Accidente fatal en 20 segundos
El descarrilamiento de un tren Iryo y el impacto, 20 segundos después, de un Alvia que circulaba en sentido contrario desencadena una tragedia ferroviaria: 40 muertos, más de 120 heridos, de los que aún nueve están ingresados en la UCI

A las 19.45 del domingo, la viajera, una consultora de 33 años que iba de Málaga a Madrid en el vagón número seis del Iryo y que prefiere guardar el anonimato, comenzó a sentir que el tren vibraba demasiado. Después notó que se bamboleaba, que bailoteaba de un lado para otro. Las maletas y las bolsas se despeñaron desde los portaequipajes superiores, los vasos, los ordenadores y los objetos que iban en las mesas también se cayeron al suelo. La viajera, sentada en ese momento, permaneció en su sitio, pero vio cómo el operario que transportaba el carrito de las comidas y las bebidas se fue al suelo, incapaz de guardar el equilibrio. “Después, el tren se paró y se fue la luz”, recuerda la viajera.
A las 19.45 y veinte segundos más, Rocío Flores, de 30 años que iba sentada en el vagón ocho del tren Alvia que iba desde Madrid a Huelva, sintió un frenazo tan violento que la arrancó literalmente de su butaca y la propulsó varios metros por encima de los asientos que estaban enfrente de ella. Aterrizó en el pasillo y, desconcertada y aterrada, creyó sinceramente que no iba a salir de ese vagón. Pocos instantes después llamó por teléfono a sus padres convencida de que iba a ser la última que los llamaba. Le dijo a su madre que la quería.
Ninguna de las dos mujeres sabía en ese momento —y tardarían algunas horas en enterarse— lo que acababa de pasar, lo que les acababa de pasar. El Iryo, a una velocidad de 210 kilómetros por hora y con 300 pasajeros, descarriló por causas que aún se desconocen y tres vagones, del número seis al número ocho, ocuparon la vía paralela. Veinte segundos después, el maquinista del Alvia, que murió en el accidente y que circulaba en sentido contrario a 205 kilómetros por hora, impactaba de frente contra estos dos últimos vagones del Iryo. Apenas contó con 20 segundos, insuficientes para reaccionar, entre el descarrilamiento y colisión. Ninguno de los dos convoyes superaba la velocidad permitida. Pero, por una elemental ley física, los trenes — y los viajeros— experimentaron un golpe equivalente a chocar contra una pared a más de 400 kilómetros por hora. Tras el impacto, los dos primeros vagones del Alvia, donde viajaban 53 pasajeros —entre ellos una amiga de Rocío Flores—, avanzaron cerca de 200 metros hasta caer por un talud de unos cuatro metros de altura contra una pared de roca que discurría por ese lugar paralela a la vía. El Iryo siguió circulando por su vía, en sentido contrario, con los tres últimos coches descarrilados, bamboleándose y bailoteando, hasta detenerse en la estación técnica de Adamuz, a unos 700 metros del otro tren. Luego se fue la luz.

Como consecuencia de este accidente, el tercero más grave ocurrido en España desde los años setenta, han muerto al menos 40 personas y han resultado heridas 122. A la hora de redactar este texto —el lunes, a las siete de la tarde— aún hay 41 hospitalizados, nueve de ellos muy graves.
Tras el susto, el terror y la sorpresa, la viajera consultora, que volvía a Madrid a trabajar el lunes, se levanta de su asiento. Oye que los operarios piden que los médicos y enfermeros que haya a bordo se desplacen hacia atrás, hacia los vagones seis, siete y ocho, los más afectados. El suyo, el seis, se ha visto golpeado de refilón. Contempla cómo algunas personas que supone que son médicos corren en dirección del final del tren. Luego escucha a otro operario que, con un temple y una determinación notables, ordena a los viajeros que no tengan conocimientos de medicina se desplacen hacia los primeros vagones. Y les conmina a no abandonar el tren por razones de seguridad. Una hora después, les permiten salir afuera. Hace mucho frío. Por medio de las llamadas de amigos y de conocidos —más al corriente de las noticias que ella misma— se entera de que su tren ha chocado con otro. Pero ella no ve ningún otro tren por ninguna parte. En esos momentos, la televisión informa de que al menos ha habido muertos en el accidente. Eso sí que lo sabe la viajera, porque alguien, muy pronto, antes incluso de que les permitieran bajar, le había anunciado de que en su propio vagón, el seis, había un cadáver. Comienza a ver a personas que avanzan cojeando ateridas de frío desde el fondo de la vía, procedentes del otro tren, el que ella no alcanza a ver, y es entonces cuando es consciente de que lo que le dicen sus amigos es verdad.
