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opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Pirineo en venta

El turismo es necesario porque no existe ninguna alternativa económica sólida, pero habría que poner coto a los excesos

La construcción de segundas residencias es desmesurada en algunas comarcas de montaña. En la Cerdanya, el Pallars Sobirà, l’Alta Ribagorça, y la Vall d’Aran, más del 60% de las casas no son de vivienda habitual, según el Instituto de Estadística de Catalunya (Idescat). El precio se ha disparado, muchos jóvenes no encuentran su primer hogar, y los trabajadores, la mayoría vinculados al turismo y a la construcción, no pueden pagar los elevados alquileres porque la mayoría son casas que se arrendan por temporada. Gran parte de segundas viviendas solo se ocupan treinta días al año.

Tuve la fortuna de nacer en la Cerdanya. Una comarca que, según Josep Pla, es de las “más bellas y finas de Cataluña”. Su encanto es reconocido desde finales del siglo XIX, cuando la burguesía y la intelectualidad catalana empezó a veranear en el valle. El doctor Salvador Andreu, Francesc Cambó, Narcís Oller, Santiago Rusiñol, Joan Maragall y otros tantos, pasaban parte de sus veranos cerca de Puigcerdà, donde llegaban primero en tartana y más tarde en tren. En el siglo veinte, el deporte del esquí, el excursionismo, y la reducción de las distancias hicieron de la Cerdanya el jardín de Barcelona.

La inauguración del túnel del Cadí en 1984 hizo que la economía se desruralizara y llegaron promotores inmobiliarios dispuestos a pagar lo que jamás habrían soñado los propietarios ceretanos por sus huertos y campos. Se cerraron aserraderos y se abrieron urbanizaciones, hoteles, restaurantes y campos de golf. Se clausuraba una casa de payés y el pajar contiguo servía para construir una nueva ‘era’ ceretana: un conjunto de casas miméticas revestidas de piedra gallega. Han pasado cuarenta años y la demasía de segundas residencias no para de aumentar. Se ha acabado la mayoría de suelo disponible en muchos municipios; una generación ha construido lo que se habría hecho en cinco.

Este invierno se ha sabido que el prado en el que de pequeños bajábamos en trineo y hacíamos cabañas con los amigos será pasto para urbanitas. Se construirán más de ochenta viviendas. Con suerte, solo se ocuparán unas diez o quince todo el año. Mis hijos han tenido una fortuna pasajera, por Navidad nevó e hicieron sus últimas bajadas con el viejo trineo por el prado que quedará repleto de cemento. La transformación del verde por el gris no conlleva progreso, implica un futuro en el que solo se puede vivir de cuidar jardines y complacer a visitantes de fin de semana.

El turismo es necesario porque no existe ninguna alternativa económica sólida, pero habría que poner coto a los excesos. En el Pirineo falta inversión pública e imaginación, sobran cemento y especuladores, locales y forasteros. Los payeses son como el urogallo: una especie en peligro de extinción que habría que proteger.

La pequeña patria donde crecí necesita una pausa para repensarse, precisa dosificar tanto monocultivo económico, urge espaciar el número de licencias urbanísticas. Si no se para tanta desproporción el encanto de la Gran Vall de Pirineu se convertirá en la mejor metáfora de su plato universal: el Trinxat.

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