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Hablar catalán para no dejar de ser argentino

En el desarraigo se vive en una suerte de limbo emocional, donde no existe un San Pedro capaz de abrir las puertas del cielo

Hay una palabra que tendría mucho sentido no decir, para en cambio utilizar siempre su etimología: recordar, del latín re-cordaris, que significa “volver a pasar por el corazón”. Un mimo recurrente del pasado al presente, hasta que nos pille la parca. Así lo entendía mi bisabuelo, un italiano que llegó a Argentina en 1901 para abrir primero una fonda, donde cocinaba su mujer, y luego terminar dedicándose a la forrajería. Según mi vieja, repetía siempre una frase: “Ver el puerto de Nápoles y después morir”. Como si quisiera que el sur de Italia volviera a pasar por su corazón para después descansar en paz.

El expatriado convive con una sombra, a veces más presente, otras menos: la idea de volver. Es como si tuviera permanentemente una valija en la puerta. Y se queda ahí, aguardando, incluso después de haber superado el período inicial de indefensión frente a la nueva cultura y el duelo hacia la vieja, simbolizado en el sentido del humor, las conversaciones abstractas y la improvisación.

¿Un ejemplo? Un argentino, como es mi caso, se burla de un amigo con el que divaga hasta las tres de la mañana después de haberle caído en la casa a las seis de la tarde sin avisar. Esa situación deja de existir. Ni siquiera la reemplaza una Barcelona invadida por puestos de empanadas, medialunas y parrillas, en las que es difícil que pase un día sin escuchar hablar a un argentino por la calle. Es la lengua, justamente, un plumero contra la nostalgia: el argentino entiende que puede seguir hablando en argentino en España.

Ocurre, sin embargo, que, por mucha colonización argentina en Barcelona, la valija no se va de la puerta.

Hasta que sos padre: los hijos la comienzan a desarmar. Son ellos, ellas en mi caso, las que guardaron toda esa ropa alegórica en un armario tan invisible como carcelario, del que nada puede salir, al menos hasta que ellas lo deseen. Siempre les hablé en argentino. No por respeto a un concepto de patria —ayer y hoy manoseado por oportunistas—, sino por ese laberinto que es la identidad. Lo único que te mantiene más o menos orientado es la lengua.

Y mi lengua es hablar de vos y no de tú, decir shú-via y no llú-via. Pero tiene un fallo. No puedes plantarte frente a los amigos del colegio de tus hijas y soltarles: “¿Vos cómo te llamás (shá-más)?”. Te miran como si fueras un marciano. Y es normal. Entonces, antes de pasar al “¿Tú cómo te llamas (lla-mas)?”, me refugio en el catalán: “Com et dius?”. Es más cómodo para mí, creo que también para ellos.

Con mis hijas, en cambio, siempre es en argentino. Me corrijo rápido y con rabia si veo que uso algún modismo español con ellas y confieso que es gratificante cuando dicen acá y no aquí. Un amigo, observador de esa dicotomía, me insistía: “Tío, tienes que ir con tus hijas a Argentina. Tienen que conocer ese lado de su historia”.

Después de cuatro años, mi hija mayor había estado con 10 meses y la menor no la conocía; con mi mujer viajamos los cuatro a Argentina. Ella, cuando vivía en Buenos Aires, tenía una frase recurrente: “Me doy cuenta de que aterricé en Ezeiza porque solo escucho hablar de fútbol”. La pelota une a los argentinos de la misma manera que los separa en la caótica y agresiva, siempre hermosa, Buenos Aires. Pero cuesta adaptarse a la capital porteña. Y hay pocas cosas que lo representan mejor que subirse a un coche.

Hasta mi mujer, siempre precavida, se irritó frente a mi excesiva prudencia en unas calles donde manda justamente la imprudencia: “Juani, que tú eres de aquí. Estás dejando pasar a todo el mundo”. La frase escondía una confesión brutal: eres extranjero en todos lados. Vives en una especie de limbo emocional en el que no existe un San Pedro capaz de abrir las puertas del cielo.

En Buenos Aires no era turista, pero hacía turismo. No por lo que hacía por la ciudad, sino por las personas. Son curiosas las relaciones humanas; la idea de volver es solo eso: una idea. No existe el lugar que dejamos. Es solo un recuerdo que, con algo de suerte, se ajusta relativamente a lo que fue.

Pero me pasó algo paradójico: yo que estaba más preocupado por cómo me iba a encontrar más que por lo que me iba a encontrar, terminé en una máquina del tiempo. Me infiltré en mi grupo de amigos como si nunca me hubiera marchado y la Argentina de Javier Milei parecía la de mi infancia en los años noventa cuando Carlos Menem gobernaba en la Casa Rosada: los de siempre (pocos, casi contados) muy bien, los de siempre (muchos, demasiados) muy mal.

El escritor Julio Cortázar decía que “ser argentino es estar triste”, que “ser argentino es estar lejos”. No sé si eso define el desarraigo: una cuestión de ánimo y de distancia. Pero quizá sí presenta al argentino fuera de Argentina: te entristece cuando estás cerca, te enamora cuando estás lejos.

Y si uno es las ciudades en las que vivió, todas las personas a las que amó, todos los libros, películas y música que consumió, tiene que ser también todos sus antepasados. Eso está en mi valija, un limbo emocional que me aleja de Buenos Aires sin acercarme a Barcelona. Algo similar a lo que le pasó a mi bisabuelo Salvador (Salvatore): murió en Argentina sin volver a ver el puerto de Nápoles.

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Sobre la firma

Juan I. Irigoyen
Redactor especializado en el FC Barcelona y fútbol sudamericano. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Ha cubierto Mundial de fútbol, Copa América y Champions Femenina. Es licenciado en ADE, MBA en la Universidad Católica Argentina y Máster de Periodismo BCN-NY en la Universitat de Barcelona, en la que es profesor de Periodismo Deportivo.
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