Tal vez una de esas personas que la viajera ve avanzar hacia ellos es Rocío Flores, que ya se ha convencido de que no va a morir en ese pasillo y que, junto al resto de los viajeros que iban con ella en el vagón -el número cuatro, el menos afectado- salen como pueden al exterior. Nota que le duele el pecho, que tiene golpes en la cabeza y siente deseos de vomitar. Ve que está herida -o al menos no indemne. Pero según avanza, y ve guardias civiles y médicos, se fija en que tirado cerca de una cuneta hay un hombre sin piernas y, un poco más lejos, ve otro cadáver. Avanza junto a su amiga Lola, que iba con ella en el vagón. Su otra amiga, Elena, la que viajaba en el vagón número uno, está desaparecida. Las tres han ido a Madrid a hacer un examen de oposición para funcionario de prisiones. “No mires al suelo”, se repite Rocío, y repite en alto a Lola, para no fijarse en los cadáveres. Pero es imposible apartar la vista. Cada poco tiempo se para y vomita. Las dos mujeres ven a un chico que camina descalzo cubierto de sangre. Se acercan a él y le despojan de la mochila que carga a la espalda y se la cargan ellas. A cada policía que encuentran le preguntan por su amiga Elena.

En Adamuz, localidad cordobesa enclavada entre el Guadalquivir y Sierra Morena, de 4.100 personas, se han dado cuenta pronto de lo que ha ocurrido en el tramo de vía del AVE que discurre cerca de su pueblo. Al alcalde, Rafael Ángel Moreno, le avisaron desde el 112. Junto a Antonio Ruiz, el jefe de la Policía Local y a los dos agentes con que cuenta, se encaminan al lugar del accidente. Por el camino, el jefe de Policía se va recordando las cosas que no puede olvidar, como el tener el pabellón municipal caldeado. A oscuras, iluminándose con linternas, descubren grupos de viajeros que deambulan por los alrededores de aturdidos. Por medio de los grupos de WhatsApp del pueblo se corre la voz de que es necesaria mucha ayuda, de que lo primero es ir a los vagones a sacar a gente y transportar los heridos al pueblo. Gonzalo Sánchez es de los primeros en acudir. Se encuentra con un herido que le pide por favor que rescate a su madre de un vagón que nadie se atreve a tocar porque puede terminar de volcar. Se da cuenta de en un terreno escarpado como ese puede ser muy conveniente su quad y vuelve al pueblo a por él. Pasará buena parte de la noche transportando rescatadores en los viajes de ida y heridos en el de vuelta.
Poco a poco, la cifra de muertos va creciendo en las noticias: nueve, once… Pasada la medianoche, el ministro de Transportes, Óscar Puente, en una rueda de prensa donde dijo que, tras hablar con “expertos en materia ferroviaria”, el accidente era “tremendamente extraño”: se ha producido en una recta, con unos trenes que circulaban a una velocidad por debajo de la permitida sobre una vía “totalmente renovada”. Nadie se atreve a dar una causa del accidente. Se inicia, de cualquier forma, una investigación para esclarecer lo sucedido. Un equipo multidisciplinar de expertos peinará, centímetro a centímetro, el tramo de vía donde ha ocurrido el descarrilamiento. El grupo estará bajo las órdenes de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), un órgano independiente pero a las órdenes de Ministerio de Transportes. También se ha abierto una investigación judicial, que ha recaído en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Número 2 de Montoro, en Córdoba. Los agentes de la Unidad de Policía Judicial de la Guardia Civil ya han comenzado a tomar declaración a varios testigos, tanto viajeros como trabajadores de los convoyes.
