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El Adriano de Marguerite Yourcenar se encarna en Lluís Homar en una gran noche de teatro en Barcelona

La platea del Romea puesta en pie aplaude la extraordinaria lección teatral del actor

Lluís Homar, en 'Memorias de Adriano'.jero morales (FESTIVAL DE MÉRIDA)

Antínoo había muerto. “Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbarse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, y sólo quedó un hombre de cabellos grises sollozando en el puente de una barca”. El momento fue extraordinario, con el emperador Adriano de Marguerite Yourcenar encarnado en Lluís Homar ensimismado tristísimo, absolutamente desolado, en el recuerdo de la muerte de su joven amante, ahogado en el Nilo. Cayó un impresionante silencio sobre la platea del teatro Romea en el que pudo casi oírse al público tragar saliva, y algún suspiro. El actor se sumergía en el dolor del césar como el chico de Bitinia en el lodo sagrado del río egipcio. Antínoo había muerto.

Qué preciosa y extraordinaria lección de teatro la que brindó anoche Homar en el estreno oficial en Barcelona de Memorias de Adriano, coproducción de Focus estrenada en verano en el festival de Mérida. Noche de transfiguración más que de interpretación, con el Adriano de la Yourcenar entronizado en el escenario mientras las pantallas mostraban su perfil repetido como si estuviéramos en la galería de bustos romanos de los museos vaticanos. La escena de desgarro por la muerte del efebo y el intento del emperador y hombre por dar forma a sus sentimientos ante la pérdida (“Amor, el más sabio de los dioses”) fue el cénit de la actuación de un Homar en estado de gracia, al que todo el Romea puesto en pie tributó un larguísimo aplauso: el triunfo que ambicionaban los generales romanos.

El espectáculo había empezado como la novela, con Adriano explicando en primera persona su visita al médico, que le da malas noticias. Homar con el torso desnudo (se le nota que ha vuelto a frecuentar el gimnasio: está en envidiable forma a sus casi ya 69 años o como dice el emperador, de solo 60 pero de los del siglo I, “amo mi cuerpo, me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios”). Homar desgranando sus reflexiones al mismo ritmo que el texto de la Yourcenar en la traducción de Julio Cortázar (Memorias de Adriano, Edhasa, 1982), esa novela que nunca ha dejado de cautivarnos. Adriano, con un imperial anillo en la mano, hablando de su salud a la edad en que la vida es ya “una derrota aceptada”, de su pasión por la caza y por los caballos (“habría elegido ser un centauro”), del insomnio, de su abuelo Marulino que le infundió la creencia en los astros como reveladores del destino y la curiosidad por las cosas del cielo (“tendido de espaldas, bien abiertos los ojos, me entregué desde la noche hasta el alba a ese mundo de llama y de cristal”); de su nacimiento en Itálica, en España; de su amor por el griego, de su educación en Atenas, su servicio en el ejército —las atroces guerras dacias y sármatas—, su ambición de poder; de la relación con su primo y cotutor Trajano (“yo le inspiraba muy poca confianza”), su afición a las artes, su helenismo (“en el Senado me llamaban el estudiante de griego”), la barba para tapar una cicatriz, el apoyo de la emperatriz Plotina, la iniciación en el militar culto de Mitra, la magia, sus sueños.

Pasaba la función como ese enorme caudal del Danubio que evocaba Adriano y que “arrastraba consigo los limos de un continente desconocido”, y nos dejábamos llevar, mecidos por la voz del emperador y la contundente e hipnotizante belleza de sus frases, su cadencia. A ratos, Homar tosía, manifestando la fragilidad del emperador, otros se subía a una mesa transformándose en una estatua augustea. A su alrededor, el tráfago de los silenciosos cortesanos, convertidos, por mor de la dramaturgia de Brenda Escobedo y el montaje de Beatriz Jaén que presentan a Adriano como un gobernante actual en el trance de grabar en su despacho presidencial un discurso de sucesión, en asesores de imagen (Xavi Casan), cámaras (Clara Mingueza, Marc Domingo), técnicos de sonido (el bailarín Álvar Nahuel, que dobla como Antínoo), maquilladores y responsables de vestuario (Ricard Boyle, de impresionante físico, un joven que ha llevado con pasión su anhelo de actuar desde las tablas de las funciones infantiles a los grandes escenarios).

Y llega la escena central, “la grieta”, cuando Adriano recuerda cómo conoció al muchacho bitinio Antínoo, “hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes que s tendió sobre mi vida”, y describe su pasión por él en unos años de Edad de Oro, “días alciónicos, solsticio de mi vida”. El texto se contagia de la voluptuosidad del emperador, antes de hundirse en la oscuridad de la pérdida (el montaje se abona a la tesis de Yourcenar del suicidio del chico) y los remordimientos. Antínoo baila en la memoria del emperador envuelto melodías árabes y en la piel de un león cazado por ambos cerca del oasis de Amón. Una hechicera con el pecho desnudo despliega sus vaticinios. “Antínoo había muerto”.

Acabada la función, en el bar del Romea, Lluís Homar, satisfecho, recordaba que la propuesta, “una verdadera aventura de vida y teatro”, había salido de Daniel Martínez y Jordi González, de Focus, y que existía el antecedente del montaje de la novela de Yourcenar por Maurizio Scaparro que en la versión presentada en el Grec en 1998 tuvo como protagonistas al actor José Sancho y al bailarín Ygor Yebra, además de contar con Rosa Novell. Homar señalaba la dificultad que ha supuesto cortar el texto de Yourcenar, pero uno no puede imaginar mejor condensación. Destacaba el actor la nueva versión con ese giro de actualidad en la puesta en escena que construye un lugar de “marketing político” para Adriano. Del éxito de la velada apuntó con modestia que ayuda mucho llevar ya a las espaldas más de cuarenta funciones (siguen hasta el 10 de mayo y luego más gira). Homar, que valora la forma de apostar por la cultura y la filosofía del humanista Adriano de Yourcenar —sin olvidar sus sombras, como la guerra de exterminio en, precisamente, Palestina—, querría hacer la representación ante una platea llena de la clase política “para ver qué se nos ha perdido por el camino en estos veinte siglos”. Homar, Adriano, Antínoo había muerto. ¡A no perdérselo!

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