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El libro que explica la identidad rusa a través de sus bosques

La profesora Sophie Pikmhan examina el papel de las florestas en la construcción de su personalidad cultural e imperial, desde el zar Pedro el Grande hasta nuestros días

Cuadro anónimo de León Tolstói en un bosque.Heritage Images (Getty Images)

En la franquicia John Wick, interpretada por Keanu Reeves, el actor encarna a un hombre oscuro, mercenario, justiciero, un asesino formidable que nunca deja vivo a su objetivo y al que, con terror, llaman Baba Yaga, que en la tradición rusa significa “aquel que reina sobre los bosques”. Devora niños y doncellas. A la vez, respeta a la naturaleza, de la que extrae sus dones mágicos. Es capaz de resucitar —como en la saga cinematográfica— de la muerte. “Los bosques rusos tienen tres veces más árboles que la galaxia que habitamos. Copan una quinta parte de los existentes en este orbe de agua y tierra”. Con estas frases arranca el ensayo The Oak and the Larch: A Forest History of Russia and Its Empires (el roble y el alerce: una historia del bosque ruso y sus imperios, 2026, editorial W. W. Norton & Company, sin traducción al español), en el que la profesora de Literatura Comparada de la Universidad de Cornell Sophie Pinkham ha examinado la relación entre Rusia y sus árboles.

El folclore ruso asegura que “un bosque es tan alto que resulta capaz de provocar un agujero en el cielo”. Uno de los grandes campeones rusos de estos espacios naturales fue León Tolstói (1828-1910), que utilizó las ganancias de su obra maestra Guerra y paz (1867) para comprar más de 5.000 abedules y plantones de abeto. La mayoría de los escritores transforman árboles en libros; el genio hizo lo contrario.

El zar Pedro el Grande (1672-1725) utilizaba 4.000 árboles para fabricar uno solo de sus barcos de guerra. Miles y miles de gigantes devastados para construir una Armada con la que expandió su imperio. Más de un siglo más tarde apareció lo que Sophie Pinkham llama “devorador de árboles”: el ferrocarril, con su terrible impacto sobre la naturaleza rusa. Por su parte, Josef Stalin (1878-1953) sostenía que “la mejor manera de protegerlos era que formaran parte del instrumento de la modernización soviética”.

El significado simbólico del bosque cambia con el tiempo, al igual que sus usos prácticos. Los bosques han sido tanto una ayuda como un obstáculo en innumerables conflictos a lo largo de la dura historia de Rusia. En el siglo XIII frustraron al, por lo demás, invencible Ejército mongol liderado por Gengis Kan (1162-1227). Los soldados eran imparables “en su galope por la estepa”, escribe Pinkham, pero en cuanto enfrentaban un bosque o una marisma se convertían en “hombres normales”. “Los bosques fueron una de las mejores defensas contra la horda y uno de los grandes refugios para quienes huían de los invasores”.

A mediados del siglo XX, en plena URSS, algunos de los disidentes confinados en los campos de prisioneros en Siberia sobrevivieron recolectando bayas silvestres en los alrededores boscosos. Los ucranios contemporáneos son los últimos en recurrir al bosque para sobrevivir. Los árboles “ayudan a ocultar equipo militar y a dar cobertura a las tropas”, apunta la docente. También a huir.

Al transformar la naturaleza —arrancando los bosques del Cáucaso en persecución de los rebeldes chechenos, desmantelando la taiga siberiana en busca de pieles para vender—, los rusos a menudo se transformaban para peor. Pero de vez en cuando, alguno de ellos demostraba ser una excepción. Plantando árboles con ternura, Tolstói cambió para mejor. Otro coloso de la palabra, Antón Chéjov (1860-1940), escribió: “Como en un cuento de hadas, el bosque es el umbral entre el mundo de los vivos y el de los muertos, entre los nuevos dioses arrogantes y los viejos descontentos”.

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