Guillaume Diop, estrella de la danza, estrella de la moda: “Quiero seguir bailando y hacer muchas veces ese príncipe negro que parecía imposible”
A sus 26 años, es el primer bailarín negro que ha alcanzado el rango de ‘étoile’ —el más elevado— en el prestigioso Ballet de la Ópera de París. Su espíritu crítico y su tenacidad podrían ser propios de un símbolo antirracista o de un icono pop

Hay comentarios y miradas que funcionan como un puntero láser para hacer sentir una y otra vez a alguien que no pertenece, que siempre será un intruso. Haga lo que haga. Trabaje lo que trabaje o tenga el talento que tenga. En el caso del pequeño Guillaume Diop (París, 26 años), que entró con 12 años a la escuela del Ballet de la Ópera de París, el puntero incidía en “los defectos” que suelen señalarse a bailarines negros y mestizos: muslos gruesos, trasero con volumen y pies planos. A Diop, que a los cuatro años se coló en la clase de baile de su hermana y se quedó colgado de la danza, llevaban toda la vida machacándole con las tres maldiciones. Hasta que se lo creyó: su cuerpo debía estar bajo vigilancia y corrección. Por otra parte, qué hacía él allí, en el Ballet de la Ópera, donde nunca se había visto un Romeo o un príncipe Sigfrido que no fueran caucásicos. Hasta su padre, nacido en Senegal y empleado de Aeroméxico, se lo hizo ver (su madre es francesa y trabaja como funcionaria en el Ayuntamiento de Gennevilliers, al noroeste de París).
Los príncipes negros no habían triunfado nunca en los más de tres siglos de vida de esa institución. Y no lo harían hasta 2021, fecha en la que Diop fue llamado a sustituir con una semana de preaviso a un lesionado Germain Louvet para el Romeo del ballet de Rudolf Nureyev.
Y aquí empieza el giro de guion de esta historia porque Guillaume Diop, que recibe entre ensayo y ensayo a El País Semanal en una sala pequeña de la Ópera Garnier, es el primer bailarín no blanco en conseguir el estatus de étoile en el Ballet de la Ópera de París, el rango más alto de la compañía, que suele otorgarse tras años de carrera y siguiendo una rigurosa jerarquía. Diop fue nominado para danseur étoile en 2023, saltándose el orden imperante durante 350 años.
Sin embargo, a los 16 años Diop no hacía manifesting para entrar en la compañía. Todo lo contrario. Después de tres años en la escuela pensaba dejarlo todo. Sufría ansiedad, cada día medía el contorno de sus muslos y había empezado a dejar de comer. Mientras sus compañeros se preparaban para entrar al Ballet de la Ópera de París, él fantaseaba con estudiar Medicina. Bien sabía lo que se estaba jugando. Haber sido admitido en aquella escuela, casi la única manera de acceder a la compañía, era como haber entrado a Harvard. Más del 90% de los candidatos suspende el examen de ingreso y el 20% de los admitidos abandona al final del primer año. Solo entre el 5% y el 20% son aceptados en el Ballet de la Ópera como stagiaires, bailarines a prueba. Él, a punto de conseguirlo todo, no tenía nada claro querer seguir adelante.
“Fue una temporada muy difícil, no sabía si quería ser bailarín profesional. Era consciente de que estaba en una gran escuela con los mejores profesores, veía a mis compañeros muy concentrados en sus carreras, pero yo no lo estaba tanto. A la vez quería ser perfecto, tener a todos contentos, empecé a seguir varias dietas y a perder peso y acabé en un tratamiento para la anorexia”, cuenta.
