La mercantilización de la Semana Santa divide a Sevilla: balcones a 9.000 euros y sillas a casi 100
La masificación de esta fiesta complica el disfrute de los pasos en la calle y las alternativas no son asequibles. “La estamos convirtiendo en un elemento de desigualdad”


La Semana Santa de Sevilla lleva años trascendiendo de lo meramente religioso, ritual y festivo -principales vertientes de esta fiesta en la capital andaluza- para convertirse en un evento masificado gracias, en buena medida, al efecto tractor del turismo. La afluencia de visitantes, que disparan las reservas de hoteles y alojamientos, satura los espacios públicos de la ciudad hasta el punto de hacer casi imposible disfrutar de los pasos. Una bulla, como se denomina aquí a la aglomeración de personas en la calle estos días, que contrasta con la comodidad con la que contemplan la sucesión de cofradías quienes tienen una silla o un palco en la carrera oficial -el recorrido obligatorio donde confluyen las hermandades para llegar a la Catedral y que no es de acceso público- o pueden asumir el coste de un balcón. En ambos casos se puede hablar de privilegio y lujo por lo difícil que es hacerse con un asiento y por el precio que hay que pagar por acceder a ellos -hasta 1.016,77 euros el abono de un palco y 9.000 un balcón-, una circunstancia que, cada año, enciende la polémica sobre la mercantilización de la Semana Santa y la barrera que separa a quienes tienen rentas más altas o contactos del ciudadano de a pie.
“La oferta no ha crecido, pero la demanda se ha disparado, sobre todo por quienes vienen de la zona metropolitana y todos los turistas”, explica el catedrático de Económica de la Universidad de Sevilla, José Ignacio Castillo, sobre la limitación de sillas y palcos de la carrera oficial, que apenas ha variado desde los años 80 -alrededor de 33.000 sillas y 1.000 palcos, según los datos del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla- y la afluencia de público. “Por un lado, la renta de los sevillanos ha subido en este tiempo, han multiplicado sus demandas de ocio y aspiran a tener una silla, y cuando no es posible, un balcón, y por otro lado, el que viene de visita, si lo hace para dos días, quiere ver bien la Semana Santa, porque la alternativa low cost es una bulla“, abunda sobre las causas que han disparado esa demanda.
La organización de las sillas y los palcos depende del Consejo de Hermandades y Hermandades y lo que se recauda por los abonos es la principal fuente de ingresos de las hermandades de la ciudad. El precio por silla más económico alcanza los 90,5 euros y el palco más caro los 1.016,77; los abonos se renuevan cada año y los que quedan libres se sortean. La importancia de tener un palco llega hasta el punto de incluirse en los testamentos la renuncias de herederos sobre la titularidad. Las tarifas este año se han actualizado en casi un 3%. El problema radica en la reventa, donde se puede llegar a pagar hasta cuatro veces más. “Yo tengo dos sillas al principio de la [la zona privilegiada de la carrera oficial], pago 170 euros por cada una y se las dejo por el doble a un amigo. Llevo haciéndolo desde hace años, pero si no fuera él podría pedir lo que quisiera, y más ahora mismo con el bum que hay de la Semana Santa de Sevilla”, explica un hombre que pide no ser identificado con su nombre y apellidos.
“Nos hemos acostumbrado a que no haya ámbito de la actividad humana que no esté sujeta a mercantilización, porque la justificación es que todo está sujeto a costes y lo mismo que pagas para ir al teatro o al fútbol, se paga por ver la Semana Santa en la primera fila”, señala Alberto del Campo, profesor de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide. El antropólogo llama la atención sobre la contradicción que, a priori, supone poner barreras, en este caso económicas, a la participación y contemplación de un evento “que tiene una dimensión religiosa, de fervor, de devoción”. “Imaginemos que se pagaran las mismas”, abunda.
Entre las explicaciones de esta dicotomía, Del Campo apunta a “la estructura social muy desigual que se ha naturalizado desde hace muchos siglos” en la ciudad. “Hay una dimensión en Sevilla que considera que es normal que gente que tiene más dinero o postín pueda tener estos privilegios, es lo que las clases pudientes han alentado con la concepción de sevillanía y esa diferencia y asimetría ha estado presente siempre en la Semana Santa, donde también se diferencia entre hermandades ricas y pobres”, sostiene.
