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Cartas desde la cárcel en Gran Canaria: un taller literario a reclusos para “ser otra persona el día después”

Un módulo de respeto de la prisión El Salto del Negro presume de un sistema “único” con actividades literarias, salidas programadas e internos que conviven con personas vulnerables

Taller de literatura epistolar en la prisión El Salto del Negro de Gran Canaria.David Delfour

Son una docena de internos del módulo 10 de la prisión provincial Las Palmas I. Entran en silencio y ocupan rápidamente las filas delanteras del pequeño salón de actos. Una vez comienza la clase, hay prisas por ser los primeros en mostrar los deberes. “Querido Dios”, comienza a leer Javier, un hombre de mediana edad que ha recreado un intercambio epistolar entre el ser supremo y Satanás. “Todavía no entiendo cómo has elegido esta vía para hablar conmigo...” Le sigue Gustavo, un recluso que ha imaginado cómo sería un intercambio con un familiar en Colombia; un tercero de acento andaluz que le recuerda a su primo episodios de juventud; otro más que se pone en la piel de Íñigo Errejón... Estos reos participan en el taller de literatura epistolar impartido en El Salto del Negro —nombre con el que se conoce popularmente esta cárcel—, una de las actividades con las que se trabaja para lograr la reinserción. “Yo leía cero”, asegura a su término Josué, mecánico y buzo de profesión. “Ahora he encontrado otro objetivo en la literatura. Leer abre otros mundos”, relata aferrado a un ejemplar de Paradero desconocido, de la estadounidense Kathrine Kressmann Taylor —una referencia del género epistolar—.

El de El Salto del Negro es uno de los cinco centros penitenciarios en Canarias (dos en Gran Canaria, y uno en Tenerife, Lanzarote y La Palma). Como en cualquier cárcel, sus algo menos de 1.000 convictos actuales se reparten en función de su conducta. En la cúspide están los llamados módulos de respeto, unidades creadas por el Gobierno a principios de siglo en las que la vida diaria se organiza mediante normas claras de convivencia, responsabilidad personal y participación activa en tareas y decisiones. Se busca crear un clima ordenado y pacífico, reducir la violencia y mejorar la calidad de vida fomentando la corresponsabilidad, la higiene, el cuidado del entorno y la resolución pacífica de conflictos, según explica la subdirectora de Tratamiento, Isabel Rodríguez.

El 10 de Las Palmas I es un módulo de respeto de nivel 3, el máximo que hay. Aquí, están los presos llamados de alto umbral, los que presentan un comportamiento “muy normalizado que posibilita un entorno seguro y amable”, detalla Rodríguez. Los internos pueden optar a distintos talleres: marquetería, costura, lectura... Y al taller de literatura epistolar que imparte la periodista y escritora Andrea Cabrera Kñallinsky. “Me parecía que este era el sitio natural para este taller, porque sigue siendo el principal medio de comunicación que tienen con el exterior”, explica. “Las cartas siempre me han parecido una herramienta muy interesante, tanto como recurso literario como como medio de comunicación. Incluso para uno mismo”.

El taller consiste en tres sesiones, de dos horas cada uno, y forma parte de un ciclo mas amplio que incluye escritura y lectura. La asistencia fluctúa, dependiendo en gran medida de las salidas y entradas. “Pero suele ser alta”, aseguran Cabrera Kñallinsky y el educador del centro, José María Izquierdo. “Quiero pensar que es porque les interesa la actividad, pero, en todo caso, este taller es una manera de recuperar, al menos por un rato, el superpoder de los seres humanos, como lo llama el escritor británico Johann Hari: la capacidad de atención. Estar aquí les permite no estar pensando en otras 20.000 cosas”. Gustavo, uno de los alumnos del taller, se muestra de acuerdo: “La cuestión es mantener la cabeza ocupada y aprovechar el tiempo haciendo cosas positivas. Mi hija me recrimina que me olvido de llamarla”.

Algunos inventan situaciones, pero la mayor parte se suelen utilizar a ellos mismos como personajes. O sea, son cartas que podrían enviar realmente: hablan de su infancia, de anécdotas que mitifican, de su abuela... También cuentan a otras personas cómo están viviendo la reclusión. Y parece haber estimulado la escritura. En las últimas semanas, apunta Rodríguez, el envío de cartas se ha incrementado: 107 enviadas entre los 125 internos. E, incluso, parece haber mejorado su calidad. “Mi mujer asegura que ahora se entiende lo que escribo”, ríe Josué.

Otras actividades

La oferta de actividades va más allá. Tanto, que las paredes del módulo apenas dan abasto para exponer creaciones como atrezzo para obras de teatro o cuadros creados por los internos —“el que pintó ese de ahí no había cogido un pincel en su vida”, explica Izquierdo—. Estos talleres emprendidos, como los de carpintería de barcos de vela latina, lanzados conjuntamente con el Cabildo; o los de marquetería y costura, alimentados con materiales reciclados o comprados con lo que se obtiene de comercializar estas obras en mercadillos atendidos por los propios internos.

Este módulo presenta peculiaridades “únicas”, subrayan sus responsables. Aquí, los internos de alto umbral conviven con otras personas vulnerables que requieren un entorno seguro. Son los integrantes del PAIEM (Programa de Atención Integral en Enfermedad Mental) —existente en todas las cárceles de España— y del programa Frágiles —iniciativa exclusiva de este centro—, destinado a proteger a internos con pérdida de autonomía para las actividades básicas de la vida diaria o deterioro cognitivo, por ejemplo. “No hay otro módulo igual en España”, se aventura a proclamar Izquierdo.

Alexis es uno de los reclusos integrantes del PAIEM. Le quedan dos meses en prisión tras ocho años recluido. En este tiempo, sostiene su trabajadora social, ha disfrutado de trabajo remunerado de limpieza. También ha tenido la oportunidad de contar su experiencia en charlas y ponencias en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria o en festivales para concienciar sobre la salud mental. Su próxima libertad le produce “angustia y ansiedad”, admite. “En este tiempo, he visto a mucha gente salir y volver a entrar en poco tiempo, y eso no lo quiero para mí”, explica. Cuando salga, explica su trabajadora social, contará con una red de pisos de apoyo y con un programa de inserción laboral.

Los internos normalizados como Josué o Gustavo no solo pueden participar en talleres como el de literatura epistolar. También han de colaborar en el buen funcionamiento del módulo, mantener las instalaciones en perfectas condiciones, recibir y guiar a nuevos reclusos y velar por las 11 personas que están en el programa Frágiles, creado en el centro a partir de 2021. Participar es obligatorio. “No queremos a nadie autoexcluido, detalla Silvia Domínguez, la impulsora del programa. “Tenemos que lograr que en el tiempo que estén aquí, al menos, no se deterioren aún más”. Gustavo asiente: “Se me han caído muchos prejuicios respecto a las personas con problemas de salud mental. La clave está en participar”.

“Han apostado por aprovechar el taller. Creo que se han abierto mucho”, completa Cabrera Kñallinski. “Ha sido un regalo para ellos y para mí”. Josué asiente: “Leer y escribir me va a hacer una persona distinta el día después de salir de aquí”.

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