Fue su primer profesor, Marc Du Bouaÿs, quien le propuso vivir “otro tipo de experiencia” antes de abandonar la danza. Concretamente, hacer un intensivo en una gran compañía de danza moderna, la Alvin Ailey School de Nueva York. En el verano de 2016 cruzó el océano con un inglés bastante solvente, aprendido escuchando canciones de Beyoncé. En Manhattan descubrió de golpe que “todo el mundo podía bailar”. A nadie parecía preocuparle el color de su piel, ni sus rizos, ni el volumen de sus músculos. Vio por primera vez a bailarines profesionales negros en una compañía, y empezó a pensar que quizá un príncipe racializado también sería posible en el ballet. “En aquella escuela había más libertad en la forma de los cuerpos, en la manera de vestirse y de bailar, incluso en las expresiones de las caras. Nunca había visto tantos bailarines diferentes. Curiosamente eso me devolvió al ballet. Pude haberme quedado en Alvin, pero intuí que era importante volver a París”, recuerda casi 10 años después.
Con 18 años ingresó finalmente en el Ballet de la Ópera de París, una de las instituciones más prestigiosas y elitistas del mundo de la danza. También una de las menos diversas. En 2020 el mundo paró con la pandemia y poco después se horrorizaría con la muerte de George Floyd a manos de un policía en Estados Unidos. Si se revisan las publicaciones del Instagram de Diop de aquellos días se observa un tránsito abrupto de los grandes escenarios con pas de deux, demi-pliés y fouettés perfectos al reivindicativo hashtag #blacklivesmatter, y luego a una foto de cinco bailarines negros, él incluido, que cambió la consigna por un #blackdancersmatter (los bailarines negros importan).
Lo que pasaba entonces era que, al contrario de lo que habían hecho otras compañías, el Ballet de la Ópera de París no se había pronunciado sobre el asesinato de Floyd. Diop estaba indignado. Era cuestión de tiempo para que pasara a la acción. Él y otros cuatro bailarines escribieron una carta pidiendo a la compañía la eliminación del maquillaje de las caras negras y amarillas de los ballets, la compra de medias y punteras del color de la piel de los bailarines que no eran blancos, y cambios en la política de admisión para favorecer la diversidad.
Lo que se denunciaba en esa carta es lo que Diop llama “microagresiones”…, ese puntero láser siempre señalando al diferente. “Cada uno las sufría de una manera. Para algunos era el color de la piel. Entonces el maquillador decía que no podía hacer nada, que no tenía un maquillaje de tu tono. Para otros era el pelo. Entonces te decían que no existía el producto adecuado para peinarlo. Con las chicas era aún más complicado porque en ballet suelen usar mallas rosas, conocidas también como european tights [medias europeas] y quedan muy raras en una piel oscura, y así se lo hacían saber. Eran maneras más o menos sutiles de decirte que no eras bienvenido”, recuerda.
De los 1.500 miembros de la compañía solo 300 firmaron la carta que acabó filtrándose a la prensa y dio pie a un debate público. A los promotores, Diop entre ellos, se los acusó de ir de víctimas y de buscar atención. La compañía respondió con un informe de 66 páginas sobre diversidad y varios cambios en el proceso de admisión.
En octubre de 2020 Alexander Neef fue nombrado director de la Ópera parisiense y se tomó muy en serio el contenido de la carta-denuncia. Meses más tarde, en 2021, Aurélie Dupont ocupó la dirección de la compañía de ballet. Fue ella quien decidió que Diop, todavía quadrille, reemplazara a la gran figura lesionada que debía interpretar a Romeo. “Yo tenía 20 años y Dupont me llamó a su despacho. Me asusté, pensé, Dios mío, he hecho algo mal, pero ella quería decirme que había visto potencial en mí, que me preparara como suplente del Romeo de Nureyev. Fue realmente duro, bailaba casi 10 horas diarias porque, a la vez que preparaba por mi cuenta el rol principal, estaba en el coro”.
—¿Se aprendió el personaje completo?
—Por si acaso, y menos mal porque a una semana del estreno se lesionó Germain Louvet.
Diop cree que la directora vio en él a un currante. “Alguien que se tomaba en serio los ensayos y no estaba allí por estar. Creo que también vio que bailaba con alegría y sabía llegar a la audiencia. Y, probablemente, me dio Romeo porque no es un rol muy técnico y el peso lo tiene la interpretación”.
