Juan Verde: “El próximo presidente de EE UU es hoy un desconocido”
El exasesor de Obama y de Biden, de origen canario, advierte de las similitudes entre los “discursos de odio” de Vox y Donald Trump


Nacido en Telde (Las Palmas de Gran Canaria), en 1971, Juan Verde llegó a EEUU con 15 años. Allí le acogieron los Seoane, una familia cubana a la que la suya había ayudado cuando, antes de mudarse a Boston, emigraron a España. Pisó suelo estadounidense sin hablar una palabra de inglés; se graduó cum laude en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales; hizo un máster de Administración Pública en Harvard y terminó trabajando para tres presidentes de EEUU: Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden. Hoy es consultor en el sector privado y el público y se ha especializado en economía sostenible. “Con este apellido”, dice, “estaba predestinado”.
Pregunta. Si hoy fuese aquel chico de Telde de 15 años, ¿cree que sus padres le habrían mandado a EEUU a estudiar inglés?
Respuesta. Probablemente, no. Les daría miedo. Descienden los estudiantes extranjeros, los turistas... son indicativos de la erosión en la percepción internacional del país.
P. La inmigración y la captación de talento de todo el mundo fue determinante en el desarrollo de EEUU, que hoy dispone de un cuerpo policial específico para la caza al inmigrante. Y en España, que fue, durante décadas, un país emisor de emigrantes, crece la intención de voto a un partido, Vox, que promete expulsar a millones de inmigrantes y los asocia con la delincuencia. ¿En qué momento invirtieron el relato el populismo y la extrema derecha?
R. En Francia, Alemania, Italia y en España, con Vox, avanza la extrema derecha con una retórica basada en el odio que me recuerda mucho a EEUU. El populismo es la luz roja que señala que la democracia está en peligro. La extrema derecha es proteccionista, nacionalista y antieuropeísta en un momento en el que la geopolítica mundial nos está diciendo que, si quiere ser relevante, Europa tiene que ser más Europa que nunca. Esos movimientos crecen porque se lo hemos puesto muy fácil. Un sector de la población se sintió abandonado por el sistema porque el desarrollo económico no fue inclusivo. Echarle la culpa al inmigrante es el recurso fácil, pero necesitamos más inmigrantes que nunca y, efectivamente, no solo nos hemos beneficiado de la inmigración, nosotros hemos sido emigrantes. En mi familia, por vía materna y paterna.
P. ¿La democracia ha sabido utilizar sus armas para frenar el avance de los ultras y los populistas?
R. Estamos ante el momento de mayor vulnerabilidad de la democracia en los últimos 100 años. La extrema derecha y el populismo son capaces de crecer en un sistema democrático y ese es su mayor peligro, porque una vez en el poder, no respetan la reglas del juego. Donald Trump es capaz de intentar un golpe de Estado y volver a ganar la presidencia de Estados Unidos. Pero creo que si hay elecciones dentro de dos años, ganarán los demócratas.
P. En 2016, cuando trabajaba para Hillary Clinton, ya advirtió que una victoria de Trump derribaría la arquitectura estratégica que había mantenido la estabilidad mundial, y que las relaciones entre EEUU y Europa se resentirían enormemente, pero Trump no solo ganó, sino que volvió a hacerlo después del asalto al Capitolio de 2021. ¿Qué factores cree que han sido más determinantes en esa segunda victoria?
R. No hemos sido capaces de gobernar sin olvidarnos de ciertos segmentos de la población y la gente está harta. Las bases del partido demócrata eran los obreros, los sindicatos, los agricultores... y los perdimos. La polarización de EEUU es social, pero tiene una base económica: la desigualdad. Antes había una potente clase media. Hoy un padre de familia no llega a fin de mes con su salario. Y en ese contexto surge alguien que parece ofrecer soluciones fáciles a problemas muy complejos y que se vale de los algoritmos para mentir.
