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La crónica
Crónica

Llamarse Mustapha y morir en un incendio en Manlleu

Nadie arrebataría la condición de víctima a los cinco jóvenes de llevar por nombre Jordi, Marc o Pere

Imagen del trastero donde el humo atrapó a las víctimas.Massimiliano Minocri

El mensaje a medianoche no hacía presagiar nada bueno. “Hace una hora. Un ático galería, en Manlleu, cinco jóvenes con una cachimba que ha explotado. Muertos y heridos graves”. Antes, un whatsapp enviado de madrugada llegaba en el prime time vital y se leía al instante. Horas y horas perdidas alegremente delante de la pantalla, cual adolescente. Pero es sabido que la maternidad avejenta, con su cobertura gruesa y densa de vida doméstica. Por eso no es raro que a las siete de la mañana todavía no se haya mirado el teléfono móvil que descansa en la mesita desde las diez de la noche del día anterior. Cuando se hace, la noticia ya está en la web de EL PAÍS y en todos sitios: cinco jóvenes mueren en un incendio en Manlleu.

Así que al llegar a la ciudad -en la comarca de Osona, en el interior de Cataluña- ya no queda rastro de la tragedia en caliente. No hay vecinos nerviosos, fuera de sus pisos afectados por el humo, preocupados por cuándo volverán. Ni familiares directos de las víctimas, en estado de shock, intentando entender qué ha podido pasar. Tampoco se ven ambulancias, bomberos o policías arriba y abajo. Ni políticos. Tan solo una cinta de los Mossos d’Esquadra, que intenta contener un poco las ganas de acercarse al bloque de pisos a curiosear, y que, sobre todo, corta el paso a los vehículos mientras la policía científica acaba de recoger muestras e inspeccionar el lugar del incendio.

Quienes siguen allí son las cámaras de televisión y los plumillas, que preguntamos aquí y allá. También se han acercado hasta el lugar grupos de jóvenes, de las edades de las víctimas (entre 14 y 17 años), que iban con ellos al instituto y a los que les es imposible seguir en clase como si nada. Lloran al preguntarles, y confiesan que están conmocionados. Saben quiénes son los muertos, sus nombres, sus apellidos. Enseñan sus fotos. Hasta sus conversaciones. Hace solo unas horas seguían vivos, como ellos, con sus mismas preocupaciones, inquietudes e ilusiones.

También saben perfectamente de la existencia de esos trasteros, donde iban a pasar el rato los jóvenes. Unos habitáculos a medio hacer, con los ladrillos sin revocar, que no alcanzan los nueve metros cuadrados. Carecen de luz, agua o ventilación. Es solo un sitio con algo de intimidad, para pasar la tarde, resguardados del frío de Manlleu. Sabían que los chicos iban allí, y han elaborado sus propias teorías -falsas- sobre qué pasó. “Las bombonas”, explican, sobre el hecho de consumir gas de la risa, inhalado. Pero están equivocados.

Los Mossos manejan la hipótesis de que una colilla prendió un colchón, que fue quemando hasta generar un incendio de poca llama, pero con una gran cantidad de humo negro y tóxico que les asfixió. Nada explotó en los trasteros de Manlleu. La policía concluye, con las pruebas recabadas hasta ahora, que se trató de un fatídico accidente. Pero ni siquiera eso basta para frenar teorías alternativas, que solo generan confusión y dolor a las familias. Ante una desgracia, suelen proliferar tramas rebuscadas por encima del principio de la navaja de Ockham: el escenario más simple suele ser también el más plausible.

Aunque los chavales sí que se reunían allí, y consumían botellas que contenían óxido nitroso, conocido como el gas de la risa. Los restos siguen en su trastero de referencia, donde quedaban, si bien se movían arriba y abajo entre el resto de estancias abandonadas de ese ático laberíntico. El fuego no lo arrasó, porque allí continúan ennegrecidos pero intactos los dos colchones, la silla de plástico y las bombonas de gas, en un suelo y unas paredes manchadas de hollín. Con ellos estuvieron dos amigas más del grupo, de 16 y 17 años, el lunes por la tarde y tuvieron la suerte de irse media hora antes y escapar a una muerte casi asegurada.

“Es una maldita tragedia”, repiten allegados, conocidos, madres de los amigos, y personas de un barrio pequeño. Son mujeres con velo, la mayoría de ellas, que van arriba y abajo con el carrito de la compra. Y también hombres marroquíes. Los mayores se defienden en un español correcto; los jóvenes hablan un catalán exquisito, su propia lengua, que utilizan sin confundir ni una ese sorda por una sonora. “Aquí nos conocemos todos”, repiten los vecinos con los que me voy cruzando.

Pero basta moverse un poco, salir de esas cuatro calles atrapadas en la tragedia, para que el dolor por lo ocurrido se disuelva. “Da pena, pero tampoco sabéis cómo eran”, asegura una mujer, detrás de la barra de un bar. Verbaliza con prudencia lo que otros, en las redes, protegidos por el anonimato, han vertido sin compasión: ¿Qué hacían ahí? ¿Qué tipo de familias tenían? ¿Por qué sus padres no les controlaban? ¿Fumaban en sitios cerrados y los ocupaban? ¿Qué tipo de elementos eran?... Cuando lo más natural sería preguntarse: ¿Qué ha fallado para que pase una desgracia así? ¿Por qué unos chavales podían subir y bajar de unos trasteros abandonados y plagados de electrodomésticos, basura, maderas, plásticos…? ¿Sabía ya el Ayuntamiento de esa situación de peligro? ¿Está todo el edificio degradado?

Nadie arrebataría la condición de víctima a los muertos si tuviesen por nombre Marc, Pere, Jordi, Josep o Pau. Pero en esta tragedia los adolescentes fallecidos sufren, además, una desgracia añadida: llamarse Mohamed Z., Adam B., Amine A., Mohamed M. y Mustapha B.

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