Moreno Veloso, cantautor: “Creo que nos está faltando leer poesía”
Dueño de uno de los apellidos más reconocibles de la música brasileña, el cantante, hijo de Caetano, ha actuado en Madrid y Barcelona junto a Domenico Lancellotti

Es posible reconocer un laboratorio por algunos elementos clave: compuestos, fórmulas en prueba y combinaciones que generan resultados únicos, a veces irrepetibles, como el nuevo concierto de los brasileños Moreno Veloso (Bahía, 53 años) y Domenico Lancellotti (Río de Janeiro, 53 años), presentado este último fin de semana en España. La analogía no es casual. Físico de formación, el hijo de Caetano Veloso traslada esa mirada experimental al repertorio y al espectáculo. Los dos amigos de toda la vida, Moreno y Domenico, se alternan entre instrumentos y objetos cotidianos, sus compuestos, que adquieren una segunda vida sonora y, según cómo se combinen, aparecen nuevos timbres. Sobre las tablas hay más instrumentos que músicos, incluyendo el uso del plato y el cuchillo, un sonido inesperado para oídos poco habituados. Veloso y Lancellotti, un investigador musical a medida para alimentar la curiosidad sonora, presentaron su versión de la música popular brasileña dentro del programa 21 Distritos, en Madrid, y en la sala Jamboree, en Barcelona. “Atrevidos”, resumía una espectadora al salir, un elogio que, tratándose del universo musical de los Veloso, forma parte de un vocabulario familiar.
Veloso y Lancellotti se conocen desde niños y la sintonía de esa amistad se percibe en el escenario. Se alternan entre guitarras, percusiones y objetos cotidianos que pasan de mano en mano. Pueden ser el pandeiro y la guitarra; los señalados anteriormente plato y cuchillo; una botella de agua o simplemente un conjunto de llaves. “Es como un teatro”, explica Veloso. “Buscas algo específico, delicado, para ese momento. Lo construyes y ves si llegas o no a ese lugar”. Lugar este, preferentemente, lejos del alboroto de la actualidad. “Es un importante espacio de placer, belleza y bienestar. Y realmente necesitamos este espacio. Cada vez más en las últimas semanas. Creo que nos está faltando leer poesía”, comenta.

El juego escénico forma parte de la lógica del espectáculo y también del repertorio, que atraviesa desde canciones vinculadas al teatro infantil hasta sambas más animadas. “Casi cualquier objeto puede producir sonido”, apunta Veloso.
La improvisación, sin embargo, no surge de la nada. Detrás de esos gestos aparentemente espontáneos hay un largo proceso de estudio. “La gente cree que todo es improvisado”, dice Lancellotti. “Pero son años de estudio e investigación”, completa su camarada. Incluso el cuerpo forma parte del juego de la experimentación. Veloso toca la guitarra como diestro, pero recurre a la mano izquierda cuando pasa a la percusión, mientras Lancellotti, en otro momento del concierto, se sube a una silla para lanzar un breve pasaje de ópera. “Si tuviera voz de cantante lírico lo haría de rodillas, pero tengo que inventar algo”, bromea. “En Portugal me pasó que estaba Carminho sentada delante y pensé que tenía que hacer algo distinto.”
Quien crea que el concierto gira en torno a la figura de Veloso, por el peso de su apellido, se lleva una sorpresa. Lancellotti roba la escena en uno de los hits del repertorio: O Leãozinho, la canción que Caetano Veloso dedicó a su hijo —y que Moreno suele describir como un autorretrato del propio padre—. El percusionista recoge 13 llaves antiguas, minuciosamente elegidas y afinadas, y las deja caer sobre una piedra para construir una pequeña escala sonora. Cada una produce una vibración distinta y el músico las va seleccionando en tiempo real. “Son 13 llaves, como las trece notas de la escala”, explica Lancellotti. “Hay una improvisación en el momento, pero antes ya hubo una dirección”, comenta Veloso.

De todos los objetos que han aparecido en los conciertos, el plato y el cuchillo son los que más curiosidad despiertan entre el público. El utensilio doméstico, convertido en instrumento de percusión, forma parte de la samba de roda muy presente en la región de Santo Amaro da Purificação (Bahia), la ciudad natal de la familia Veloso. Moreno recuerda haber visto tocar así a su abuela, a vecinos y a músicos de la región desde niño. “En Santo Amaro es algo normal, aparece en fiestas, en patios, en cualquier reunión. Este es directamente de la casa de mi madre”, explica.
Fuera de ese contexto, sin embargo, el sonido sigue resultando inusitado. Durante la pandemia, cuando Veloso utilizó el plato y el cuchillo en una transmisión junto a su padre, un crítico de la revista Rolling Stone interpretó el gesto como una improvisación doméstica ante la falta de instrumentos. “El periodista dijo que no había instrumento y que yo fui a la cocina a coger los utensilios. Pero hay registros en periódicos del siglo XIX de gente tocando plato y cuchillo”, comenta Veloso.
Durante todo el concierto, los dos artistas juegan con la naturalidad musical de Brasil, donde cualquier objeto puede ser capaz de producir buena música. Aunque el país continental oficialmente comparte una sola lengua, el portugués, los estilos y acentos en la manera de tocar un mismo instrumento cambian de una región a otra. “Cada lugar tiene su forma. La samba es así, a cinco kilómetros ya tiene otro acento”, explica Veloso. El propio músico recuerda haber comprobado esa diferencia al encontrarse con Paulinho da Viola, uno de los grandes sambistas de Rio de Janeiro. “Yo estaba con el plato y el cuchillo y descubrí que él también lo tocaba. Pero lo hizo a su manera, completamente diferente de la mía”, comenta.
En el escenario, tanto en Madrid como en Barcelona, el cruce de referencias y memorias musicales de toda la vida aparece convertido en sonido. “Crecí rodeado de figuras como Milton Nascimento o Chico Buarque. Soy muy fan de esas personas. Me cuesta también creer que existan”, dice Veloso entre risas. Entre todas esas influencias, Veloso también recuerda el impacto que tuvo en su infancia el grupo de descendientes africanos Ilê Aiyê, fundado en los años setenta en Salvador de Bahía y considerado uno de los símbolos de la afirmación cultural negra en Brasil: “El Ilê es una fuerza estética, espiritual y política al mismo tiempo”. El desfile del bloco, formado exclusivamente por personas negras, se convirtió durante décadas en un gesto de afirmación en una ciudad profundamente marcada por su herencia afrodescendiente. “Cuando ves aquello entiendes que hay algo más que música”, dice Veloso, quien remacha: “Hay historia, hay belleza, hay una afirmación colectiva”.
Entre los ecos de distintas tradiciones brasileñas y las influencias de toda la vida, Veloso y Lancellotti juegan en el escenario y quieren crear, por algunos instantes, un Mundo Paralelo, título que también da nombre a su último álbum. En un momento marcado por la tensión política internacional, el objetivo del arte es el refugio. “Si no curamos nuestros monstruos con cultura, danza, música y poesía, el resultado es lo que estamos viendo”, reflexiona Veloso.
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