Seis meses más tarde le dieron el personaje de Basilio en Don Quijote, y luego, con solo tres días de preaviso, le permitieron bailar La Bayadère junto a Dorothée Gilbert, la bailarina principal de la compañía.
Estos movimientos reventaban las jerarquías de una institución con más de tres siglos de ritual y tradición, donde hay una competencia feroz para llegar a los rangos superiores. Para ser admitido como quadrille, quinto y más bajo rango del bailarín profesional, hay que aprobar un examen de oposición. Acceder al siguiente nivel depende de las notas otorgadas por un tribunal en los concursos internos de promición. A danseur étoile, el nivel más alto, solo se llega por nominación, pero antes se deben haber pasado muchos años interpretando con excelencia papeles principales como premier danseur (primer bailarín). Este nivel Diop se lo saltó.
Se empezó a rumorear que las razones de su carrera meteórica eran políticas. Diop estaba interpretando papeles principales sin tener el estatus oficial. Se decía que lo nombraban suplente para esos papeles porque era negro y había promovido aquella protesta.
A finales de 2022 fue ascendido a solista y José Martínez, que sucedió a Dupont en la dirección de la compañía, lo eligió para bailar Giselle tras observarlo atentamente en varios ensayos. También fue quien lo propuso para la categoría de danseur étolie, una decisión que es privilegio del director. Cuando se le pregunta a Martínez por las dudas que suscita entre algunos veteranos el rápido ascenso de Diop en la compañía, responde con otra pregunta: “Pero ¿usted lo ha visto bailar?”.
Lester Tomé, historiador del ballet del Smith College de Massachusetts, conoce muy bien las cualidades de las étoiles. “En la Ópera de París hay que tener capacidades técnicas máximas, los estándares son muy altos precisamente porque antes pasan por esa escuela que nutre a la compañía y es una de las mejores del mundo. Además, debe tener carisma, excelentes cualidades interpretativas, musicalidad, capacidad para conectar con el público y transmitir los matices psicológicos de los personajes, sobre todo en los ballets narrativos”, explica.
Diop recordará toda su vida el día que lo nombraron étoile. Fue en Seúl al final de una actuación tal y como dicta la tradición. Nadie se lo esperaba. Con la diferencia horaria, despertó a toda la familia en París con la noticia. “El ascenso relámpago de un bailarín radiante”, tituló Le Monde. “Me sorprendió, yo no era primer bailarín y ese era el paso obligatorio para ser étoile, fue una gran alegría. Creo que lo estuve celebrando un mes. El primer día salí por Seúl con mis colegas, cuando regresé a París lo celebré con mi familia”.
—¿Le cambió la vida?
—Inmediatamente.
Tomé, un estudioso de la evolución del ballet clásico, ha observado que algunas compañías han enfrentado “una presión muy fuerte” por no ser “suficientemente diversas”. “Esta circunstancia ha abierto nuevas oportunidades a bailarines negros talentosos. Lo que antes eran trabas son ahora oportunidades”. Y menciona a Misty Copeland en el American Ballet Theater y a Carlos Acosta en el Royal Ballet Theater de Londres. “Más allá de su trabajo como bailarines se han convertido en iconos culturales de la diversidad. Carlos Acosta ha publicado una novela y una biografía a partir de la que ha producido la película Yuli (Iciar Bollain, 2018) y ha trabajado como actor en varios filmes. Copeland también ha escrito su biografía y varios libros infantiles y de estilo de vida, además ha rodado un documental sobre su vida y es una habitual de los programas de televisión en Estados Unidos, y Diop, bueno, Diop se ha convertido en una estrella de la moda. Ha desfilado para Miu Miu, y es un habitual de los shows de Louis Vuitton, Dior, Loewe y Balmain. Cartier y Jacquemus lo han contratado para sus campañas. En la última gala del MET apareció con un atuendo de príncipe senegalés que diseñó para él Alessandro Michele, director creativo de Valentino.