“Lo que estamos viviendo ahora es una deriva que parte del siglo XIX, cuando la burguesía se funde con el poder civil y hace uso de su poder para su propio beneficio, en el ver y ser visto”, abunda Javier Navarro, arquitecto que hizo su tesis doctoral sobre las ocupaciones efímeras del espacio público de Sevilla y que recuerda que ya entonces había sillas en lo que entonces sería la carrera oficial de la época. Esa deriva ha desembocado ahora, impulsada por lo que Navarro denomina “la espectacularización del rito”, en esa misma proyección a través de las redes sociales. “Ahora uno también puede ser visto a través de una historia de Instagram y subirla desde los palcos tiene un impacto determinado”, señala.
La dificultad para poder acceder a una silla o a un palco ha hecho que prolifere una economía sumergida que llega hasta el punto de dejar los abonos de los palcos en hoteles de cinco estrellas, donde los turistas llegan a pagar por un día o dos lo que cuesta una semana entera, coinciden varias personas consultadas que también prefieren estar en el anonimato. Las asociaciones de consumidores han pedido al Consejo de Hermandades y Cofradías que sea muy estricto con el fraude. Este año ha suspendido la adjudicación de dos palcos por irregularidades y estudia otras 56 denuncias.
Regular o no

Y cuando los palcos o las sillas se vuelven inaccesibles y, como señala Del Campo, la afluencia de personas que hacen intransitable las calles impide a los cofrades sentir sus emociones, surge la solución de los balcones. “Hace 10 años nadie quería un balcón en Sevilla y ahora la gente mata por uno”, apunta Huertas, que lleva disfrutando de la Semana Santa desde las alturas desde hace más de una década y que ha visto cómo el precio pasaba de los 1.600 euros a los 9.000 que pagará este año, siempre en la entrada de la calle Sierpes, donde pasan todas las cofradías de la ciudad. “Primero los incrementos eran de 300 euros, los últimos dos años han ido de 1.000 en 1.000”, indica.
La demanda de balcones, cuyos precios oscilan en función de las calles, las hermandades que pasen por debajo o el día -cuando más caros son es en La Madrugá- ha hecho que surjan empresas especializadas en el alquiler de balcones para turistas. También los hoteles realizan reservas y experiencias concentradas en este esta parte exterior de sus habitaciones. Otros son arrendados por empresas y entidades que emplean para atender a socios o a invitados. Aquí también prima lo de ver y ser visto. “A todo aquel que le gusta la Semana Santa y tiene dinero, busca un balcón, porque verla en la calle cada vez es más difícil”, abunda.
“Cada vez estamos convirtiendo la Semana Santa en otro elemento más de desigualdad, de distinción, de diferencias”, se lamenta Del Campo, que cree que la administración debería intervenir para preservar ciertos espacios de igualdad. “No se puede considerar la Semana Santa como un recurso ni como un espectáculo, la población local debe poder vivirla y experimentarla de manera razonable”, abunda.
No todos están de acuerdo en que la Semana Santa se esté mercantilizando. “La Semana Santa es pública y gratuita, podemos hacer demagogia, pero el que quiere disfrutarla puede hacerlo en la calle, pero si la quiere vivir en la avenida o en un palco pues no podrá hacerlo si no tiene dinero, igual que el que no tiene dinero no puede sacarse el abono del Barça pero ve el fútbol desde el bar”, sostiene Joaquín Moeckel, abogado y antiguo hermano mayor del Baratillo.
Aunque Navarro es partidario de que la administración pudiera reservar algunas sillas a precios populares -el Ayuntamiento ha dispuesto de 115 gratuitas para personas con discapacidad-, rehuye la regulación y también se muestra un tanto sorprendido por esta polémica. “La Semana Santa sevillana siempre ha sido algo permeable, con un espíritu espontáneo y de sorpresa que le es inherente. Si se regulariza, corremos el riesgo de que se convierta en algo inmóvil y que pierda el sentimiento de identidad y pertenencia”, sostiene. Y añade: “El patrimonio colectivo que es la Semana Santa ha sido promovido, mantenido, cuidado y tutelado por los que no están en los palcos y ni en los balcones. Son justo los que no están allí los que la mantienen viva”.
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