P. ¿Qué ha pesado más: la coyuntura o los errores del partido demócrata?
R. Han ido de la mano. No fueron unas elecciones entre republicanos o demócratas, izquierda o derecha, sino entre más de lo mismo o algo nuevo, como en Argentina con Milei [Javier, presidente desde 2023]. Tuvimos que cambiar de caballo a 92 días de las elecciones y a los problemas de falta de liderazgo se unía la incapacidad para incorporar a los afectados por la globalización, a la gente joven... que es donde crece Vox en España. Nadie se preocupó de tener un relato dirigido a esos segmentos. Pero hay un antes y un después. Hemos pasado lo peor con Trump.
P. Eso, con Trump, ¿no es mucho decir?
R. Tengo la absoluta convicción de que las elecciones de medio término van a ser una debacle para él. En el Congreso hay 23 escaños en juego y necesitamos cinco para recuperarlo. Un gran segmento de la base del Partido Republicano se siente engañado y los demócratas se han dado cuenta de que el futuro es el movimiento ciudadano, la gente, no las obsoletas y rígidas estructuras de partido. Soy optimista siempre y cuando haya elecciones en Estados Unidos.
“Decir esto puede afectar a mi carrera, pero Israel tiene un poder desproporcionado en la política de EEUU”
P. Ha dicho varias veces “si hay elecciones”. ¿Cree que puede llegar a no haberlas?
R. No es que crea que Estados Unidos pueda convertirse en una dictadura donde no se permite el voto, pero sí temo que las elecciones no sean justas. Cuba, China, Rusia... en teoría tienen elecciones, pero están hechas para que ganen los que tienen que ganar. En EEUU ya están redibujando los distritos electorales para que lo que era un distrito demócrata deje de serlo. El director de la oficina antiterrorista dimitió por no estar de acuerdo con la invasión de Irán y 24 horas después, el FBI y Hacienda lo estaban investigando.
P. ¿Cree que el miedo a represalias puede afectar a la recaudación de la campaña demócrata, es decir, que haya empresarios con miedo a quedar señalados si no gana su caballo?
R. Sí. Washington vive un momento inaudito de absoluta corrupción: se venden indultos, reuniones con secretarios de Estado... Antes, el empresario no actuaba de forma desinteresada y si se dedicaba al sector de las renovables, por ejemplo, podía donar al partido demócrata pensando que le iría mejor, pero sabiendo que eso no le garantizaba contratos. Ahora tienen que tener cuidado porque mostrar su ideología puede tener repercusiones económicas, hacerlos desaparecer.

P. ¿Quién cree que tiene más posibilidades de ser el próximo candidato demócrata y quién es su favorito?
R. En las estructuras del partido eran todos hombres blancos y muy mayores y eso está cambiando. Creo que el futuro presidente de Estados Unidos será demócrata y desconocido. Alguien nuevo, que inyecte frescura, ilusión, capaz de movilizar a la gente. A mí me gusta muchísimo el candidato a senador de Texas, James Talarico, un chico joven, pastor, hijo de madre soltera que llega a la política desde la religión y con un discurso anti-nada, lo contrario a Trump, que le echa la culpa de todo a los migrantes, a las mujeres, a los demócratas...
P. Que el próximo candidato pueda ser un desconocido habla de la profunda crisis del Partido Demócrata.
R. Sí. Se necesitan perfiles como el de Talarico, que no forman parte del sistema y no se parecen a lo que había. Eso es lo que aporta credibilidad.
P. En 2018, The New York Times publicó por primera vez una columna de opinión anónima. El autor era un funcionario de la primera Administración Trump que explicaba cómo dentro de la Casa Blanca había un grupo de resistencia cuya misión diaria era evitar que el presidente pulsase el botón rojo del desastre. ¿Ha desaparecido ese grupo a la vista de los acontecimientos?
R. Sí, y esa es la gran diferencia respecto al primer mandato de Trump. En la Casa Blanca ya no hay espacio para voces críticas o con criterio propio y eso es muy peligroso. Es lo que explica la guerra en Irán.