En Adamuz, mucho antes de que compareciera Puente, circulaban los mensajes de móvil a móvil. Uno de ellos decía así: “Se necesitan mantas y aguas urgentemente para llevarlas a la caseta municipal por el descarrilamiento de dos trenes en Adamuz. Cualquier ayuda es necesaria, está abierta la caseta”. Lo que se denomina “caseta” es, en realidad, un pabellón municipal del tamaño de dos canchas de baloncesto con un tejado altísimo. Allí acuden los vecinos con mantas, con botellas de agua, con dulces, con zumos. Una de ellas es Mónica Naranjo, que lleva mantas pero que no tiene corazón para quedarse a ayudar. Vuelve a casa y, junto a su hija, de quince años, pasa la noche en vela, sin dejar de llorar ni dejar de pensar en las personas que acaba de ver en el polideportivo. El de la tienda de ultramarinos la abre para surtir a todos de embutidos para bocadillos. La panadería hace lo mismo. El dueño de una carpintería de aluminio carga un grupo electrógeno y lo lleva a los trenes para iluminar la escena donde cada vez más equipos de salvamento tratan de auxiliar a los heridos. La Caseta Municipal, convertida a toda prisa en ambulatorio de urgencia, trasladan a los heridos. Los hay que entran por su propio pie, cargando la maleta del viaje, como la consultora de nuestra historia. Los hay que entran graves y son evacuados a toda velocidad a los hospitales de Córdoba o de Andújar. Rocío Flores encuentra allí a sus padres, que han acudido desde Huelva. Como sigue vomitando y los médicos temen que pueda tener una conmoción cerebral, le recomiendan que la trasladen al hospital. Sigue sin tener noticias de su amiga Elena.
En otra parte del pueblo comienzan a agruparse los familiares de los viajeros que, como Elena, no aparecen, que no responde a las llamadas del móvil, que nadie sabe dónde están. Todos pasarán esa noche estremecedora esperando una noticia que no llega.
Por la mañana la cifra de muertos llega ya a la cuarentena. Los vecinos del pueblo se muestran orgullosos por lo que han hecho y apesadumbrados por lo que han visto. Mónica Naranjo limpia los suelos de la Caseta Municipal, donde aún hay cientos de mantas apiladas, cajas enteras de agua. Por las calles se ven enjambres de periodistas. Por las carreteras que rodean a Adamuz circulan camiones extraños que cargan maquinaria pesada que servirá para levantar los vagones y los laberintos de hierro deformado porque aún hay cuerpos que yacen debajo de los convoyes.
Pasadas las dos de la tarde comparecen en Adamuz el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, del PSOE, y el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, del PP. Una imagen de unidad estatal ante la tragedia. Sánchez agradeció la labor y el tono de Moreno y prometió esclarecer el accidente en cuanto sea posible: “Todos nos preguntamos cómo ha sido posible, qué ha sucedido”.
Mientras, hay viajeros que no aparecen. Sus parientes (sus padres, sus madres, sus hermanos) llegan al Centro Cívico de Poniente abrazados, silenciosos, con los ojos perdidos en algo que solo ellos ven. Es un goteo constante y tristísimo de personas que se someten a pruebas de ADN para poder identificar el cadáver de su ser querido y poder enterrarlo.
Pero no todo es horror dentro de este gran horror. A Rocío Flores le dan el alta por la mañana del lunes. Tiene la costilla golpeada, pero no rota. Y los golpes en la cabeza son solo chichones. Además, a las cuatro de la madrugada, mientras yacía en la cama del hospital, recibió la llamada de su amiga Elena, que se encontraba en la UCI del hospital Reina Sofía, de Córdoba, pero fuera de peligro. Las tres amigas que acudieron a hacer las oposiciones a Madrid el domingo se han salvado. “Lo curioso es que, con todo esto, no me acuerdo para nada de cómo hice el examen”.
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