La espera de las familias se rompe a cuentagotas con la confirmación de las muertes
Los padres de Mario Jara son los últimos en abandonar el Centro Cívico de Córdoba tras recibir la peor noticia

La última vez que escucharon la voz de Mario Jara fue a través de una llamada de teléfono. Pasaban las seis de la tarde cuando marcó el número de sus padres y les dijo que no había comido, que iría a la cafetería a comprarse un bocadillo y un paquete de patatas para aguantar el camino hasta Huelva. Él había cogido el tren Alvia 2384 para volver de la capital tras haberse presentado a la oposición a ayudante de Instituciones Penitenciarias. Su madre, Charo, le estaba esperando en casa con una tarta de cumpleaños con las velas encendidas para celebrarlo nada más entrase por la puerta de casa. Mario cumplía 42 años el mismo día que falleció. Sus padres, Charo y Miguel, se lamentaban este miércoles a la salida del Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba porque creen que si Mario no se hubiese levantado para ir a la cafetería habrían podido verle otra vez.
Las más de 48 horas de angustia sin noticias de su hijo han hecho que Charo y Miguel se levantasen esta mañana de madrugada para llegar a las siete al punto neurálgico que concentra la poca información que reciben los familiares. Dos horas más tarde, les daban la peor de las noticias: habían identificado el ADN de Mario en uno de los cuerpos que la policía ha recuperado de los trenes siniestrados. A lo largo de la noche el recuento del número de víctimas identificadas ha subido, ya son 26 las identidades que ha podido corroborar el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil. Aunque los familiares van recibiendo esas notificaciones a cuentagotas.
Tras salir del Centro Cívico, los padres de Mario se dirigían al Instituto Anatómico Forense de Córdoba. Su madre, a la salida, se rompía en sollozos y quería agradecer la atención psicológica que le han dado los trabajadores de la Cruz Roja. Su pareja, Miguel, contaba que ese domingo por la noche estaba haciendo un poco de deporte cuando le llamaron para informarle sobre el descarrilamiento del tren donde viajaba su hijo. “Me quedé frío, frío, frío”, repite el padre que inmediatamente cogió el coche de Sevilla a Huelva. “Yo soy muy nervioso y tenía miedo de que me pasase algo en el camino”, explica.
Durante el trayecto no pararon de llamar a Mario, pero no cogía el teléfono. Ahí comenzaron a sospechar el peor de los desenlaces que, con el paso de las horas, ha terminado por convertirse en su realidad. Mario nació en Córdoba y con 3 años se mudaron a Huelva. Su padre le describe como un “buenazo” que medía “dos metros” y no puede decir más adjetivos porque se le atragantan al recordar que ya no está.
Las autoridades van actualizando las cifras cada 24 horas. Hasta el momento, en los distintos hospitales andaluces continúan ingresadas 37 personas, 33 adultos y cuatro niños. La cifra de fallecidos se mantiene en 42 después de que en la jornada del martes los servicios de emergencia lograran sacar de los vagones siniestrados los tres cuerpos sin vida que habían sido localizados. Durante la noche no se ha localizado ninguna otra víctima.

Con cada hora que pasa, más familias que han acudido al Centro Cívico de Córdoba reciben la confirmación del fallecimiento de su ser querido. Pese a eso, todavía quedan muchas esperando tras los fríos muros del centro a que se arroje algo de luz sobre el paradero de su familiar. La familia de Nawal sigue rogando recibir noticias sobre su hermana Yamila, de 45 años, que iba en el coche número 8 del tren Iryo. Yamila había pasado el fin de semana en Málaga con su marido, pues él trabaja allí y ella en Madrid. Su vagón fue justo uno de los que descarriló y fue arrollado por la cabecera del otro tren que iba a Huelva. Cada minuto sin saber es una tortura para la familia que pasa las noches en un hotel y los días en el Centro Cívico. “Me desmayé cuando me dijeron que no quedaban más personas heridas”, contaba a EL PAÍS Nawal cuando las autoridades le dijeron que todas las personas heridas ya estaban identificadas.
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