P. El instituto V-Dem acaba de señalar que ya no considera a EE UU una democracia plena y el porcentaje del dólar como moneda de reserva ha bajado del 70% a principios de siglo a menos del 60%. ¿Cree que la guerra en Irán puede ser la grieta definitiva en la popularidad de un presidente que presumió de poder disparar a su audiencia sin que dejaran de votarle?
R. Sí. Es el punto de no retorno. Los informes del Departamento de la Guerra, como se llama ahora, de los últimos 20 años decían que había que tener mucho cuidado con una guerra con Irán porque se podía producir esto: inestabilidad internacional, inflación energética con repercusión en la cadena de suministros mundiales. en los mercados financieros y de deuda...
P. ¿Cree que son reales las primeras discrepancias surgidas entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tras el bombardeo South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo?
R. Lo que voy a decir puede tener repercusiones en mi carrera: Israel tiene un poder en la política estadounidense que no debería tener, absolutamente desproporcionado. Sin esa influencia, no estaríamos en esta guerra.
P. ¿Por qué cree que puede ser peligroso para su carrera decir eso?
R. Porque hoy en Estados Unidos cualquier crítica a Israel se utiliza para llamarte antisemita y antiamericano y el lobby israelí tiene toda una infraestructura para atacar a las personas que supuestamente ataquen a Israel. Yo no soy antiisraelí, pero sí estoy totalmente en contra de las políticas de Netanyahu. Lo que está haciendo me parece de locos.
P. ¿Y por qué ha decidido decirlo pese al riesgo?
R. Porque está en juego la viabilidad democrática de EEUU y hay que ser valiente. Acaba de morir Robert Mueller, exdirector del FBI, y lo primero que dijo Trump es que se alegraba de que estuviese muerto. Un señor que ha dedicado toda su vida profesional al servicio del país. EEUU necesita más gente valiente para que desaparezca el temor absoluto que tienen ahora empresas e instituciones para enfrentarse al sistema.
P. Trump ha criticado abiertamente a España, un país de “perdedores”, dice, al que ha llegado a amenazar con un embargo. ¿Comparte la postura del presidente español, Pedro Sánchez, respecto a la guerra en Irán y antes en Gaza?
R. Ética y moralmente, entiendo al presidente Sánchez, pero no comparto su decisión porque España es parte de la OTAN y hay compromisos que respetar. Y respecto a Gaza, el error histórico más grande de EEUU ha sido permitir ese genocidio, que ahora puede ocurrir en Líbano. Era el único que podía evitarlo y dio a Netanyahu todo el apoyo que necesitaba para cometerlo.
P. Pero el propio Trump amenaza a socios de la OTAN, como Dinamarca. Y la guerra de Irán viola el derecho internacional. ¿Cuál cree que debe ser el orden del cumplimiento de compromisos si es que entran en conflicto?
R. Lo que creo es que dos errores no hacen un acierto. Si Trump actúa fuera de la ley, no puedes hacer lo mismo. El impacto más nefasto de la Administración Trump en el mundo ha sido el de restar credibilidad a las instituciones multilaterales, desde Naciones Unidas al Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Desde 1945, el orden mundial se construyó con un sistema basado en la fortaleza de ese tipo de instituciones y ese sistema nos compró desarrollo, prosperidad y estabilidad. Si ya no hay un orden mundial basado en reglas y todo vale, la prioridad de tu presupuesto tiene que irse a la Defensa.
P. Luego rectificó, pero la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, declaró hace unos días que “el sistema basado en reglas ya no es la única forma de defenderse”. Trump capturó a Maduro y bombardeó Irán fuera del derecho internacional, pero antes que él, EEUU tampoco mostró mucho interés en formar parte de ese sistema basado en normas, por ejemplo, incorporándose al Estatuto de Roma que funda la Corte Penal Internacional. ¿Habría sido más difícil para Trump hacer lo que está haciendo si EEUU hubiese suscrito esos tratados internacionales?
R. Nunca lo sabremos. EEUU quizá no suscribió todos los acuerdos que debería haber suscrito, pero impulsó y defendió un orden mundial. Demócratas y republicanos han cometido toda serie de atrocidades y errores en el mundo, pero hay diferencias entre unos y otros. La diplomacia ahora es transaccional y oportunista. Ya no hay ideales, sino intereses, y la incertidumbre se ha disparado exponencialmente.
