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Orgullo y nostalgia de un tren con acento andaluz

La decisión estratégica de que el primer AVE uniese Sevilla y Madrid en 1992 cambió la economía y la forma de relacionarse el sur con el resto de España

Dice Teresa Palacios que durante muchos años el AVE fue el salón de su casa. Se montaba en la estación madrileña de Atocha, a siete minutos apenas de la calle de Génova, donde ella, según los días, podía haber pasado la mañana interrogando a un narcotraficante internacional, a un terrorista de ETA o, en los últimos tiempos, redactando una sentencia. “Era sentarme en el vagón”, recuerda la que fue titular del Juzgado Central de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional y ahora preside una sección de la Sala de lo Penal, “y sentir que ya estaba en Andalucía”. “Por la amabilidad, por la comodidad, hasta por el acento; y sobre todo por la seguridad de que en dos horas menos veinte minutos ya iba a estar en Córdoba con mi familia”.

Para Juan Antonio Cebrián, hijo de trabajadores agrícolas y químico de formación, la memoria sentimental del AVE no fue la manera de irse o de regresar a su tierra en un tren que desafiaba las leyes del tiempo y la distancia en medio de un olivar infinito, sino la posibilidad de quedarse. Cebrián es vecino de Adamuz, y el pasado martes —mientras esperaba al sol que los reyes Felipe y Letizia se acercaran al pueblo para saludar a los vecinos que socorrieron a las víctimas del accidente ferroviario— contó que, a finales de los 80, las obras del AVE frenaron la despoblación de una manera casi providencial. “Muchos trabajadores, que estaban condenados al paro o la emigración, consiguieron trabajo en la construcción del trazado, y no pocos invirtieron el dinero ganado en la compra de parcelas de olivos. Se podría decir que aquí la reforma agraria la hizo el AVE. Creó expectativas, riqueza, y fijó la gente a la tierra”.

Todo empezó con un folio en blanco, literalmente. Lo cuenta Agustín Argüelles, ingeniero de Caminos y uno de los primeros técnicos que diseñó la Exposición Universal de Sevilla de 1992 y el trazado del tren de alta velocidad. “En aquel folio en blanco que era la isla de la Cartuja”, recuerda, “dibujamos un planning muy elemental que decía: aquí tienen que estar los pabellones, aquí las entradas al recinto, más allá… Luego ya fue llegando gente más especializada en cada tema, y después hicimos el seguimiento de las infraestructuras que acompañaban a la exposición. Muchas de las obras cambiaron la ciudad para siempre, pero sin duda una de las más emblemáticas fue el trazado que hizo posible la construcción del AVE, un tren con una exactitud británica, una puntualidad y una comodidad desconocidas en el ferrocarril de entonces”.

El proceso, explica el ingeniero Argüelles, no fue fácil, porque además de los desafíos técnicos se tuvieron que vencer ciertas resistencias entre las distintas Administraciones. “Hubo sus más y sus menos. Sus pequeños roces, personalismos, celos, incluso la resistencia de cierta prensa que no aceptaba lo que consideraba una intromisión en la Sevilla legendaria. Pero al final todas las Administraciones se pusieron de acuerdo, y hasta los sectores que más se habían opuesto al proyecto se cayeron del guindo y se apuntaron con entusiasmo”. Por eso, concluye Argüelles: “Ahora que el tren ya no es tan cómodo ni tan puntual, y la situación de deterioro creciente ha desembocado desgraciadamente en este desenlace fatal, hay que levantarse. Es necesario resucitar la confianza en el tren y el espíritu del 92”.

Aquel año, el alcalde de Sevilla era Alejandro Rojas-Marcos, el fundador del Partido Andalucista. Dice que el AVE, junto a la Expo 92, supuso un antes y un después para Andalucía, “un maná para una tierra sufriente”. Y añade, categórico: “Yo, que he sido muy crítico con el uso que el PSOE hizo de su hegemonía en Andalucía durante 40 años, creo que es de justicia decir que ese maná se le debe al partido socialista gobernando en Madrid y concretamente a Felipe González. Lo digo así de claro. No se me cae ningún anillo por reconocerlo, uno no puede perder la honradez política, y eso que me duele ver a militantes socialistas llorando cuando escuchan ahora las cosas que dice Felipe González. Pero aquello fue una estrategia de González para apoyar a Andalucía, que en aquel momento era la gran parte vulnerable de España”. Dentro de la dinámica capitalista, admite el veterano líder andalucista, “lo coherente” habría sido que la primera línea de alta velocidad hubiese unido Madrid y Barcelona: “Por eso yo aplaudo aquel gesto, no por ser sevillano, sino como persona de izquierdas que ve que el Gobierno se inclina ante los vulnerables. Me acuerdo de una conversación que tuve con Jordi Pujol, entonces president de la Generalitat. Me dijo: ‘Alejandro, no tiene sentido’. Le respondí: ‘No tiene tu sentido, tiene mi sentido’. Para alguien que es de derechas y catalanista no tenía sentido. Para uno de izquierdas y andalucista, sí lo tenía”.

