “No creo que haya nadie más que con tan poco se haya hablado tanto”
El título de campeón del mundo de cross provocó tanto impacto como el accidente que sufrió después: un documental cuenta ahora su historia


A punto de cumplir 61 años, Pere Casacuberta ha regresado a Nueva York. Visita Manhattan y una ardilla alegra su paseo por el Central Park. Igual que cuando estuvo en 1984. Ya mayor, ahora con un teléfono móvil en mano, repite la rutina de aquel juvenil que cruzó el charco por vez primera en su vida con la ilusión de pisar la meta que más le fascinaba de América. Aunque echa de menos las Torres Gemelas, el viaje resulta tan emocionante como entonces, porque ya tenía dicho y era sabido desde hace años que nada le gustaría más que volver a Nueva York.
Habla siempre de la ciudad, como si el título de campeón del mundo de cross que allí logró camino de los 19 años hubiera sido una consecuencia del viaje de un payés con afición a correr convertido en ciudadano soñador y no de la excelente carrera de un juvenil que se dio a conocer como el keniata blanco, el único todavía capaz de derrotar a los atletas de África. Volver al punto de partida ha sido decisivo para la realización del documental Pere Casacuberta, esprint trencat, coproducido por El 9 Nou, la Xarxa, RTVE y 3Cat y dirigido por Martí Roviró y Jordi Morató.
El estreno en Vic y Gurb fue tan masivo y celebrado por los más de 500 espectadores como esperado y festejado resultó para Casacuberta su regreso a Nueva York. La película funciona como catarsis colectiva, una manera de encontrar explicación a un fenómeno sorprendente y de contextualizar una gesta que no tuvo continuidad por múltiples factores, el más importante por un accidente laboral, y varios ajenos a Casacuberta, siempre hombre de campo y ahora también jardinero, convertido en un funcionario del ayuntamiento de Gurb.
A pesar de que la historia no cambia por un documental, revivir lo que pasó y pudo haber pasado invita a abrazar a la figura de Pere. “No creo que haya nadie más que con tan poco -que haya hecho tan pocas cosas- se haya hablado tanto” reflexiona ante el auditorio después de visionar una cinta de 55 minutos que le ha “gustado mucho” -precisa-, asombrado por el interés que despierta un currículo único por concreto, por la celeridad de la trama y la sensación de desencanto grupal, un recorrido que mereció también la música del grupo Ferguson en 2012.
Quizá porque su emotividad es contenida, ni siquiera se sabe muy bien qué piensa Pere Casacuberta sobre Pere Casacuberta, seguramente porque siempre sonríe de forma deliciosa, igual de simpático cuando corre que cuando habla, como si nunca se cansara ni sudara, el mismo atleta y persona en Gurb que en Nueva York. El sexto hijo de aquella familia de la Caseta de Masferrer que no tenía ni calefacción ni televisión vivió campo a través, de casa a la escuela hasta los 15 años, del aula al Club Atlètic Vic desde los 13 y desde siempre de la pista a Casa Tarradellas.
El rostro feliz, la poderosa cabellera rizada, la carrera ágil y desgarbada irrumpían radiantes en la niebla de la Plana. La dureza climática, la austeridad vivencial y la exigencia laboral no pudieron con su resistencia y jovialidad, incansable, alegre y despreocupado, siempre a su bola, eterno solitario -su vida en pareja fue efímera- y contrario a cualquier norma, como si nunca se hubiera tomado en serio el atletismo siendo el mejor, solo pendiente de Josep Maria Vilà, el técnico que dirigió su carrera y le convenció de que no era un turista ni un participante sino un ganador de Nueva York.
El carismático Casacuberta, al que le gustaba más entrenar que competir, se batió como el mejor pura sangre en el hipódromo de Meadowlands el 25 marzo 1984. Los últimos metros resultaron tan extraordinarios por la manera que superó al etíope Doju Tessema que se anunció una carrera fulgurante para aquel atleta que se convirtió de inmediato en un ídolo mediático en Cataluña en un año en que empezaba a funcionar Catalunya Ràdio y TV3. Tuvo un recibimiento apoteósico, fue requerido por los mejores programas y recibió telegramas de felicitación hasta de los reyes.

El paso del anonimato a la fama en un país falto de referentes deportivos fue igual de rápido que su carrera triunfal de ocho kilómetros: 21m y 32 segundos en Nueva Jersey. El título provocó tanto impacto como el accidente que sufrió siete meses después cuando una vagoneta repleta de carne cayó sobre su tobillo derecho y el maléolo quedó más maltrecho que el de Maradona. Aunque volvió a la pista, ya no pudo ser el maratoniano que soñaba, el atleta que prefería la tierra al asfalto, ni pudo recuperar la gracia de aquel junior imparable que ganaba todos las carreras, incluso el Mundial.
Nadie parecía preparado para digerir el éxito y afrontar después una fatalidad que nadie entiende aún cómo no se pudo evitar, ni de quién fue la culpa, más que nada porque no se sabe por qué un campeón que necesitaba tutela y recursos por parte de la federación y de la administración deportiva mantenía su condición de jornalero del campo y de la industria agroalimentaria, más expuesto a un accidente laboral que a una lesión, como si nada hubieran significado el viaje y la carrera de Nueva York. Tampoco está muy claro qué habría sido de un espíritu libre como el de Pere Casacuberta en una ciudad como Barcelona. El desconcierto general no obtuvo respuesta ni siquiera de Pere.
El dinero recibido fue escaso, los pagos se demoraron y Casacuberta no pudo comprar un reloj para su padre ni la radio para que su madre como quería desde que salió de Gurb. La precariedad era absoluta, todo estaba por hacer: falta de política y estructura deportivas, ausencia de inversión y de centros de alto rendimiento -el CAR de Sant Cugat se inauguró en 1987- y todavía faltaban ocho años para Barcelona 1992. Casacuberta perdió el paso y pasó a ser noticia por anunciar que se planteaba nacionalizarse andorrano y por ser elegido regidor del ayuntamiento de Gurb.
“La próxima vez que se hable de mi será cuando entre en una residencia” concluye Pere Casacuberta, expectante y feliz, en paz consigo mismo después de haber podido volver a Nueva York y constatar que jamás caerá en el olvido de la gente, sobre todo de la que siempre le considerará su ídolo y no olvidará aquel año 1984 en Nueva York.


























































