La grieta Albiol
Demostró que se podía ser alcalde pisando la frontera de la criminalización del migrante, ¿quién es capaz ahora de sellar una fisura tan ensanchada?

Escribía Daniel Innerarity en febrero pasado en este periódico que “la democracia es fundamentalmente inclusión, la promesa de una libertad sin exclusiones”. La cita prestada, ingrediente de un artículo sereno sobre las políticas de la identidad a partir de uno de tantos arrebatos de Donald Trump contra la gestión de la diversidad, describe a la perfección la esencia de nuestro sistema de convivencia. Y el significado de inclusión no concuerda con la estampa de migrantes durmiendo debajo del puente de una autopista estas Navidades, imagen última del despropósito perpetrado en Badalona desde el desalojo del instituto B9. Una concatenación de fotografías ignominiosas que no pueden encajar con la versión óptima de una sociedad democrática y, por tanto, inclusiva.
Es pertinente el ejercicio de memoria sobre la actuación de Xavier García Albiol. Ejerciendo más de sheriff que de alcalde, se sirvió del aval judicial —leyendo la única parte que le interesaba de la resolución— para expulsar a migrantes de la ciudad sin ofrecerles una alternativa habitacional, jactándose de no dedicar ni un euro público a su cobijo. Tanta beligerancia discursiva animó a un grupo de vecinos a impedir la acogida de una quincena de desamparados en una parroquia, acto en el que compareció como mediador, sin ahorrarse complicidad con los agitadores. Catalogó de “mafia” a los sintecho —una descripción generalista que manchaba sin distinción a centenares de migrantes— y, por incomparecencia, trasladó la responsabilidad de la atención social a las entidades, que ya habían monitorizado la comunidad del B9 y han sido motor de resolución del conflicto. Sorprendió la tibieza inicial de la Generalitat, que conocía el calendario del desahucio y se limitó a señalar que las competencias eran municipales. La reacción posterior fue acorde con el impacto mediático del caso.
Albiol no es novel en la preparación del caldo que mezcla delincuencia e inmigración, un mejunje que sigue sirviendo. No es casualidad que, desde su laborioso ascenso a la alcaldía —culminado en mayo de 2011—, no haya dejado espacio político para propuestas de extrema derecha, engullida en Badalona por el relato del líder del PP. En las mismas municipales en que el popular obtuvo la vara por primera vez, Plataforma per Catalunya (PxC) arañó tres ediles en Santa Coloma de Gramenet, dos en l’Hospitalet de Llobregat y uno en Sant Adrià de Besòs. Se quedó sin premio en la ciudad de Albiol, como le pasa ahora a Vox.
No cuesta encontrar a voces que aseguran que el episodio del desalojo favorecerá los intereses electorales del alcalde; aunque, en 2015, después de su lema de campaña más desafortunado —“Limpiando Badalona”—, se quedó sin gobernar. La tesis del beneficio demoscópico debe ser compartida en Génova, porque Alberto Núñez Feijóo no ha verbalizado ni media corrección al proceder de su hombre en Badalona. Ciertamente, el movimiento pendular de la política, con el avance de propuestas dispuestas a utilizar a su antojo la inmigración y la pobreza, alimenta liderazgos nada empáticos con la desigualdad. En Cataluña, Albiol abrió una grieta hace tiempo: se podía ser alcalde de una gran ciudad pisando la frontera de la criminalización del extranjero. Con el viento a favor de los populismos extremistas, ¿quién es capaz ahora de sellar una fisura tan ensanchada?
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