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La inmigración crece a buen ritmo y aúpa la población catalana hasta los 8,15 millones

La llegada de extranjeros en 2024, una de las mayores en 15 años, compensa la caída imparable de la natalidad

La Cataluña de los ocho millones de habitantes, una cifra que se alcanzó en noviembre de 2023 (siete años antes de lo previsto inicialmente) ha quedado atrás y se encamina ahora, sin pausa y a paso firme, hacia el horizonte de los nueve millones. A mediados de 2025, la población había alcanzado ya los 8.150.000 habitantes, según datos del Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat), que durante al año anterior, 2024, registró un incremento de casi 112.000 personas, el segundo ritmo de crecimiento más elevado de los últimos quince años.

La inmigración explica, como casi siempre en la historia contemporánea de Cataluña, ese aumento sostenido de la población. En 2024, año al que alude el estudio Estimaciones de población publicado ahora, los extranjeros compensaron (con un vigoroso incremento del 15,2%) tanto el desplazamiento de ciudadanos a otras partes de España como, sobre todo, la caída de la natalidad: por séptimo año consecutivo, el crecimiento natural de la población volvió a ser negativo (-1,7%). En los últimos quince años, solamente 2022, tras la pandemia y la recuperación de la actividad económica, registró un incremento mayor de población foránea (140.140 habitantes).

En pleno debate por la regularización extraordinaria aprobada por el Gobierno —algunos sectores critican, sin que la experiencia previa lo sostenga, que va a producir un “efecto llamada”— la inmigración sigue siendo el motor demográfico de Cataluña, constata el Idescat, con un saldo positivo en tres de cada cuatro municipios. Barcelona, como capital, registró en 2024 la mayor subida (casi 47.000 personas más), seguida de las otras dos ciudades con más población que tiene a lado y lado: L’Hospitalet de Llobregat y Badalona.

La distribución de esa nueva masa de población ahonda en las desigualdades territoriales ya existentes entre la Cataluña urbana y litoral y la Cataluña “vaciada” de algunas zonas del interior: la población creció en más de 600 municipios, pero disminuyó en otros 300. Las localidades de más de 10.000 habitantes que registraron mayores incrementos fueron L’Hospitalet, Cunit (Tarragona) y Alcarràs (Lleida).

Las oleadas de inmigración que ha recibido Cataluña en lo que va de siglo han llegado al vaivén de la actividad económica del momento. Distintos informes han puesto de manifiesto el peso de las personas de origen extranjero en el mercado de trabajo: representan ya el 26% de los ocupados, según un estudio de Comisiones Obreras. Pese a que el nivel de estudios de los que llegan ya es similar, en muchos casos, al de la población autóctona, siguen ocupando los puestos de trabajo más precarios, con los salarios más bajos y con las peores jornadas laborales. Parte de esa precariedad se explica por la situación de irregularidad de la que, ahora, puede sacarles el decreto del Goberno: unas 160.000 personas, según los cálculos del sindicato, permanecen en la economía sumergida, o sea sin contrato y sin contribuir a la Seguridad Social.

Si la economía sigue creciendo, y con independencia de la regularización masiva, es previsible que sigan llegando personas para incorporarse al mercado de trabajo. El incremento de población supone un reto que no escapa a nadie y el Govern ya trabaja con la perspectiva de planificar la Cataluña de los diez millones de habitantes. Los servicios públicos e infraestructuras, ya muy tensionados, deberán prepararse para acoger a más personas. Según las proyecciones del Idescat, solo ante un escenario de crecimiento “alto” (maneja otros dos: bajo y medio), la comunidad alcanzaría esa cifra en el año 2052. Pero para llegar ahí el crecimiento migratorio, sostienen los expertos, ha de ser intenso y mantenido en el tiempo. Por el modelo de oleadas que ha caracterizado a Cataluña, no es el escenario más probable.

Salir del Barcelonès

Más allá de la inmigración procedente de otros países, son interesantes también los saldos migratorios internos: el Barcelonès, la comarca donde los precios de la vivienda son cada vez más inaccesibles para la mayoría de la población, perdió más de 19.000 residentes en favor de otros territorios. Ciudades como Vilanova i la Geltrú, Terrassa o Reus recibieron parte de esos movimientos internos.

Los catalanes siguen sin tener suficientes hijos para aportar un saldo positivo al crecimiento natural, que solo se alcanzó en 150 municipios y en una única comarca, la del Gironès. La baja natalidad explica también la pirámide de población: los menores de 16 años son cada vez menos (14,4%) mientras que los más mayores, los que tienen más de 65 años, son cada vez más numerosos (19,7%), especialmente en territorios del interior y el sur de Cataluña; hay, además, cada vez más personas que sobrepasan los cien años (más de 3.000). La gran franja de población se concentra en la extensa zona media que perfila el Idescat (de 16 a 64 años, que representan el 65,9% del total).

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