Roberto Paparcone, el arquitecto que dejó su trabajo para moldear barro
Apasionado por la cerámica, este italiano dejó su primera profesión para volcarse en la alfarería. Desde Mallorca ha revolucionado esta disciplina

Es difícil encontrar una ciudad que no esté experimentando el boom de los talleres de cerámica. Sin entrar a valorar que en algunos casos estén más destinados al ocio que a la formación, lo cierto es que favorecen el acercamiento a una artesanía, a descubrir sus procesos y tocar el barro sin mayores pretensiones.
Cuando cumplió 40 años, a Roberto Paparcone (Castellammare di Stabia, Italia, 54 años) su pareja le regaló un curso impartido por una ceramista japonesa. En ese momento trabajaba en Barcelona como arquitecto, después de haberse formado entre su Nápoles natal, Holanda y San Sebastián. Nada hacía presagiar un eventual cambio de rumbo, pero aquel curso con Misako Homma le despertó una pulsión muy fuerte. “Fue empezar y ya nunca lo he dejado. En aquel curso descubrí la libertad de poder realizar una idea con tus manos, de principio a fin. Como arquitecto, siempre dependes de otros profesionales para poder hacer tu obra. Desde aquel momento, empecé a compaginar la arquitectura con la cerámica”.
Roberto quedó tocado por el barro. Pero tuvo que pasar bastante tiempo, y un traslado a Mallorca, para abandonar la arquitectura en 2018 y montar su propia marca, bautizada Paparkone, con tienda en el centro de Palma, en un pasaje conocido como las cocheras de Sant Feliu. En otra parte de la ciudad tiene su taller, en el que produce colecciones y da cursos. El entorno de la isla balear le influye, pero no bebe exclusivamente de él y de su tradición. Su estilo es más bien conceptual y experimental. “Soy muy de ciudad. Me encanta defender la cerámica urbana. No todo en este trabajo se hace en el campo. Se idealiza y se poetiza cuando esto es así, pero en la ciudad también se puede hacer cerámica. Ser artesano no significa que tengas que estar en un entorno bucólico”.
Su actividad ha ido resonando cada vez más fuerte en la isla. El Consell de Mallorca le acaba de galardonar con el Premio Diseño e Innovación Artesana por su obra Flora, un tótem cerámico que funciona como un florero multiposición. Hace tres años también su pieza Sa Gerreta le fue reconocida con el Premio a la Promoción Artesanal.
Flora es una propuesta muy representativa del estilo de Roberto Paparcone pues, por un lado, parte de una conceptualización y una narrativa propias de los procesos mentales de un arquitecto. Por otro, su ejecución ha sido abordada desde una experimentación silenciosa, de las que no buscan llamar la atención para que te acerques, sino que se da más en los materiales, los procesos o la innovación formal. Asimismo, de toda su producción hasta la fecha, Flora es quizá su pieza con un porte más arquitectónico, ya que su anterior profesión no se manifiesta en otras propuestas previas de una manera tan evidente, sino, más bien, en las formas depuradas y en la poética de sus referentes, desde Tadao Ando hasta la firma de arquitectura Sanaa.
La historia de Flora dio comienzo cuando de joven descubrió el tratado de botánica De florum cultura, de Giovanni Battista Ferrari, en la biblioteca de su abuelo; una edición de 1633 que incluía un capítulo dedicado al diseño de jardines, arreglos florales y cómo decorar con plantas. “Los grabados mostraban los ‘artefactos’ que estaban de moda en aquella época. Me llamó la atención que usaban, de hecho, esta palabra para mencionarlos. Era como un manual de botánica y decoración”, recuerda.
Inspirado por este tratado que guardaba en la memoria, creó su propio artefacto, que fusiona botánica y decoración. El tótem consta de cuatro piezas. El cuerpo central alude a los artefactos clásicos recogidos en el tratado. Las otras tres piezas más pequeñas están inspiradas en plantas autóctonas de Mallorca: algunas con forma de bulbos y otras con el tallo hueco por el viento. Las cuatro piezas se pueden colocar en múltiples posiciones, juntas o de manera independiente. Es el usuario el que decide su estructura, la forma en que posiciona las flores, y la modifica cuanto quiere.
Esta interacción por parte del usuario, así como una invitación libre a usar sus piezas para lo que cada uno considere, es intencionada y lúdica. En otras ocasiones, el carácter lúdico es más formal que compositivo. Y, a veces, las dos cosas, como en Antònia la Dimoni. Conceptualmente, esta colección nació de una revisión en versión femenina de las típicas figuras mallorquinas de alfarería con forma de demonio, siendo su representación más conocida la de los tradicionales siurells. La idea era no solo expandir su género, dotarle de una personalidad divertida y que funcionara como florero o contenedor, sino también resignificar su condición como souvenir: que su alusión al demonio recordara a Mallorca, pero desde otro enfoque.
Aquello abrió un debate sobre cómo reenfocar y modernizar el consumo, el diseño y la producción de souvenirs al tiempo que se preserva la identidad o las tradiciones de un lugar. “A partir de Antònia empecé a ahondar en el concepto de souvenir, porque yo creo que son un síntoma de lo mal que estamos haciendo las cosas. Ahora viajamos con una mochilita, porque si vamos en low cost nos cobran más. Entonces, ¿qué te llevas de un sitio si no tienes espacio? Al final, viajas prácticamente para comer, beber y hacer 20.000 fotos con el móvil”, reflexiona. “Un souvenir debería devolverte el recuerdo de una experiencia personal que tuviste, recordarte dónde se ha hecho. Debería ser un consumo más consciente. Quizá a través del diseño se pueda empezar a cambiar esto”.
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