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Trabajo doméstico
Crónica
Texto informativo con interpretación

Las mujeres que nos limpiaron el camino   

Casi nadie ve las fotos de Ana María y Donna, expuestas en las calles de Barcelona. Son invisibles empleadas del hogar

A pesar del frío, la pareja camina comiéndose un helado por Consell de Cent, en el cruce con Enric Granados. Absortos en lo suyo, ni se dan cuenta de que al pasar, su mochila -de una escuela de negocios- casi roza la fotografía del documento que permitió a Ana María Jeremías viajar con solo 9 años de Angola a Portugal. Ella pensaba que iba a estudiar, pero en realidad empezó su explotación como interna y empleada del hogar, limpiando la suciedad de otros. La exposición cuelga de las verjas del Seminario conciliar de Barcelona, como una de las muestras del Festival Internacional de Fotografía sobre Derechos humanos y Justicia Global repartidas por la ciudad. Está en la calle, a plena luz del día, pero casi nadie la ve. Tampoco la pareja de ancianos, con chaquetón blanco ella y abrigo marrón él, que suman un paso tras otro. Ni la madre escayolada, a bordo de una silla de ruedas, que se detiene un momento a hablar por teléfono. Ni su hija, que la acompaña, y mira al cielo mientras espera, sin percatarse que justo delante tiene a Ana María exhausta, dormitando en un vagón de metro.

Como ellas, tampoco se fija en la exposición el padre que acaba de recoger a la niña del fútbol que, a pesar del frío, viste pantalones cortos y calcetines hasta la rodilla. Ni la madre que charla animadamente con su hijo, que lleva la mochila en volandas. O las amigas que se cuentan sus historias, de espaldas a las fotos de Ana María: descansando sola en un sofá, de joven o cogiendo, todavía de noche, el primer autobús para irse a trabajar. Solo se detiene a leer la presentación de la muestra un hombre, de abrigo y boina negra. “He pasado la vida limpiando”, dice el escrito, sobre la vida de Ana María, retratada por la fotoperiodista María Abranches (Lisboa, 34 años). “El proyecto promueve una reflexión crítica sobre los privilegios de los hogares de clase media” y “reivindica los derechos fundamentales de Ana María” y tantas mujeres como ella.

En el frío de una primera semana de enero, los deportistas en calzón corto parecen un espejismo. Uno, dos y hasta tres runners corren muy muy cerca de las 10 imágenes sobre la vida de Donna. Es imposible que, entre zancada y zancada, piensen en algo más que los kilómetros que todavía les quedan por delante. Igual que Ana María, Donna también se ha pasado la vida limpiando. No es de Angola, es de Filipinas; trabaja en Francia, no en Portugal. Y las fotografías de su historia, en lugar de exhibirse en Consell de Cent, cuelgan de las paredes exteriores de la escuela Pere Vila, en el paseo de Lluís Companys. Una zona menos señorial, pero igual o más transitada: justo al lado de Arc de Triomf, muy cerca del metro, y solo a unos pasos de la noble sede del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.

Nadie se detiene en la mirada ojerosa de Donna, clavada en la ventana del autobús en el que viaja. El pie de la fotografía, tomada por Thomas Morel-Fort (París, 40 años), explica que ese día la habían echado de su trabajo porque, a su vez, sus empleadores habían sido desahuciados. No les alcanzaba para la hipoteca, pero sí para la interna, Donna. Una mujer que se ha perdido buena parte de la vida de sus hijos: viajó desde Filipinas a Francia de manera irregular, después de pagar 13.000 euros a un pasador. Hasta que no tenga sus papeles en regla, no saldrá del país por temor a no poder regresar. Una rueda de hámster de la explotación, que Morel-Fort ha seguido con su cámara durante 10 años. La última foto de la muestra cuenta una buena noticia: al final Donna ha logrado vivir sola. ¿En un apartamento de 30 metros? ¿De 20? ¿De 10? “En un pequeño cuarto de sirvienta bajo la azotea. Nueve metros cuadrados y un lavabo en el rellano, pero una libertad inmensa”, reza el pie de foto. ¿Su sueño? “Obtener el permiso de residencia para ver a la familia que no abraza desde hace 15 años”.

La familia de Donna vive en una especie de chabola en Filipinas. La propia Ana María vivía en una infravivienda en Portugal cuando se liberó de sus primeros explotadores. Entre mis recuerdos, guardo las historias que de niña me contaba mi abuela Julia, que emigró del sur, de Andalucía, a Cataluña. Me contaba que solo llegar, ella y mi abuelo Ramón se instalaron primero en unas cabañas en una zona boscosa a las afueras de Sant Feliu de Guíxols (Girona). Vivían sin luz y sin agua. Al poco, se instalaron en las casas construidas de manera rudimentaria en unos terrenos baldíos, a las afueras de Sant Feliu. Lo llamaron Pueblo Nuevo. Una sola vivienda daba para mucho: si venían parientes, se levantaba un muro interior, y se dividía la casa en dos. Mis abuelos y sus primeros dos hijos (mi madre y mi tío) dormían todos en la misma habitación. Mi abuelo trabajaba en la construcción, mi abuela limpiaba.

Igual que después limpió mi madre, y su mejor amiga, y las amigas de ambas. Fueron sus primeros trabajos, siempre irregulares, que compaginaron con la crianza. Mientras ellas, hacendosas, se esmeraban en dejar relucientes los suelos de otros, los niños jugábamos por los jardines con piscina. Encontraron una manera de ganarse la vida, y una forma de estar en el mundo: no había casa más reluciente que la de mi abuela, que la de sus hermanas, y que la de todas sus hijas. Ellas, con sus escobas, sus fregonas y sus trapos del polvo, nos limpiaron el camino. La evolución de todo aquello ya lo contó bien Anna Pacheco: a cambio, a nosotras, sus descendientes, nos pidieron que fuésemos listas, guapas, limpias... Y, sobre todo, independientes.

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Sobre la firma

Rebeca Carranco
Reportera especializada en temas de seguridad y sucesos. Ha trabajado en las redacciones de Madrid, Málaga y Girona, y actualmente desempeña su trabajo en Barcelona. Como colaboradora, ha contado con secciones en la SER, TV3 y en Catalunya Ràdio. Ha sido premiada por la Asociación de Dones Periodistes por su tratamiento de la violencia machista.
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