La publicación especializada The Business of Fashion lo consideró en 2025 como uno de los nombres que están cambiando el mundo de la moda. “Con solo 25 años es un embajador global del ballet y un símbolo poderoso de una Francia más moderna e inclusiva”, escribían en su perfil. Para entonces Diop era suficientemente conocido. El mundo lo recordaba bailando bajo la lluvia en el tejado de zinc del Ayuntamiento de París durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Hacía giros concéntricos sobre un suelo mojado y medio mundo temía que se cayera. No sucedió. “Estos bailarines han capturado la atención de una audiencia que en principio no estaba interesada en el ballet. Además de abrir la conversación de la diversidad en un mundo elitista, han traído otro enfoque: si esas compañías quieren ser la cara pública de ciudades como París, Londres o Nueva York, tienen que abrirse y parecerse más a su gente”, razona el profesor del Smith College.
—¿Está cómodo con la carga de ser un símbolo o está deseando pasar página?
—Aún lo llevo bien porque sé lo importante que es para todos, no solo para la gente de mi color. Represento a toda una generación por la manera en que me visto y enfrento las cosas y a la que ha llegado el mensaje de que es posible saltarse las jerarquías, saltarse un nivel para llegar a lo más alto. Creo que interesa que, a pesar de mi edad, ame todo el repertorio del ballet clásico. Esa dualidad gusta a todos, también a mí.
De niño siempre quiso ser este tipo de símbolo, aunque prefiere no hablar mucho del asunto y hacer cosas. “Seguir bailando y hacer muchas veces ese príncipe negro que, cuando empecé, no pensé que sería posible. Eso da confianza a los niños que quieren estudiar ballet y a sus familias. Además, una vez conseguido el rango de étoile, hay que conservarlo, y para eso tengo que trabajar mucho”.
Para mantener el altísimo nivel de una étoile trabaja a diario en mejorar su técnica. “Tomo clases y voy a todos los ensayos, voy al gimnasio para estar fuerte y cargar bien a las bailarinas, al menos dos veces por semana voy al fisioterapeuta para comprobar que está todo bien en mi cuerpo”. Dependiendo del personaje, tiene que estudiar y leer los clásicos de la literatura. “Los ballets narrativos requieren mucha interpretación, y si están inspirados en la obra, te la debes leer, hacer tu propia investigación del personaje, de la época en que vivió y también de las circunstancias en que el ballet fue estrenado”, detalla.
Ahora ensaya para ser otra vez Romeo en la versión de Romeo y Julieta que se estrenará el 17 de abril en la Ópera Bastille. “Esta vez seré un mejor Romeo. La primera vez todo era nuevo para mí…, ahora creo que podré encontrar nuevos matices al personaje, leerlo con otra madurez. Tengo todo lo que no tenía hace cinco años”. En Romeo y Julieta los bailarines se abrazan y se besan constantemente. “Hay mucha intimidad y todos tienen que estar cómodos. Durante las dos o tres horas que dura la función estás completamente colgado de una persona de la que nunca te enamorarías fuera del escenario. Luego se acaba y se pasa, parece magia. Es algo que solo puede construirse con confianza y largas conversaciones”.
—¿Y si no hay química entre los bailarines?
—Dios, eso nunca sucede, supongo que habría que ser profesional y tirar para adelante.

Entre sus proyectos está abrir una escuela de ballet en Senegal, en la aldea de su familia. “Enseñaré la técnica de la escuela francesa pero de otro modo porque en el perfeccionismo y la exigencia de esta carrera se pierde la alegría de bailar. Habría que recuperarla para dejar de ver la danza como un trabajo. Por muy duro que sea, siempre se puede encontrar alegría en el baile”. El proyecto no es inmediato, pero es una de sus obsesiones.
Los bailarines del Ballet de la Ópera de París se retiran a los 42 años, ¿qué va a hacer entonces? “Aún no he renunciado a ser médico, o quizás me haga enfermero”, dice. Para Diop una carrera corta no es un drama. Todo lo contrario. “Es una suerte ser bailarín. A los 42 puedes empezar de nuevo. Es como tener dos vidas y que la otra te esté esperando a la vuelta de la esquina”.
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