P. EEUU ha recuperado la doctrina Monroe de intervencionismo en América Latina. Trump dice que será un será “un gran honor” para él “tomar Cuba”. ¿Lo ve capaz?
R. Totalmente. Ha demostrado con acciones que lo suyo no es una retórica. Con la doctrina Monroe, EEUU se guardaba el derecho a intervenir en lo que entendía que era su región de influencia, pero esa visión es tremendamente errónea y miope porque con un enfoque paternalista nunca te vas a ganar el respeto ni la colaboración de los países y ciudadanos de la región. Nunca ha funcionado. La apuesta de EEUU debería ser un Plan Marshall para Latinoamérica, no invertir en una muralla.
P. Un expolítico español, José María Lassalle, considera que durante el asalto al Capitolio, la estabilidad de EEUU dependió del control sobre las redes sociales que ejercían las grandes plataformas que, finalmente, abortaron el golpe por razones reputacionales de marca. En su primera etapa, Trump fichó a Peter Thiel, fundador de Pay Pal, admirador de Milei. En la segunda, a Elon Musk, dueño de X. ¿Qué papel cree que tienen las grandes tecnológicas en el declive de las democracias liberales?
R. Importantísimo. Estamos siendo testigos del ascenso de las oligarquías tecnológicas. Todo deriva de la lucha por la hegemonía entre EEUU y China y esa lucha es tecnológica, se basa en la Inteligencia Artificial, en el control de las redes sociales... Nunca tan pocas empresas tuvieron tanta influencia sobre tantos millones de personas y no hay una regulación suficiente para ponerles freno. Los demócratas perdimos las elecciones, en parte, porque Kamala Harris y Biden dijeron que iban a regular las tecnológicas, que se fueron en masa a financiar a Trump.
P. El segundo libro más leído en EE UU después de la Biblia es La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, que es la biblia de los ultraconservadores que abogan por una selección de líderes no basada en el sistema democrático, sino en la riqueza y habilidades tecnológicas. Thiel declaró en 2009: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Y Paul Krugman, Nobel de Economía, escribió en 2020 un artículo titulado “¿Cuántos estadounidenses matará Ayn Rand?”. ¿Qué tesis cree que va ganando y por qué? ¿Están el dinero, el poder y la influencia en las mejores manos?
R. Un general del Pentágono convocó a la élite militar del país para decirles que Trump es el elegido de Dios y no pasó absolutamente nada. Me preocupa que el poder no tenga fiscalización. Pero soy muy optimista porque el tiempo pone las cosas en su lugar: lo hizo al principio del capitalismo cuando no había ningún tipo de regulación y el poder de los grandes industriales era descomunal.
P. Ayudó al ex vicepresidente Al Gore, uno de los primeros, fuera de la comunidad científica, en llamar la atención sobre el cambio climático, a establecer su fundación en España y Argentina. Trump acumula más de 300 medidas para demoler la política climática de EE UU e impulsar los combustibles fósiles, y en España, Vox fuerza al partido más votado, el PP, a hacer algo similar contra lo que llama el “fanatismo climático”. La evidencia parece no haber servido para enterrar el discurso negacionista. Si desaparece la presión regulatoria, ¿qué incentivos o desincentivos tendrán las empresas para adoptar medidas de reducción de su impacto medioambiental?
R. Las políticas anticlimáticas de Trump son una demostración de su alianza con ciertos lobbies, particularmente el de los combustibles fósiles. Es un asunto de recaudación de fondos. Pero a largo plazo no me preocupa porque creo que, aunque baja la velocidad, no cambia la dirección. El marco regulatorio ayuda, pero quizá no hemos puesto demasiado fácil la transición, y en todo caso, hoy, la revolución verde en EEUU la lidera el sector privado, no el público. Luchar contra el cambio climático significa invertir en seguridad nacional para no depender del suministro de países que no comulgan con nosotros, es decir, ser capaz de dirigir tu propio destino.

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