El honor intacto del cabo Godoy, 90 años después: “Hemos cerrado un círculo”
El Gobierno entrega los restos del primer fusilado de la Guerra Civil en Riotinto, identificado por un tricornio hace cuatro años, cuya confirmación final ha demorado el ADN


“¿Cómo vamos a lavar el honor de mi padre?”. Esta es la pregunta que durante toda su vida se hizo Rosario Godoy, incluso cuando, enferma de alzhéimer era ya incapaz de recordar a su hija, María Itatí Ortega. Este jueves, la respuesta ha llegado en la forma de la entrega de los restos de Luis Ortega Godoy, cabo de la Guardia Civil y el primer fusilado por la tropas golpistas de la localidad onubense de Riotinto por, en cumplimiento de su deber, negarse al mandato de Queipo de Llano de que todos los cuarteles andaluces depusieran las armas. “Aquí está tu papá, con su honor intacto, como vos querías”. Así ha rememorado Itatí la promesa que le hizo a su madre pero que, como ocurre con la mayoría de los familiares de los represaliados en la Guerra Civil, no pueden cumplirse en vida.
El cabo Godoy, como se le conocía, fue ejecutado el 26 de agosto de 1936. Ese día el compacto armazón de la que era su familia se quebró en tantos pedazos como hijos dejaba: siete, el menor de un año, y que luego siguieron fragmentándose conforme cada uno de ellos trató de rehacer un futuro marcado por la pobreza y un exilio forzado por los sublevados que ganaron la guerra. Todos ellos y los 19 nietos que le sucedieron se han convertido en este tiempo en piezas de un doloroso puzle con una ausencia lacerante: el paradero del patriarca, que, como explica Itatí a este diario, este jueves se ha podido completar, 90 años después: “Hemos cerrado un círculo, hemos podido terminar de armar el rompecabezas, era la única pieza que nos faltaba”.
Un rompecabezas en el que Magdalena, la mujer del cabo Godoy, fue determinante para que ninguno se olvidara de esa pieza principal. “Mi abuelo siempre fue una ausencia presente. Nuestra abuela siempre nos habló de él”, explica su nieta. A ella también le ha dedicado Itatí parte de su alocución. “A pesar de las torturas y la humillación, tuviste la fuerza para salvar, guiar y criar a tus siete hijos, respetando siempre el legado moral del abuelo”, ha destacado. A Magdalena le obligaron a beber aceite de ricino, le hicieron pasear por el pueblo semidesnuda y sacó fuerzas de flaqueza para refugiarse con sus hijos en Casablanca -con todos salvo con el mayor, Luis, que fue trasladado a un campo de concentración. “Jamás permitió que la duda y la mentira germinaran. Ella y todas las magdalenas de aquella España herida, que sacaron adelante a su prole y jamás se doblegaron, también merecen nuestro aplauso”, ha enfatizado también el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, en el acto.
Con Magdalena reposará su marido. “Mi abuela nació en Marbella y por esas cosas de la vida, vino a morir a Marbella también. Lo voy a llevar con ella, para que se encuentren 90 años después”, cuenta Itatí. Pudo haber sido un poco antes. En mayo de 2022, ella y su primo Luis, que vive en Córcega, acudieron al cementerio de Riotinto para asistir a la ceremonia de exhumación del cuerpo de su abuelo. El hecho de que en la fosa se hallaran dos botones, de la solapa y de la manga izquierda, de un uniforme de la Guardia Civil y un tricornio hizo suponer al equipo de arqueólogos, dirigido por Andrés Fernández, que trabaja allí, que los restos encontrados podían ser los del cabo Godoy. La anotación de las iniciales C. G., que el sepulturero recogió junto con la fecha del fusilamiento y el lugar donde se le enterró, era otro poderoso indicio de que quien allí yacía era el abuelo de Itatí.
La lentitud del cotejo de ADN
Pero faltaba el cotejo con el ADN. El principal escollo, una vez que se sortean los obstáculos de poder abrir una fosa, para lograr la identificación y, con ella, el alivio de poder poner fin a incertidumbres y desasosiegos larvados durante demasiado tiempo y que, en demasiadas ocasiones, se transmiten de generación en generación. Itatí y su familia supieron en noviembre del año pasado, tres años después de que se identificaran los restos a través de pruebas materiales y antropológicas, que las pruebas de ADN eran coincidentes. “Es un cuello de botella. Hay muy pocos cuerpos exhumados identificados a través del ADN”, se lamenta. Esta mañana ha querido advertir sobre la lentitud de un proceso al que en Andalucía únicamente se dedica el laboratorio de la Universidad de Granada, y que impide cerrar el ansiado círculo reparador. “Aún hay miles de familias que esperan un examen de ADN para reencontrar a quien le arrebataron. No habrá justicia ni reparación hasta que el último de ellos no sea identificado”, ha señalado.

Ni Rosario, ni el resto de sus siete hijos pudieron asistir en vida a la restitución del honor de su padre. Tampoco han llegado a tiempo dos de sus 19 nietos. Itatí -que reside en Murcia- y el resto de sus primos, separados por una diáspora impuesta que los ha dispersado entre Córcega y Argentina, guardaban la reminiscencia sentimental de su abuelo cimentada en los relatos de Magdalena y de sus padres y madres. El camino de la búsqueda de sus restos les ha confirmado el valor y el compromiso del cabo Godoy, que entrenó a los mineros de Riotinto en las semanas siguientes al golpe militar para que pudieran defenderse de las tropas sublevadas. “Mi abuelo fue un gran hombre, un hombre leal que quiso proteger hasta las últimas consecuencias las minas de Riotinto, estratégicas e importantes para al República, y esa lealtad a su patria la pagó con su vida”, ha recalcado su nieta.
Desde este jueves, a las convicciones que nunca les abandonaron, sí suman un recuerdo físico: los botones y el tricornio. “Uno de los botones me lo pidió el comandante de la Guardia Civil de Huelva para colocarlo en una vitrina y la directora de la Guardia Civil me dijo que iba a ponerse en contacto conmigo porque quieren exhibir el tricornio y el otro botón”, cuenta Itatí. “Voy a hablar con mis primos, a ver si alguno quiere algo”. Ninguno ha podido estar físicamente en el acto de este jueves, pero todos han seguido puntualmente lo que pasaba porque el marido de Itatí -que la ha acompañado junto a su padre- se lo ha narrado todo vía WhatsApp. Todos van a recibir también un botecito con parte de la arena que cubría a su abuelo que les ha regalado Andrés Fernández, el arqueólogo que dio con sus restos.
“El ejemplo del cabo Godoy, igual que el de los miles de represaliados y represaliadas de nuestro país es el que nos ja traído hasta esta apasionante orilla que es la democracia”, ha señalado el ministro Torres, que ha incidido en la importancia de recordar a los jóvenes “en qué sustrato hunde sus raíces la libertad que disfrutan”, en un contexto en el que crecen “las pulsiones totalitarias”.
El valor heroico del cabo Godoy se ha mantenido vivo casi un siglo después de su asesinato gracias al empeño de su mujer y de sus nietos por alimentar su memoria hasta unir las piezas de un rompecabezas que les desencajó a todos. Un ejercicio de recomposición frente al olvido, en el que los herederos del guardia civil han contado con el compromiso de las instituciones, asociaciones memorialistas, historiadores y el equipo de antropólogos que trabajaron en la exhumación. “Este momento ha sido un bálsamo”, insiste Itatí.
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