Adamuz se esfuerza en recuperar su normalidad: “El accidente ha hecho mucha mella en todos”
Los vecinos respiran e intentan continuar con sus vidas después de cinco días en los que cientos de profesionales han tomado el municipio


A las diez de la mañana del viernes, un tractor cargado de aceitunas llega a la cooperativa Nuestra madre del sol, en Adamuz (Córdoba, 4.100 habitantes). En pocos minutos lo hace otro y, poco después, uno más. La actividad es intensa en las instalaciones, que afronta el final de una potente campaña olivarera que arrancó en noviembre. Es el epicentro y motor económico de la localidad: 900 de sus 1.200 socios son vecinos del pueblo. Días atrás, el enorme espacio por el que ahora pasan los vehículos agrícolas estaba repleto de autobuses, ambulancias y todoterrenos de la Guardia Civil. La mujer respira al ver que a su alrededor todo vuelve a la normalidad. “Ha sido una locura, pero aquí la vida tiene que seguir”, destaca Ana Victoria García, su gerente, de 35 años. Y continúa con su tarea. En Adamuz necesitan respirar, mirar hacia adelante y dejar atrás el mayor dispositivo de emergencias de su historia, que se desactivó el jueves por la tarde tras el hallazgo de las dos últimas víctimas.

Mientras los mayores se preparan para una partida de dominó en el hogar del pensionista —que durante la madrugada del domingo acogió a los familiares de las víctimas—, un repartidor entrega la mercancía en el supermercado Alsara. Varios temporeros —hasta 400 marroquíes están en la zona para recoger aceituna— toman un café en el mesón Los Monteros y varias vecinas charlan antes de hacer la compra. “Tenemos ganas de volver a la rutina”, indica Antonio Ruiz, jefe de la Policía Local, mientras coloca carteles de prohibido aparcar para dejar espacio a la misa que se celebrará el domingo en la caseta municipal, convertida primero en centro de atención a las víctimas y, después, en sala de prensa de las autoridades que han pasado por Adamuz. “Toda Andalucía se siente orgullosa de sus vecinos y vecinas”, remarcaba allí mismo, horas antes, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla.
A 35 minutos de Córdoba, con un término municipal enorme y un valioso entorno natural con el lince ibérico como rey indiscutible, Adamuz sale poco en las noticias. “Este es un sitio aislado, alejado de la autovía, tranquilo. No suele pasar nada”, señala el agente Ruiz con un aspecto más repuesto que a principios de semana, cuando se vio inmerso en la vorágine que rodeó al siniestro. “Llegamos a estar 42 horas seguidas sin dormir”, aclara el concejal de Turismo, Alfonso Ángel Serrano, que cuando ve pasar maquinaria pesada o una patrulla de la Guardia Civil se siente mal. “Es que te vuelven todas las imágenes”, indica. “El accidente ha hecho mucha mella en todos”, insiste otro edil, Manuel Rojas, de Juventud.
“Poco a poco respiramos algo, pero necesitamos más días para volver a la normalidad”, añade el alcalde, Rafael Ángel Moreno, de 39 años. “La tragedia ha sido muy fuerte, pero es que además estás de repente con el presidente del Gobierno y la Junta, con ministros, los Reyes… Todo de golpe es demasiado”, señala. “Necesitamos parar”, confirma Francisco Carmona, de 53 años y director técnico del Consorcio de Bomberos de Córdoba, que, horas más tarde de encontrar a la víctima número 45 bajo un metro y medio de tierra y los restos convertidos en escombros del vagón 2 del tren Alvia, reconocía necesitar un descanso. Por eso, había pedido al presidente de la Diputación, Salvador Fuentes que le diera el día libre el viernes. “Casi no he visto a mis hijas desde el domingo”, asegura.
Atención psicológica a los vecinos
“Me pongo a hablar y, de repente, me bloqueo en medio de la conversación y ya no sé qué estaba diciendo”, reconoce Gonzalo Sánchez, de 43 años, que recorre el pueblo desde las seis de la mañana para atender a sus clientes, que ya le echaban de menos. Relajado, el hombre rememora los viajes que realizó con su quad en la zona cero del accidente para ayudar a los heridos. Dice que el vehículo quedó destrozado de tanto ir y venir por las vías del tren y reconoce que le vendría bien la ayuda de algún mecánico. “Está hecho polvo y tiene apenas 1.200 kilómetros, ni un año”, afirma junto a un enorme mural que recuerda a las más ilustres adamuceñas, Ana Isabel García Llorente, conocida como Gata Cattana y fallecida en 2017.
Sánchez va camino del centro Guadalinfo, donde dos psicólogos están prestando ayuda a quienes la necesiten en el pueblo. Una veintena de vecinos habían pasado ya antes que él por allí. “En estas situaciones la adrenalina sube muchísimo. Es como si tu cuerpo siente una amenaza: no te cansas, no duermes, no comes, pierdes miedos que tenías”, cuenta Guillermo Fouces, presidente de Psicología sin Fronteras. El problema viene después. “Pueden llegar imágenes invasivas que habías bloqueado, cambios de humor. Es habitual y por eso queremos acompañarlos y estar ahí”, subraya el especialista, que fue movilizado por el Ministerio de Sanidad y que también ha participado en dispositivos de salud mental en el 11-M, el siniestro de Spanair o la dana de Valencia. Entre sus principales misiones, además, también está trabajar con los profesionales que han participado en el operativo de rescate desde el domingo. “Nadie está preparado para esto. Y aunque te hayas formado para ello, siempre es mejor contar lo que te ha pasado, compartirlo con una persona o en grupo”, indica.





Es lo que reconoce Antonio Ayala, agente de la agrupación de Tráfico de la Guardia Civil que también fue de los primeros en llegar a los trenes. “Voy a la cocina y se me olvida para qué he ido, porque en el camino llegan imágenes en bucle a la cabeza y pierdes el hilo”, apunta. Para pasar página, los psicólogos recomiendan retomar rutinas, además descansar y dormir bien. Es lo que están haciendo José Cepas y Julio Rodríguez, chavales de 16 años que llegaron en pocos minutos al lugar del accidente. Su instituto, el IES Luna de la Sierra, también recibió apoyo de una psicóloga el lunes, aunque en general la respuesta de sus 120 alumnos ha sido positiva. “Ese día escuchamos al alumnado, que nos contaran cómo se sentían. Eso nos sirvió para ver cómo estaban y si estaban afectados para hacerles seguimiento”, aseguran desde su equipo directivo, donde cuentan con un coordinador de bienestar emocional que saca hueco de su tiempo en el centro para charlar de lo que los jóvenes necesiten.
En los restaurantes han servido centenares de menús estos días, aunque el viernes el número de personas con chalecos reflectantes de Iryo, Renfe, Adif o empresas de ingeniería es ya mucho menor. “Yo creo que todos necesitamos ya de descansar”, reconocía también Antonio Ranchal, cerca ya de los 70 años y propietario de la finca Dehesa Vieja, de 106 hectáreas y ubicada a los márgenes de las vías donde volcaron los trenes. Su conocimiento del terreno —“tierra tierna, poco estable”— ha sido esencial para las tareas de rescate y la búsqueda de indicios en el entorno. Un rincón de su parcela se ha convertido ya en depósito judicial, porque allí se quedarán los vagones 6, 7 y 8 del tren Iryo bajo vigilancia durante el tiempo que la investigación judicial lo requiera. Restos de un accidente que ha cambiado para siempre a los vecinos de Adamuz.

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