En la fotografía de la inauguración del AVE en Sevilla, junto a Rojas-Marcos —“había que ver los codazos que daban los políticos llegados de Madrid”— estaba Manuel Chaves, que entonces era el presidente de la Junta de Andalucía. Ahora, casi 34 años después, el político socialista recuerda que, efectivamente, hubo muchas presiones para que el primer AVE fuese de Madrid a Barcelona en vez de a Sevilla. “La discusión más dura fue con la entonces presidenta de Renfe, Mercè Sala, que jugó muy fuerte para que la primera línea de alta velocidad fuera a Cataluña. No hay que olvidar que en 1992 iban a competir la Expo y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Me acuerdo de que Felipe [González] decía: ‘Si se hace el tren de alta velocidad de Madrid a Barcelona, después no hay quien haga el tren de alta velocidad a Sevilla, o si se hace, tendrán que pasar 15 o 20 años, pero si hacemos antes el de Sevilla, seguro que luego se buscará dinero de donde sea para llevarlo a Barcelona”.

Por Córdoba, además del AVE, también pasó aquel “espíritu del 92” del que hablaba el ingeniero Argüelles. El alcalde era Herminio Trigo, de Izquierda Unida, y recuerda ahora que hubo complejidades de todo tipo. De índole política, por la resistencia interna de algunos sectores de su propia formación, que en vez de un AVE a Madrid preferían trenes convencionales que unieran las ciudades de Andalucía. “Yo entendía y hasta podía compartir las opiniones de los compañeros, pero en aquel momento tenía que poner a la ciudad por encima del partido, y el AVE no solo iba a acercar Córdoba a Madrid y Sevilla —le dije a Rojas-Marcos en la radio que su ciudad se iba a convertir en un barrio de Córdoba, pero se lo tomó bien—, sino que iba a modernizar de arriba a abajo la ciudad”. También hubo graves problemas técnicos y legales cuando se descubrió que bajo los terrenos de la nueva estación había restos arqueológicos de la época romana. “Al final”, concluye, “después de muchas discusiones, se consiguió llegar a un acuerdo, porque de eso se trata”. “Al menos, en la política que se hacía antes, porque esta de ahora yo no la entiendo…”.

Elena Bárcena, catedrática de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga, explica que el impacto del AVE en las ciudades que lo tienen es innegable, “sobre todo en comparación con las que no lo tienen”. Tanto en distribución de la renta, como en otros muchos aspectos: “También afecta positivamente a la vida cotidiana de la gente. Por ejemplo, ha facilitado a muchas parejas que no conviven durante todo el tiempo, organizarse para mantener la relación trabajando tres días en Madrid y el resto en Málaga, o al revés, algo que sería imposible de no existir el AVE”. Hay mil ejemplos, infinitas combinaciones de trabajo, de estudio, de ocio, de diversión. Hay un AVE silencioso de diario y otro que va o viene de la Feria o de una despedida de soltera. Los hay también —cuenta la jueza Teresa Palacios— de llanto y duelo, de soledad. Durante algunos años, muchos años, los andaluces se sintieron orgullosos de que el AVE hubiera nacido con acento andaluz, pero de un tiempo a esta parte se le notaban los achaques. “El último AVE lo cogí en Madrid con destino a Sevilla. Y a la media hora se paró, de noche, en medio del campo”, recuerda el ingeniero Argüelles.

El escritor sevillano Antonio Rodríguez Almodóvar, quien durante la Expo 92 dirigió el Pabellón de Andalucía, confía: “Yo, como machadiano, soy trenéfilo, y aunque prefiero los trenes melancólicos, sabios de lentitud, he utilizado y disfrutado el AVE, también con mi familia. Por eso ahora estamos como todos. Sobrecogidos”.

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