Maychoco: el chocolate malagueño y artesanal que colecciona premios internacionales
Mayte Sánchez lidera desde Benajarafe este tostador que tira de la despensa local para elaborar tabletas y bombones con mango, aguacate, pasas y hasta boquerones


Cuenta Mayte Sánchez, de 51 años, que el chocolate ha sido siempre una de sus grandes pasiones. Tanto, que había dejado de comprarlo porque en cuanto lo llevaba a casa, desaparecía. “Nos lo tomábamos todo en muy poco tiempo”, señala risueña. Ahora en su familia han aprendido a contenerse porque viven rodeados de tabletas. Desde 2019, esta malagueña regenta Maychoco, tostador artesano en Benajarafe (Vélez-Málaga), donde realiza todo el proceso, desde el tueste de las habas de cacao hasta la distribución. Además, ha generado una relación de comercio justo con los productores, lo que le permite dominar cada paso de la elaboración. “No quería ser parte de una cadena industrial”, afirma quien acumula premios internacionales desde su pequeño rincón de 45 metros cuadrados a un par de calles de la playa. “Trabajar desde aquí es un reto, lejos de los grandes centros de turismo, pero el contacto con el mar o la calidad de vida compensa el crecimiento más lento del negocio”, admite.
Los diplomas con las medallas de oro, plata y bronce acumulados —superan la decena— en los International Chocolate Award cubren buena parte de la pared del tostador. Es un espacio sencillo donde el aroma es delicioso. Sánchez hace allí magia a partir de cacao procedente de Perú, Ecuador, India o Venezuela, después de años de formación.
El del chocolate es un complejo mundo de cultivos, regiones, variedades, fermentaciones o aromas que hace una década desconocía por completo. Llegó hasta él tras muchas vueltas vitales. Siempre huyó —como sus siete hermanos y hermanas— del restaurante que dirigían sus padres —Acapulco— en el hoy llamado barrio del Soho de la ciudad de Málaga. “A todos nos pareció muy duro y ninguno quisimos dedicarnos a la hostelería”, destaca. Entre otros negocios, durante su trayectoria profesional había regentado un videoclub o un despacho de quinielas, pero en 2015 empezó a pensar que quería hacer algo diferente con su vida. Arrancó con la distribución de productos artesanos andaluces y entró en contacto con un sector que le encantó. Volvió su pasión. “Entonces me di cuenta de que yo quería tener un obrador, hacer chocolate desde aquí y con productos locales”, destaca.
La realidad, eso sí, le dio un golpe: empezó a ver documentales que mostraban el negocio oscuro que esconde buena parte de la industria, con condiciones precarias para sus trabajadores, esclavitud infantil o graves daños al medio ambiente. Alguien le habló entonces de la asociación Bean to bar, formada por personas de distintos puntos de España que compran directamente el cacao y lo tuestan para elaborar sus propios productos. Esa opción le atrajo, porque le permitía conocer el origen de las habas y controlar toda la elaboración. Paga por kilo hasta siete u ocho veces más que la gran industria, pero a cambio garantiza buenas condiciones laborales para los agricultores y asegura la calidad del grano. Durante 2019 realizó una formación intensiva y a finales de ese año lanzó su primera tableta con cacao de Perú.
Más y más recetas

Enamorada de la despensa malagueña y andaluza, desde entonces ha desarrollado un buen número de recetas y combinaciones, aunque aún tiene muchas más en la cabeza. “Me encanta la variedad de productos que tenemos en la provincia y en el resto de la comunidad: desde nuestras frutas tropicales hasta la chirimoya de Granada, la flor de sal ecológica de San Fernando o las castañas del Valle del Genal. Hay de todo”, afirma la chocolatera, que con frecuencia se acerca a la cooperativa de Sayalonga en busca de nísperos, a la quesería Crestellina (Casares) para encontrar leche de cabra payoya o a La Huerta de Pancha (Algarrobo) para adquirir maracuyá malagueño. También consigue pasas de la Axarquía, que macera en vino moscatel de la bodega Dimobe —Rujaq Andalusí Trasañejo, con 20 años en barrica— para crear unos deliciosos bombones.
Todo ello le ha valido numerosos reconocimientos internacionales y también en casa, como el premio Premio Sabor a Málaga en la a gala anual de la Academia Gastronómica de Málaga de este año. “Tener aquí el tostador me permite conocer a todos estos productores, algo imposible si estuviera en una gran capital”, indica Sánchez, que además mantiene contacto directo con el equipo del Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea La Mayora —centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Málaga (UMA)— del que se nutre de conocimiento y cultivos singulares, como el propio cacao, aún allí en experimentación.
Junto a su hermana y su hijo, Sánchez elabora a partir de todo ello un buen número de productos que vende en el obrador y a través de su web: también los sirve a hoteles —como las cadenas Meliá o Anantara— y restaurantes como Sarmiento, Balausta o Beluga. Su principal trabajo son las tabletas de chocolate, con sabores sorprendentes que tiran del entorno que tanto le gusta: mango y flor de sal, castaña y vainilla, chirimoya y cardamomo, maracuyá, almendras fritas y sal, nísperos, ají o leche de cabra, entre otros.
Más allá, llama la atención su variada bombonería —como los preparados con aguacate o tomate huevo de toro— además del mango deshidratado cubierto de chocolate, la crema untable de cacao o los boquerones cubiertos de chocolate. “Los hice para trasladar el sabor del mar a un bocado”, relata. Y el chocolate blanco con lavanda y limón es toda una sorpresa. “Mi ilusión es poder hacer más viajes, aprender más y tener mayor conocimiento para que todo ello se traduzca en un mejor producto”, sostiene. “Bueno, y que me hijo vaya cogiendo las riendas del negocio”, confía ilusionada.
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