Por qué los mariachis gustan tanto a vascos y navarros
Una investigación explica la querencia por las rancheras y su éxito en las fiestas patronales del norte de España

Ahora que comienza la temporada de fiestas, las txosnas —esas casetas autogestionadas donde un pueblo se sirve su propia juerga— pincharán música de los grupos del momento, como Zetak o En Tol Sarmiento (ETS). Pero, de repente, suenan las guitarras, trompetas y un “ay, ay, ay, ay…” que todo el mundo reconoce. No es un irrintzi. El mariachi ha vuelto a colarse, como si siempre hubiera estado ahí. Una investigación pionera ha aportado luz sobre esta simbiosis y el interés de la ciudadanía vasca y navarra por las rancheras.
La emigración es, sin duda, uno de los pilares que explican este fenómeno, según este estudio antropológico. Desde la época colonial hasta el siglo pasado, miles de vascos y navarros cruzaron el Atlántico empujados por la necesidad económica o por la búsqueda de un refugio político, sobre todo, tras la Guerra Civil. México fue destino, hogar y, en muchos casos, ida y vuelta cultural. “Este hecho tuvo un peso significativo, aunque los pelotaris tuvieron también su protagonismo: llevaron la cesta punta y trajeron la música”, matiza Mikel Artuch.
El principal impulsor de la investigación recuerda que esta modalidad de la pelota vasca practicada con una cesta de mimbre se extendió a finales del siglo XIX bajo el nombre jai alai. Los frontones encontraron un terreno fértil y rápidamente afloraron en muchos puntos del sur de Estados Unidos, Cuba o México. “Este deporte vasco conectó con la población local por el componente de apuestas, algo que hasta ese momento estaba vinculado a peleas de gallos o carreras de galgos”.
El estudio, llevado a cabo por Labrit Multimedia, también destaca otras cuestiones, como compartir un mismo idioma. “El castellano facilita la comprensión y el retenimiento de las letras”, explica. A eso se suman los medios de la época. La radio o el cine mexicanos ayudaron a difundir este estilo de música, en un momento en el que la televisión no era de masas. Hay, además, algo en la propia música que resulta familiar. Tal y como explica Artuch, existen “ciertas similitudes musicales” entre la jota navarra y la ranchera al compartir “fuerza expresiva” y “finales intensos y casi épicos”.
El carácter festivo de “nuestra sociedad” es otra de las conclusiones. “En general, nos gusta mucho la parranda y las comidas con largas sobremesas, por lo que ya tenemos el ambiente propicio”, sostiene. Esto, sumado a que solo se necesita una guitarra o un acordeón para empezar, hace que se popularice la música.
Artuch lo conoce muy bien. Su padre le inculcó esta afición por el mariachi y, junto a él y su hermano, fundó Los Tenampas. “Siempre nos ha gustado cantar todo tipo de música, sobre todo, rancheras y jotas navarras”, un repertorio extraño, pero natural. El trío a veces se complementa con trompetas o violines. “Nos suelen llamar para fiestas patronales, bodas o bautizos”, precisa.
Forma de protesta
Más allá del ámbito festivo, los mariachis también son contratados como una forma de protesta ante políticos o empresarios. En Bilbao, se recuerda especialmente la actuación de un grupo en la sede social del Athletic Club, donde no faltó el tema Canta y no llores, para criticar la gestión del club. Un grupo de aficionados pudo contratar este escrache tras recaudar hasta 400 euros mediante micromecenazgo.
“Fue curioso porque no supe que se trataba de dar la serenata a los directivos hasta que llegamos al recinto. No quedó otra que ponernos a chambear”, recuerda Oswaldo Domínguez, miembro y fundador de Mariachi Domínguez con seis músicos fijos y 20 años de trayectoria. “La afición y el seguimiento por la ranchera en Euskadi y Navarra viene desde muy atrás. Siempre se habla de una herencia musical”, afirma este mexicano afincado en Bilbao, cuyos hijos son ya la cuarta generación de mariachis en su familia.
Los teléfonos de estos grupos no dejan de sonar. Muchos ayuntamientos vascos y navarros quieren cerrar actuaciones para sus fiestas patronales, sin embargo, no hay tantas agrupaciones en activo. La alternativa se da en forma de puente aéreo, con grupos mexicanos cruzando el Atlántico cada verano para sostener la programación festiva. Aizarnazabal, Burlada, Ermua, Gernika, Getaria, Portugalete, Tudela, además de Bilbao, San Sebastián y Vitoria, son solo algunos de los municipios cuyos programas festivos incluían conciertos de este género durante los meses estivales.
Patxi López lleva 34 años como técnico de Cultura en el Ayuntamiento de Ermua (Bizkaia, 16.000 habitantes). Este será el octavo año que contratan mariachis para el 26 de julio, día dedicado a las personas mayores dentro de sus fiestas patronales en honor a Santiago. “Es de los actos que mejor funciona”, sentencia, y asegura que solo lo cambiarán de su programa, si hay una alternativa que movilice a más personas.

3.000 euros por una actuación
Parte del éxito, explica, está en la familiaridad. “El público conoce las canciones, les resultan cercanas porque las han escuchado desde pequeños”, atribuye por teléfono. También hay “un punto de exotismo, con un formato que va del pasacalle al escenario, siempre arropado por el baile”. Ermua lleva formaciones con hasta 12 integrantes, lo que eleva su presupuesto hasta los 3.000 euros. La de este año vendrá desde Guanajuato (México, 72.000 habitantes).
El sociólogo especializado en gestión cultural explica que el circuito se ha profesionalizado. “Hay varias empresas que se dedican a organizar giras por municipios de Euskadi. Aprovechan el tirón vasco y se pasan los tres meses de verano para funciones de todo tipo”, explica López.
Domínguez da fe de esta querencia por el mariachi desde la trinchera musical: “Hace unos años nuestras actuaciones eran solo para sudamericanos, centroamericanos, pero ahora también contamos con clientela oriunda del País Vasco. Al año, rondaremos las 90 actuaciones”. Incluso, han llegado a tocar para la familia real en un pequeño pueblo guipuzcoano, asegura, sin dar más detalles. En muchas de sus actuaciones, termina “toda la asistencia cantando con nosotros”, cuenta este cantante, que además fue profesor de “canto mexicano” en Estella (Navarra, 14.000 habitantes).
El traje de charro no sustituirá al de baserritarra ni al roncalés. Preguntado por si temas como Cielito Lindo o El Rey acabarán sonando en las txosnas, Domínguez se ríe, primero, y se muestra prudente, segundo. “Quizá no se trata de sustituir, sino de convivir”. En todo caso, el público ya ha hecho suyo ese característico “cantadito” mexicano en más de una plaza del norte de la península.
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